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19/08/2015 07:07 CEST | Actualizado 18/08/2016 11:12 CEST

Los nuevos 'castratis' del deporte

nadadoraEl deportista menor de élite padece, en muchas ocasiones, el mismo grado de competitividad y de exigencia que el deportista adulto: horas de entrenamiento eternas, presión psicológica elevadísima, separación del entorno familiar, viajes y traslados continuos, etc., con el agravante de que se trata de un menor y de que, en la mayoría de ocasiones, no ha tenido la posibilidad de decidir si era ese el camino que quería seguir.

AFP

¿Sería tolerable en la actualidad que, en aras de la consecución de tonalidades musicales agudas imposibles de alcanzar para los hombres, se castrara a niños? Hoy esto nos parecería contrario a nuestros principios morales y jurídicos más asentados y pondríamos el grito en el cielo si supiéramos que en algún lugar del mundo se llevara a cabo tal práctica. Sin embargo, hace unos pocos siglos, durante el Barroco, era una práctica habitual. Se trataba de los castrati, quienes despertaban admiración generalizada dada su singular capacidad de cantar con una tonalidad muy aguda, a mitad de camino del timbre masculino y femenino.

Poseían la potencia característica de los hombres y la ligereza y capacidad de agudos de las mujeres. Sin embargo, este resultado no se alcanzaba de forma natural o a través del ejercicio y entrenamiento de las cuerdas vocales, sino mediante un intervención quirúrgica a la que se sometía a niños entre los ocho y doce años, consistente en la amputación de los testículos para que así no produjeran hormonas sexuales masculinas, que son las responsables del cambio de timbre en la adolescencia.

La participación de la joven nadadora de Bahrein Alzain Tareq, de tan solo 10 años de edad, en los Mundiales de Natación de Kazán es una excusa oportuna para cuestionarse si los deportistas menores de edad son los nuevos castrati, salvando algunas distancias, claro está. El caso de Alzain Tareq ha servido para que, de nuevo, se preste atención a aquellos que reclaman una revisión a fondo de la dura -y a menudo desconocida- realidad en la que se encuentra el deporte de élite practicado por menores de edad.

A pesar de la miríada de valores positivos que se atribuyen a la práctica deportiva, lo cierto es que lograr esas implicaciones depende fundamentalmente de las circunstancias en las que se produzca esa práctica; en el ámbito del deporte a edades tempranas -que es donde se torna más preocupante esta situación-, si aquellas circunstancias no son las adecuadas, el esfuerzo físico y psíquico que se requiere puede llegar a suponer una vulneración de los derechos de los menores, al desvincularse el deporte de su función educativa y de desarrollo y convertirse en un instrumento orientado al logro de beneficios económicos y de prestigio, que van antepuestos al bienestar del niño. Y es que el menor padece, en muchas ocasiones, el mismo grado de competitividad y de exigencia que el deportista adulto: horas de entrenamiento eternas, presión psicológica elevadísima, separación del entorno familiar, viajes y traslados continuos, etc., con el agravante de que se trata de un menor y de que, en la mayoría de ocasiones, no ha tenido la posibilidad de decidir si era ese el camino que quería seguir.

El menor padece, en muchas ocasiones, el mismo grado de competitividad y de exigencia que el deportista adulto: horas de entrenamiento eternas, presión psicológica elevadísima, separación del entorno familiar, viajes, traslados continuos, etc.

Y no terminan aquí los perjuicios que se le pueden causar a los niños en la alta competición. Ya sabemos lo que ocurre cuando acaba esa corta etapa de su vida donde han alcanzando una fama transitoria (si es que la llegan a alcanzarla): apenas nadie ya se acuerda de ellos. Han sido muñecos con fecha de caducidad predeterminada, que pasado ese tiempo de gloria efímera suelen tener problemas serios de adaptación a la vida normal. Por eso nos suenan tan parcas de sentido las palabras del presidente de la FINA, Julio Minglione, al decir los jóvenes deben tener una oportunidad de participar en los JJOO, y es que la FINA no pone límites de edad porque actúa inspirada en un principio que llama de "universalidad", para que los países que no tienen una natación tan desarrollada también puedan participar, pasando por alto los enormes sacrificios y renuncias que supone para esos menores dedicarse al deporte de élite.

Hay deportes donde este panorama descrito es especialmente grave, dado que en ellos la excelencia física se alcanza antes de los 18 años: tenemos el ejemplo más evidente en la gimnasia artística o rítmica y la natación sincronizada. En concreto, en lo que respecta a la gimnasia, tuvo que reglamentarse la edad de participación de las gimnastas, dado que los extremos entrenamientos a las que se sometía a aquellas retrasaba su ciclo menstrual, e incluso provocaba la ausencia de menstruación. Pero también en otros deportes -fútbol, baloncesto, tenis- en los que debido al nivel de popularidad que tienen, cada vez se capta a jugadores a edades más tempranas, produciéndose los mismos o parecidos efectos negativos dado el reclamo de fama y dinero que llevan incorporado.

Y precisamente es en el ámbito futbolístico donde más situaciones como la que denunciamos se producen, pues por todos es conocido el sueño de muchos niños, especialmente de los países subdesarrollados, de llegar algún día a jugar en el fútbol profesional europeo, pero pocas veces se les advierte que las posibilidades de fracaso son mayores que las de éxito. En la mayoría de los casos son entregados por sus padres a un representante o cazatalentos a cambio de sumas de dinero o de la promesa de ser llevados a paraísos futbolísticos que después no resultan tales, y muchos de esos menores, después de ver truncados sus sueños de futbolistas por alguna lesión o por haber sido descartados en estos clubes extranjeros, terminan expuestos a la mendicidad, a la delincuencia o aceptando cualquier trabajo. Si bien es verdad que es una decisión complicada -puesto que, por otro lado, prohibirles que continúen su carrera en un país extranjero, que abandonen la precariedad en la que viven, con los beneficios económicos y culturales que puede ello puede implicar, con el fin de mantener su estabilidad en la etapa formativa-, también es, cuando menos, discutible.

En la mayoría de los casos, son entregados por sus padres a un representante o cazatalentos a cambio de sumas de dinero o de la promesa de ser llevados a paraísos futbolísticos que después no resultan tales.

El problema se agrava, pues aunque existen multitud de normas y leyes relativas a la protección de la infancia que están destinadas a proteger a los niños del daño físico y emocional, apenas existen soluciones específicas en la legislación propiamente deportiva. En España tampoco encontramos en todo el articulado de la Ley 10/90 del Deporte medidas de protección de los jóvenes deportistas.

Por tanto, a sabiendas de que es un tema polémico, en nuestra opinión estos ejemplos nos deberían hacer reflexionar acerca de si no habría que reformar las condiciones de participación de los menores de edad en competiciones deportivas de élite estableciendo medidas que garanticen que la práctica del deporte a esas edades tan cruciales para la formación de los niños no entre en contradicción con otros valores fundamentales para su correcto desarrollo como personas, de tal modo que no se esclavice al deportista porque, en definitiva, el deporte es para el ser humano y no el ser humano para el deporte. Como también la música es para los humanos, y no los humanos para la música, y de ahí que no queramos que haya castratis deportistas.

Este artículo ha sido escrito de manera conjunta con Eva Cañizares Rivas, experta y Máster en Derecho del Deporte

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