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02/09/2015 07:29 CEST | Actualizado 01/09/2016 11:12 CEST

Pequeño manual para una izquierda a-nacionalista (I)

Con el nacionalismo, hay que desterrar del cuerpo de la nación construido por el nacionalismo a todo aquel que no quepa en él. Quien no crea en la nación, quien no siga su norma, quien opine incluso que la nación no es algo tan importante, debe ser purificado. Con la nación no basta aceptar, hay que militar.

Ilustración: JENNIFER TAPIAS

El nacionalismo no es fascismo, pero es el primer escalón del fascismo. Primero se construyen los estándares de la nación. Se dice: esto y esto pertenece a la nación, estas son nuestras características. Se repite luego una y otra vez la palabra que da nombre a la nación, se le añade a todo. Se comienza a implicar que lo nacional no sólo es distinto, sino mejor, se empieza a acumular agravios. Y se crea un proyecto de nación, que mira sobre todo al pasado y al futuro: se plantea cómo habrá de ser la nación cuando se libere de lo que la retiene, sean personas, ejércitos, otras naciones o el unionista o separatista interno.

Ahí comienza el segundo escalón del fascismo: la purificación. Hay que desterrar del cuerpo de la nación construido por el nacionalismo a todo aquel que no quepa en él. Quien no crea en la nación, quien no siga su norma, quien opine incluso que la nación no es algo tan importante, debe ser purificado. Con la nación no basta aceptar, hay que militar. En especial, una vez que se han encontrado y señalado los enemigos, purificar es obligado, en efigie a veces, cuando los enemigos ni están ni se les puede alcanzar o ni siquiera existen. Se queman banderas, retratos o se echa al Quijote de las casas y las cabezas, por imperialista. Purificar lleva a una acción inevitable: la separación, que es a veces interna, separa a los no ortodoxos, a los no adecuados, a los que no deben formar parte de la nación, a alejarse de los inferiores que no son como nosotros, que nos roban o amenazan el ser puro y cristalino de nuestro pan con tomate.

Y por fin el escalón final que conduce al fascismo: la violencia. Cuando el objetivo final del nacionalismo, la nación total y verdadera no se puede alcanzar -porque es imposible- surge la coacción a la que sigue el aplastamiento. No siempre la agresividad nacionalista se despliega en violencia física, que también. La violencia es muchas veces, la mayoría de las veces, difusa, permanente, sistémica. Va dirigida a los menos integrados en el sistema, a los pobres, a los desarrapados, a los charnegos, a los que les importa un pimiento la bandera, el himno ni los héroes derrotados en su día triunfal. A quien menos tiene. La violencia difusa les amenaza, les despoja, los desidentifica de sí mismos y les obliga a ser otra cosa, más acorde con la nación, disciplinándolos y haciéndolos culpables de su propia diferencia. Los obliga a unirse a la nación o los destierra. La violencia es febril y confusa, y con ella, llega el fascismo.

Pero hay algo que tener siempre en cuenta: el nacionalismo no es la defensa de las culturas, sino su eliminación en aras de una identidad estandarizada y construida... (continuará)

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