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30/11/2013 09:52 CET | Actualizado 30/01/2014 11:12 CET

Y entonces él te dice ven y tú lo dejas todo

Otra vida para vivirla contigo es la nueva novela de Eduardo Mendicutti. Y es su mejor novela. La historia parece, en principio, conocida: escritor maduro interesante conoce a guapísimo e hiperactivísimo concejal de pueblo y se utilizarán mutuamente para conseguir sus objetivos.

Otra vida para vivirla contigo es la nueva novela de Eduardo Mendicutti, publicada en Tusquets. Y es su mejor novela. La historia parece, en principio, conocida: escritor maduro interesante conoce a guapísimo e hiperactivísimo concejal socialista de pueblo gaditano y se utilizarán mutuamente para conseguir sus objetivos: el concejal, ascender en la escala social, el escritor, follar gratis con un joven chulazo. Al menos eso es lo que parece a simple vista.

Pero el escritor de Sanlúcar ha utilizado una inteligente estrategia: en vez de presentar a Víctor como un encantador muchacho que le promete el oro y el moro para traicionarle una vez conseguida esa escalada que parecería su único objetivo en la vida (y que habría sido lo esperado por el lector) hace exactamente lo contrario: desde las primeras páginas estamos advertidos de que probablemente Víctor sea esa típica mezcla entre Julien Sorel y Lolita que tanto abunda. Resulta muy fácil elegir bando: el joven concejal cae mal, demasiada extimidad y poca intimidad. Y sin embargo...

Sin embargo Víctor nunca le prometió nada (desde luego nunca le prometió todo). Es cierto que es rácano con el tiempo que pasa con el escritor, que uno siente vergüenza ajena por las continuas vejaciones, por la indignidad, por esos viajes en tren de Madrid a La Algaida para pasar muy pocas ¿horas? ¿minutos? con el amado. Pero también es cierto que en esas escasas horas de felicidad el amado lo da todo por el amante, se convierte en amante a su vez y hace del escritor el centro de ese (pequeñito pero bello) mundo. Y ahí es donde viene la reflexión: ¿tiene derecho el amante a exigir exclusividad, a exigir perpetua atención, a exigir incluso inmortalidad, incondicionalidad, inconmensurabilidad a alguien que nunca se lo prometió? ¿No será mejor conformarse con que esos momentos, ciertamente escasos, sean bellísimos, sean completos, sean únicos? ¿No será mejor mendigar las exiguas caricias que el amado concede graciosamente que exigirle ni más ni menos que otra vida entera para vivirla con él (pese a ser el amado el que utiliza esta frase en la novela)? y ¿por qué no exigirle dos o tres o cuatro vidas, ya que nos ponemos? ¿Quién tiene más culpa? (y lo dice uno que ha sido, casi siempre, más amante que amado, y que busca quizá por eso en este libro alguna aclaración, alguna explicación, alguna justificación en una especie de síndrome de Estocolmo a posteriori que incluso intenta disculpar a tanto amado ingrato).

En Víctor Ramírez, Eduardo Mendicutti ha creado su mejor personaje, tan creíble que cuesta trabajo imaginar que no exista realmente alguien así. Víctor Ramírez lo tiene todo: la inocencia del niño perdido y raro de El palomo cojo, la rabia de la travesti de Una mala noche la tiene cualquiera, el irresistible atractivo, la urgencia y la voracidad del chapero de Los novios búlgaros... pero también el capillita y marica de toda la vida de Ganas de hablar.

Tras Mae West y yo, que uno pensaba que sería su novela más triste (la enfermedad y la muerte rondaba todo el tiempo por entre sus páginas, a pesar del humor), Otra vida para vivirla contigo supera a la anterior en hondura trágica, casi una Muerte en Venecia a lo gaditano. Porque la tristeza del ser humano no es la muerte de la vida, sino la muerte del amor, porque quizá sea éste el último, porque seguramente lo es. ¿Qué queda del amor entonces, salvo los ecos de las pisadas de los caballos en la arena rosada de la playa, al atardecer?

También está el humor, claro. ¿No va a estarlo, en una novela de Mendicutti? Reír contigo será mi salvación. Pero es un humor amargo, muy amargo, un humor vencido del que se ríe ya quizá por no llorar. Gracias a Dios, todo es ficción, claro: eso también nos salva. Todo es mentira, salvo algunas cosas, que diría Mariano. Porque luego viene la duda: en el libro, el personaje del escritor presenta el libro de un amigo en un café de Madrid. El mismo día y a la misma hora, en la vida real, Eduardo Mendicutti presentaba el libro de un amigo en un café de Madrid. El amigo era yo y ese libro era mi libro. Pero yo no he venido aquí a hablar de mi libro.

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