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27/11/2014 06:52 CET | Actualizado 26/01/2015 11:12 CET

Moción de censura a Juncker (LuxLeaks: segundo episodio)

alfilEl presidente de la Comisión se enfrenta ahora a su envite decisivo. No sólo capeando la moción de censura, sino movilizando de una vez su anunciado plan de inversiones de 300.000 millones para el próximo trienio. Se lo espera, pero nadie todavía a estas alturas ve el famoso dinero fresco por ninguna parte.

Esta misma semana, en el Pleno de Estrasburgo, el PE ha debatido y votado la moción de censura contra la Comisión. Su origen está en el alcance de la responsabilidad del actual Presidente de la Comisión en el caso LuxLeaks; recuérdese la confirmación de una malla de pactos fiscales secretos entre Luxemburgo y más de 300 multinacionales para evadir impuestos.

Conviene prestar atención a los detalles de esta moción de censura. Han sido el partido xenófobo de ultraderecha británico UKIP de Nigel Farage, el Movimiento 5 Estrellas italiano de Beppe Grillo y el Frente Nacional francés de Marine Le Pen quienes han conseguido reunir las 76 firmas que el reglamento del Parlamento Europeo -las Rules of Procedure- exigen para formalizar el trámite. De este modo, ultranacionalistas y eurófobos, cuyo único objetivo -no se ignore ni se olvide- es destruir el edificio europeo, han ganado por la mano esta batalla al Grupo de la Izquierda Unitaria (al que pertenecen Izquierda Unida y Podemos), quienes han tratado en vano reunir también un número suficiente de apoyos para su propia moción de censura.

Finalmente, el Grupo de la Izquierda Unitaria ha decidido no firmar la moción presentada por la ultraderecha. No quiere confundirse ni ser confundido -ni por activa ni por pasiva- con la estrategia de la ultraderecha. El pulso no acaba ahí, ya que el Grupo de la izquierda Unitaria deberá, en cualquier caso, pronunciarse a través del sentido de su voto sobre la moción de censura en el Pleno.

La operación de los eurófobos ha puesto de manifiesto otros interesantes extremos de la incipiente dinámica parlamentaria de este nuevo mandato. En primer lugar, la alianza factual, negada como posibilidad por el populista británico Nigel Farage durante la campaña europea, entre los ultranacionalistas británicos y la fascistizante Le Pen. Lo han denunciado los liberales británicos con una ruda metáfora: "Nigel Farage había prometido que no haría escenas de cama con Marine Le Pen; sin embargo, ha hecho lo contrario de lo que había prometido al firmar conjuntamente esta moción". También desenmascara la fatua gestualidad de Beppe Grillo y muestra cuáles son sus afinidades electivas.

El debate con Juncker sobre el inaceptable entramado de LuxLeaks ha sido una continuación del que ya sostuvimos en un anterior Pleno en Bruselas. Intervine en ese Pleno para protestar esas prácticas de dumping fiscal que dañan de forma grave la equidad tributaria y la igualdad en la UE. Se drenan recursos fiscales en los Estados miembros donde se genera el beneficio de las empresas, y se desvían hacía paraísos fiscales dentro de la propia UE, como ha evidenciado Luxemburgo. En muchos casos, los Estados más perjudicados por esas prácticas lo son, a su vez, del rigor mortis austericida impuesto por la hegemonía conservadora en Europa, con su doloroso resultado de recesión, empobrecimiento y paro masivo.

Los socialistas españoles hemos sido y somos muy críticos con el presidente de la Comisión. No lo apoyamos en la investidura. No era nuestro candidato. No nos equivocamos. Hemos dejado claro que desmarcarse del escándalo ni era ni es suficiente. Debe llevarse a cabo una investigación a fondo sobre los supuestos legales de lo ocurrido. Hemos insistido también en que Luxemburgo no es el único Estado miembro de la UE que ha firmado acuerdos fiscales con empresas. Y hemos hecho hincapié en la necesidad de trabajar por una mayor armonización fiscal en la UE. Juncker abogó en su defensa por una "aproximación del impuesto de sociedades". Pero eso tampoco basta.

El presidente de la Comisión se enfrenta ahora a su envite decisivo. No sólo capeando la moción de censura sino movilizando de una vez su anunciado plan de inversiones de 300.000 millones para el próximo trienio. Se lo espera pero nadie todavía a estas alturas ve el famoso dinero fresco por ninguna parte, ni el papel exacto que jugará el Banco Europeo de Inversiones (BEI), cuyas precedentes acciones para paliar la crisis no se han distinguido por su eficacia.

Los socialistas europeos reclamamos desde hace mucho este nuevo enfoque expansivo. Permanecemos vigilantes para que el cacareado plan Juncker no sea la tinta de calamar que le permita irse, una vez más, de rositas. Queremos saber cuánto dinero va a ponerse encima de la mesa, cuál es su procedencia y a qué objetivos de inversión y crecimiento quiere afectar. En paralelo, exigiremos el esclarecimiento del Luxleaks. Y la adopción de medidas definitivas para evitar que hechos así puedan seguir siendo corrientes en esta maltrecha UE, que no consigue todavía, tras siete años de crisis, ni levantar el vuelo ni ver luz al final del túnel.

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