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27/10/2014 07:03 CET | Actualizado 26/12/2014 11:12 CET

Escribir es una necesidad

Escribir Crónicas de Paname es para mí un ejercicio periodístico inédito y costoso en esfuerzo. El propósito es contar la experiencia profesional y vital de catorce años como corresponsal en París, y al mismo tiempo reflexionar sobre un país próximo y distante sobre el que existen numerosos prejuicios, tanto de rechazo como de fascinación.

Cuántas veces he escuchado o leído ese argumento de un escritor para justificar una novela o una obra literaria. En el fondo, creo que además de urgencia creativa hay algo de narcisismo a la hora de escribir. Y eso se resume en la tópica frase que ejemplifica la realización plena de un ser humano: "plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro".

En mi caso, y salvando las distancias con la creación literaria, atiende a estos dos motivos y a una cuestión vital: la fragilidad de la memoria.

Para alguien que trabaja en un medio tan caliente e inmediato como la radio, las informaciones tienen a difuminar su cronología precisa para mezclarse y devenir en una argumentación única capaz de ser expresada de manera continua y en un breve espacio de tiempo. Escribir un libro supone bucear en la memoria con el objetivo de ordenar, seccionar, reflexionar y concluir una argumentación lógica que sea entendida, seguida y, sobre todo, disfrutada por el lector.

Así que escribir Crónicas de Paname es para mí un ejercicio periodístico inédito y costoso en esfuerzo. El propósito es contar la experiencia profesional y vital de catorce años como corresponsal en París, y al mismo tiempo reflexionar sobre un país próximo y distante sobre el que existen numerosos prejuicios, tanto de rechazo como de fascinación.

Así que en este libro hablo, siempre con el sarcasmo fundamental, para no caer en la pedantería o en el onanismo contemplativo, de los años Chirac, de la ascensión y caída de Nicolás Sarkozy, de su rivalidad con Villepin, de las historias amorosas de Hollande, de la relación de los políticos con los periodistas, de la "casta" francesa, de la importancia de la educación y también de la vida, de cómo disfrutarla a través de una buena comida, de un buen vino o de un lugar especial. Algo que también he aprendido de Francia y de los franceses; gente en general muy amable que se transforma en borde nada mas cruzar los límites de París. Un lugar que más que una ciudad es una manera de ser. Yo soy parisino, para lo bueno y para lo malo.

Así que, aprovechando la gentileza de los compañeros de El Huffington Post, os invito a leer el primer capítulo del libro que saldrá publicado en Libros.com, en cuya página web encontrareis la manera de echar una mano a través del crowdfunding para su edición.

Puedes leer aquí el primer capítulo del libro de José María Patiño, publicado por la editorial Libros.com

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"¿Dónde jugará mi hijo?" Hice la pregunta con cierto aire dramático por lo que la incredulidad asomó en las caras de mis compañeros de mantel en la trattoría que regentaba la signiora María en pleno corazón del barrio europeo de Bruselas. Eran curtidos corresponsales que no daban crédito a la angustia que me provocaba la oferta que me habían hecho desde Madrid: la corresponsalía de París. Un destino por el que más de uno habría matado. Por eso, tras el estupor inicial, Walter Oppenheimer soltó con su fina ironía aquello de "¡Patiño, problemas de ricos!". La carcajada resonó en la mesa y Xavier Vidal-Folch atacó el brindis con el que siempre terminábamos aquellas comidas en las que inevitablemente arreglábamos Europa: "¡Por Tomás Patiño!".

Tomás Patiño es mi hijo y hacía poco más de un año que había venido al mundo en el hospital de la comuna flamenca de Woluwe Saint-Lambert. En su sala de espera, varios dibujos de los Pitufos recordaban que allí le habían salvado la vida a Peyo, su creador. Las comunas que rodean el pentágono de la ciudad de Bruselas, con sus parques y sus casas unifamiliares con jardín, son un magnífico sitio para criar a un niño y en las incursiones que habíamos realizado a París, nos había llamado poderosamente la atención que no hubiera en cada plaza un lugar con columpios y toboganes. Es más, habíamos verificado con sorpresa que la inmensa área de juegos instalada en el Jardín de Luxemburgo era de pago. También recordábamos con nitidez la cara de susto de la propietaria de un restaurante del muy burgués distrito XVII cuando nos vio aparecer en su puerta con Tomás sentado en la sillita. Era un bebé tranquilo y nos dejó comer sin llantos ni rabietas, por lo que la propietaria se erigió en portavoz del resto de parroquianos y acompañó la cuenta con una enhorabuena. La buena educación, la politesse, es muy apreciada por los parisinos. Hasta el punto, que uno de los peores reproches que se les puede hacer a unos padres en público es que su hijo está mal educado.

La educación de Tomás iba a ser un auténtico quebradero de cabeza tiempo después; pero la inicial angustia por los parques de juego infantiles se vio reemplazada por la pregunta: "¿pero, dónde va a dormir mi hijo?". Encontrar piso en la capital de Francia no es evidente, si me permiten el galicismo. La oferta de pisos de alquiler es importante ya que a diferencia de España, en Francia es tan habitual alquilar como comprar. Primero, por la carestía de la vivienda, en especial en París; segundo, porque las leyes impiden a los bancos conceder créditos a los particulares, cuyo reembolso exceda la mitad de sus ingresos; y por último, el valor que al dinero dan los franceses. Mi buen amigo José Luis Isla, francés de origen gallego, me hizo la siguiente reflexión: "Pagar un crédito a cincuenta años es una locura y además no tiene lógica. Acabas con una mensualidad similar a la de un alquiler y no tienes la ventaja de poder cambiar de piso en función de tus necesidades y renta. Estás atado a una propiedad que al final acabarán pagando tus hijos y por la que deberás pagar impuestos y papeleos en caso de querer venderlo". De alguna manera, me alertaba sobre la burbuja inmobiliaria que estábamos alimentando y que estalló con la crisis de 2008.

Si la oferta de viviendas de renta libre es importante en París, no cubre la demanda, y los propietarios se permiten el lujo de elegir a sus inquilinos e imponer un precio muy elevado a pesar de que la vivienda, en ocasiones, no reúna las condiciones mínimas de habitabilidad. La presión inmobiliaria es tan importante en París "intramuros" que surgieron asociaciones ciudadanas como Jueves Negro cuyos integrantes aprovechaban los días de visita para montar "fiestas-denuncia" en pisos que se alquilaban en condiciones leoninas. Ni que decir tiene que ser extranjero se puede convertir en un grave inconveniente por el temor de los caseros a que el inquilino vuelva a su país dejándole a deber varias mensualidades. El candidato a inquilino debe enseñar pues "la patita blanca" y acudir a las visitas con un auténtico informe en el que figure su situación contractual y sus ingresos anuales, amén de garantizar que puede hacer frente a las casi cuatro mensualidades que se le van a pedir a la firma del contrato: un mes de alquiler por adelantado, dos de fianza y la comisión que se queda la agencia en la que el propietario -en muchas ocasiones rentistas o inversores- ha depositado la gestión.

Fue así cómo caímos en las garras de un auténtico profesional de la extorsión inmobiliaria. Un atildado francés de cuidadas maneras que trabajaba para una cara agencia inmobiliaria próxima a Los Inválidos. Monsieur Froger nos puso toda clase de facilidades en el alquiler de un apartamento en un edificio "pierre de taille", lo que es sinónimo de prestigio. Para nuestro gran alivio, todo hay que decirlo, porque ya habíamos sido rechazados una docena de veces y se nos echaba encima el momento de la mudanza. Froger daba la sensación de que nos estaba haciendo un favor porque dejaba caer que el hecho de ser españoles había llamado la atención de la propietaria, temerosa como vecina en el inmueble de que montáramos fiestas una noche sí y otra también. Él la había tranquilizado al recordar que éramos periodistas de prestigio procedentes de Bruselas. Cuando un mes más tarde nos plantamos con el camión que transportaba nuestros enseres comprendimos que la prisa era recíproca y que el astuto agente nos había alquilado un piso que aún no estaba del todo acondicionado. La sensación de estar haciendo el primo fue aún más evidente en el momento en que unos operarios comenzaron a instalar unos andamios en la fachada. La limpieza y restauración de la piedra tallada iba a prolongarse durante un año en medio de chorros de agua a presión y martillazos. Un ambiente poco propicio para un periodista radiofónico. En aquel momento, Froger cristalizó en su persona todos los prejuicios y defectos que los españoles atribuimos a los franceses.

El apartamento en particular y el edificio en general eran una metáfora de la propia Francia: imponente por fuera y vetusta por dentro. Una tubería situada por debajo de los estucos de escayola que adornaban los techos recorría el piso a lo largo del pasillo y daba cuenta de que la instalación de un cuarto de baño al fondo, entre las dos habitaciones principales, había sido muy posterior a la construcción del edificio. Casi un siglo de hecho. Durante los años 60, el gobierno financió una campaña para la instalación de baños con agua corriente en las viviendas. Aunque nos parezca increíble, según las estadísticas de aquella época el 11 por ciento de las casas francesas no tenían agua corriente, más de la mitad no tenían váter y seis de cada diez carecían de duchas. El caso es que una tarde al regresar de la calle, nos encontramos con que llovía en el pasillo. El agua siempre encuentra la forma de escapar y lo había hecho a través de un agujerito que había permanecido oculto gracias a las diversas capas de pintura que mantenían entera la tubería. Algo parecido, aunque mucho más desagradable, aconteció con la bajante de aguas residuales que pasaba junto al único inodoro de la casa. Situado en una especie de armario anexo a la cocina. Esta pieza fundamental en la vida cotidiana estaba en una zona cuyo muro exterior era curvado, lo que no facilitaba la instalación de los muebles, y carecía de un sistema de extracción de humos. Ambas características nos hicieron deducir que los señores de la casa cocinaban poco y que debían salir bastante de restaurantes para contribuir al desarrollo de la reputada gastronomía francesa. Quedaba claro que la cocina estaba reservada al personal doméstico que podía acceder directamente por una puerta de servicio que comunicaba, a través de una infernal escalera de caracol, con las buhardillas. Antes de ser reconvertidas en apartamentos, en el último piso estaban las "chambres de bonne" donde se alojaban las criadas. El nombre de "bonne" viene de "bonne a tout faire" que podríamos traducir como "buena para todo" o "chica para todo" en la acepción más española. Más adelante habrá tiempo para hablar de este sacrificado trabajo que durante muchos años desempeñaron las emigrantes españolas.

Teniendo en cuenta que, aunque periodistas, también éramos emigrantes españoles, parece lógica la indiferencia con la que nos trataban la mayor parte de los vecinos. Muchos de ellos tardaron hasta dos años en dirigirnos la palabra cuando nos cruzábamos en el portal o compartíamos el exiguo espacio del ascensor. La fría soberbia es uno de los instrumentos más utilizados por las clases medias burguesas para mantener las distancias con aquellos que consideran inferiores. Y no se apearon de ella hasta verificar que a pesar de ser españoles y cocinar con aceite de oliva, no montábamos fiestas nocturnas un día sí y otro también y no nos comportábamos como salvajes. En las normas de la comunidad del segundo piso que alquilamos en París se insistía en que estaban prohibidas las actividades molestas, como poner música a un volumen alto a partir de las diez de la noche los días de diario y a las nueve los domingos. Este celo por la convivencia tranquila era especialmente agresivo en el caso de un vecino que no dudó en subir una tarde de domingo para abortar lo que era una incipiente fiesta consecuencia de un impresionante cocido. Las llamadas de atención llegaron a convertirse en acoso al atribuirnos todos los ruidos del edificio y cesó cuando sonó un taladro mientras discutíamos de manera acalorada porque me atribuía el uso del ruidoso artefacto a las nueve de la noche. Comprendió que había metido la pata, pero no se disculpó. ¡Ay, una vez más la fría soberbia francesa!

Por fortuna, no todos los parisinos son iguales y en el edificio en el que nos instalamos era una gozada escuchar cómo la vecina del tercero tocaba piezas clásicas al piano mientras Tomás se deba el baño antes de acostarse o el vecino de enfrente, que era fiscal y del que me gustaría contarles algo más adelante, acompañaba sus tardes de domingo tocando canciones de los Beatles tras el almuerzo familiar. Por no mencionar las veladas de canto que amenizaban los sábados en el bajo, donde vivía una cantante de ópera de origen libanés casada con un médico nutricionista que ejercía en un pequeño gabinete junto a la portería. Desde el balcón del segundo piso del número 139 del Boulevard Pereire, en homenaje a dos hermanos banqueros que financiaron el desarrollo del ferrocarril en Francia y fundaron el Banesto en España, podía contemplar una de las calles más bonitas de París porque en su parte central se ha instalado un jardín lineal en el que se alternan los parterres de flores con árboles y un ¡parque infantil!

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