A Adolfo, que siempre llegaba el primero

Adolfo era el alma de la fiesta. Entrabas en un bar, el que tú creías que era el más moderno, el que aún no habían descubierto las hordas heterosexuales, ese que solo conocías de oídas y que llevaba abierto un par de semanas..., y allí estaba él: rodeado de gente, con su pañuelo blanco en la mano secándose el sudor, bailando y riendo como una bestia.
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Adolfo era el alma de la fiesta. Entrabas en un bar, el que tú creías que era el más moderno, el que aún no habían descubierto las hordas heterosexuales, ese que solo conocías de oídas y que llevaba abierto un par de semanas..., y allí estaba él: rodeado de gente, con su pañuelo blanco en la mano secándose el sudor, bailando y riendo como una bestia. Entonces te miraba, salía de su círculo, te abrazaba, te envolvía en su perfume con olor a chicle de sandía, te contaba algún chisme al oído, volvía a carcajearse: te convertía en el centro del mundo. Todos te miraban. Entonces, Adolfo y su troupe se marchaban corriendo: era su eterna estrategia, hacer pensar a los demás que siempre había un sitio más interesante al que ir, alguna fiesta en casa de un famoso, un nuevo local. Pero ya te había tocado con su varita y allí estabas tú, como si te hubiese rodeado un halo fosforescente.

Siempre así: llegaba, bailaba un par de canciones, saludaba al dueño, al relaciones públicas, al cantante, futbolista o torero de turno y se marchaba corriendo. Nunca le vi beber ni una sola copa. Corría hacia la calle y paraba los taxis agitando su pañuelo blanco manchado de Tierra de Egipto.

Adolfo la montaba en todas partes, recuerdo haber ido en su coche de excursión a Sigüenza, y las peripecias con unas pastillas que tomaba para adelgazar y que le permitían comer todo lo que quisiera durante diez minutos exclusivamente. "Quiero un pepito de ternera, un pincho de tortilla, una de bravas, un café con leche, una cocacola y un suizo, pero lo quiero todo a la vez". Entonces, se tomaba la pastilla con mucha ceremonia, colocaba el reloj en la mesa y se dedicaba a comer de forma compulsiva, sin mirarnos y sin hablar, durante diez minutos exactos. Yo contaba los últimos cinco segundos en voz alta, casi como si se tratara de un despegue del Discovery. O dentro de alguna iglesia (no recuerdo haberme reído más en mi vida) simulando las convulsiones que le producía estar cerca del Santísimo y caminando hacia al altar como una novia, marcando el paso con su jersey a modo de ramo entre las manos y mirando hacia el suelo turbado, sonriendo tímidamente como una Lady Di adolescente, haciéndole ojitos a un cura joven que nos miraba desde el confesionario. Desde ese día creo que estoy condenado. O cuando nos paró la Guardia Civil a la vuelta: sacando un abanico de la guantera para aliviarse del sofoco que le producía ver la cintura del picoleto a la altura de su cara, tras la ventanilla. "Agente, ¿no podría usted darme su número de teléfono? Espere, que lo apunto con la barra de labios en el cristal. El de su compañero no me lo dé, que ya lo tengo, va mucho por el obelisco". Y en el radiocasette la cinta de Yuri medio atascada de tanto ponerla. "¿Qué importa siiiiiiiiii para enamorarme baaaasta una hora?". Y Adolfo añadía "¡Ay!, ¿una hora?, jua, jua, jua. Yo en una hora me enamoro, me caso, me busco un amante, me divorcio, me caso con otro y vuelvo con el primero".

La última vez que le vi iba con su madre, por Atocha. Una señora estupenda y elegantísima que me miraba con recelo. No tengo ni idea de si él sabía ya lo que le pasaba, pero a los quince días estaba muerto. Porque Adolfo llegaba siempre el primero a todas partes y era el que antes se enteraba de todo. Y también llegó antes a esto, antes de que empezara a tener éxito el tratamiento. Siempre antes. Entonces supe que el virus no era algo lejano, sino que estaba aquí, al lado. A veces creo que nos salvó la vida. No debía tener ni veinticinco años.