Capítulo XXIV: El caballo

Capítulo XXIV: El caballo

Esa misma tarde, en la otra punta de la ciudad, el Capitán Pescanova esperaba con ansia a que el vaquero se levantara de la siesta para compartir con él, en la distancia, la última ración de nicotina. Pero aquel día, inesperadamente, el vaquero cambió su rutina.

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El Capitán Pescanova sigue tras la que es su pista más sólida hasta el momento para tratar de esclarecer la muerte de Mimosín: en su cadáver se encontraron restos de leche condensada. Tras visitar a la abuela de la fabada, que en el pasado se había dedicado al proxenetismo, para preguntarla por cierta chica relacionada con aquello, ésta le aconseja que para encontrarla vigile al Vaquero.

Esa misma tarde, en la otra punta de la ciudad, el Capitán Pescanova esperaba con ansia a que el vaquero se levantara de la siesta para compartir con él, en la distancia, la última ración de nicotina. Pero aquel día, inesperadamente, el vaquero cambió su rutina. En lugar de ponerse su habitual atuendo, apareció con un elegante traje negro recién planchado, con sombrero y botas a juego. Tampoco cogió el mismo caballo blanco que había montado a lo largo de la semana, sino que sacó del establo un magnífico ejemplar de color negro y se dispuso a ensillarlo. Para ello, se fue acercando cautelosamente a él mientras susurraba frases sueltas en un italiano macarrónico.

-Andiamo, cavallino... il piu bello... cavallino buono... io sono il tuo amico...

El corcel dejó que le colocara la montura, pero en cuanto el cowboy se subió encima, empezó a saltar y patear de tal manera que el jinete acabó dando con sus huesos en el suelo. El vaquero murmuró una maldición, se puso en pie y volvió a la carga. Pero esta vez las palabras que pronunciaba mientras caminaba hacia el cuadrúpedo no parecían tan amables.

-Maledeto rompecoglione... stronzo di merda... figlio de la piu grande putana...

Volvió a montar. Y el caballo, tras a una nueva sesión de movimientos frenéticos, volvió a arrojarle a la hierba. Y así una y otra vez. El Capitán no pudo menos que admirar el tesón de aquel hombre. Parecía que nunca lo iba a conseguir, pero tres horas después, cuando ya el sol estaba a punto de ponerse, el animal se acabó rindiendo. Satisfecho, el vaquero se sacudió como pudo el polvo del traje, abrió la portezuela de su jardín y salió a la calle. Y el Capitán, incumpliendo su autopromesa, decidió seguirle.

Era tan suave se publica por entregas: cada día un capítulo. Puedes consultar los anteriores aquí.