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29/08/2014 07:57 CEST | Actualizado 28/10/2014 10:12 CET

Mejor un Wifi en condiciones que un 'spa'

No entiendo cómo los hosteleros de España, "una de las primeras potenciales mundiales del sector turístico", como nos recuerdan a cada momento nuestros complacientes gobernantes, no se preocupan del tema o siguen ofreciendo un wifi con velocidades de otra época.

Este verano, la moda entre los sufridos trabajadores españoles que no han perdido su empleo ha sido la desconexión total. Al contrario que en otros años, en los que uno aprovechaba el verano para descansar, pero también para echar un vistazo al correo electrónico del trabajo o hacer alguna llamada urgente, este año se ha impuesto el apagón total. La interminable crisis y esa idea de que hay que hacer más con menos ha acabado por agotar definitivamente al personal, que, llegados los calores, no ha tenido sonrojo para cortar por lo sano con la oficina y con las rutinas del resto del año, aunque fuera por unos días.

Yo, sin embargo, desoyendo la prescripción médica y el consejo de los cazadores de tendencias (o cool hunters) de turno, no he podido evitarlo y me pasé las vacaciones buscando un buen wifi con el que engancharme a Internet. No para trabajar, pero sí para sanear el correo, mantener al día el blog o mirar las tristes ediciones de verano de los periódicos, inquietamente anodinas y escasas. Padezco lo que los expertos llaman FOMO (fear of missing out) o miedo a perderse algo.

Sin embargo, no fue fácil. El wifi hotelero sigue siendo una pesadilla en España, un país que, según nos dicen, es potencia mundial en turismo. En el apartamento que alquilé en Tenerife, el wifi no iba incluido, pero permitía la conexión pagando un dinero extra al día. Me alegré. Siempre he preferido pagar una buena conexión a que me lo den gratis, pero me hagan esperar una hora para descargar un fichero de unos megas. Pero mi gozo en un pozo. El wifi de pago, que teóricamente debía ir como una moto, simplemente no iba. En la recepción me insinuaron que no sabía conectarme a la red inalámbrica del complejo, como si eso tuviera mucha ciencia. Eso sí, me sugirieron que era un inepto tecnológico con exquisita amabilidad.

Más tarde, cuando esa sencilla tarea de enganchar el portátil y la tableta al wifi también se complicó para el personal de los apartamentos, que iba de sobrado, entraron en escena los técnicos. Esos señores, que tardaron lo suyo en llegar (me lo tomé con resignación, pensando que un técnico es un señor muy importante al que no conviene desairar con una mala cara), finalmente reconocieron que el complejo, con decenas de apartamentos bien equipados, bares, exóticos jardines y muchos metros cuadros de piscina, no podía garantizar el wifi sino en las proximidades de la recepción, y que, incluso ahí, los datos caerían en mi portátil a cuentagotas. Me dijeron que el canuto de ADSL era mínimo (como si fuera imposible contratar más ancho de banda o poner más canutos a funcionar) y que en Tenerife el tendido de fibra no llegaba a zonas como la que visitaba, una de las más pobladas y con más tránsito de turistas de la isla, por cierto.

En los días siguientes, muchos padres y niños que pasaban en traje de baño hacia la piscina me vieron moviendo absurdamente el portátil arriba y abajo por pasillos y por el vestíbulo, como se hacía en los tiempos primigenios del Centrino, cuando el wifi era un lujo y una rareza, y no un estándar, como hoy en día. Allí, sentado en una incómoda silla de la recepción y con el portátil encima, asándome las piernas, o tumbado en un pequeño parterre, o de pie derecho en el mostrador de recibidor, pasé unas buenas horas, intentado cargar y descargar en el ordenador unas pocas tareas urgentes y seguir al corriente de la actualidad, por si saltaba la liebre en los mercados o los conflictos de Palestina o Ucrania se ponían más feos aún.

Muchos clientes de hotel o de casas rurales eligen destino en función de que haya Wifi o no, y también dependiendo de la calidad de éste. Algunos estudios dicen que muchos valoran más el wifi gratis que otros servicios habituales, como el desayuno, el parking o el transporte desde el aeropuerto. También son legión los que prefieren una buena conexión a un colchón de lujo, un gimnasio bien equipado o incluso un pase para un reparador spa de aguas termales.

Hay quien considera una perversión este orden de factores. Yo, desgraciadamente, soy un perverso. Por todo ello, no entiendo cómo los hosteleros de España, "una de las primeras potenciales mundiales del sector turístico", como nos recuerdan a cada momento nuestros complacientes gobernantes, no se preocupan del tema o siguen ofreciendo un wifi con velocidades de otra época. Quizá lo hagan para que, de una vez por todas, practiquemos eso tan trendy y terapéutico de la desconexión total. Si es así, no me quedará más remedio que agradecérselo.

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