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14/12/2014 09:54 CET | Actualizado 12/02/2015 11:12 CET

Futbolistas, toreros, escayolistas gays: lo que no se dice

Lo que no se dice se trata de un libro en el que se propuso como tema revisar los tópicos de las masculinidad castiza desde un punto de vista gay. Porque vale, ustedes tienen más o menos asumido que los gays somos estupendos peluqueros y escaparatistas, faranduleros, presentadores de televisión e incluso jueces pero, ¿y qué pasa con los futbolistas, los toreros, los militares, los obreros de la construcción (que los hay, se lo digo yo)?

La editorial Dos Bigotes, de la que ya les hablamos en su estreno, publica ahora una selección de relatos titulada Lo que no se dice, en la que colaboran once autores de varias generaciones. Esta vez se trata de un libro de encargo en el que se propuso como tema revisar los tópicos de las masculinidad castiza desde un punto de vista gay. Porque vale, ustedes tienen más o menos asumido que los gays somos estupendos peluqueros y escaparatistas, faranduleros, presentadores de televisión e incluso jueces pero, ¿y qué pasa con los futbolistas, los toreros, los militares, los obreros de la construcción (que los hay, se lo digo yo)? Repasaremos los relatos de los once autores. Bueno, solo de diez, porque el que suscribe colabora con un relato algo friki que se llama Hipocampos y del que prefiere no hablar por prudencia y modestia (falsa).

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En El esplendor en la hierba, Luisgé Martín empieza en uno de los territorios donde la homofobia aún hoy impide la libre expresión del deseo sexual (explícitamente, claro): el fútbol. Ese sitio en el que según Camacho no existen los gays porque en el vestuario sería imposible disimular: claro, sobre todo ante un Adonis como él. En fin. Nunca en septiembre, de Fernando J. López, nos lleva al tema de la adolescencia, terreno que domina a la perfección. Una historia que parece distinta con el tiempo porque nadie se atreve a recordar lo que pasó de verdad. Ese silencio en el que se tienen que esconder los jóvenes en entornos educativos por pura supervivencia. Todo un mundo lejano, una exquisitez de Óscar Esquivias sobre catequistas, concursos de belenes, violonchelo y Gamonal, junto a una visita a Roma para ver al Papa, retrata una época, una ciudad de provincias y esos campamentos en los que tuvimos nuestros primeros escarceos.

Óscar Hernández nos conduce al mundo rural, a un caserío en el País Vasco con ¿Azul o verde?, en el cuento más duro de la antología. Un muchacho que se pinta las uñas regresa desde Inglaterra a su pueblo natal para comprobar que nada, salvo él, ha cambiado. Cambio de tercio con Canela y oro, donde el maestro Eduardo Mendicutti se enseñorea de la plaza luciendo galanura y buen hacer en una historia de toreros, pensiones, ligue de calle y humor fino del que maneja como nadie el diestro sanluqueño.

En Estadísticas, Lawrence Schimel (el prolífico escritor neoyorquino) se interna en el mundo del flamenco, en un relato que cuestiona de manera impecable las orientaciones de género y las identidades sexuales a través del baile. Y el más joven de los autores, Álvaro Domínguez, retrata uno de esos sitios en los que el machismo y la homofobia cristalizan: la hora de comer en la mesa familiar. No te levantes, su relato, ofrece una mirada distinta, desde el heterosexual que se siente preso de sus propios roles de género. Luis Cremades (que se ha desvelado este año como un narrador extraordinario en El invitado amargo), relata en Manos mágicas una historia de religión y directores de coro, de negaciones y mentiras por un lado y de enamoramiento desde el otro.

Para finalizar, Lluís María Todó (autor de una de las mejores novelas de los últimos años, El mal francés) aporta una historia sobre la burguesía catalana y el sabroso mundo del escultismo en Fábula del mirar opaco. Y el libro acaba con Un hombre o dos o tres, del siempre impecable Luis Antonio de Villena, que toca el último tema del que no se habla: la Mili, ese lugar en el que todos fuimos a hacernos un hombre. O dos, o tres, o cincuenta.

La edición del libro, por otra parte, es exquisita, con ilustraciones de Raúl Lázaro, artista de cuyos cojines con forma de Batman y estampados florales me enamoré una tarde.