BLOGS
23/02/2018 07:24 CET | Actualizado 23/02/2018 07:24 CET

Paisaje tras la Gran Recesión

JFLA

Toda crisis nos expone un cambio abrupto que nos desafía de frente. Tras una crisis profunda, lo más probable es que no volvamos a ser como éramos antes de afrontar su sacudida; que no seamos iguales, que nada vuelva a ser como antes. Y lo más probable es que sus efectos nos alteren, a peor. Aprender de sus lecciones, de la dureza y del fracaso, requiere determinación, incluso una energía heroica.

La UE supo aprender de sus experiencias más terribles: su historia se construye a partir de las dos Guerras Mundiales que devastaron Europa en el "olvidado siglo XX" sobre el que escribió Tony Judt. Pero desde que la UE se sumergió en la Gran Recesión -la crisis más pronunciada y prolongada desde que se puso en marcha la construcción europea en la segunda mitad del siglo XX- está por ver (¡y vaya si se hace esperar!) el necesario coraje y voluntad de aprender que cabe esperar de quien se haya propuesto no solo sobrevivir una crisis, sino madurar y fortalecerse con la crisis.

El prejuicio negativo contra la inmigración y los demandantes de asilo ha redundado en la preponderancia de la seguridad sobre la libertad y la dignidad personal

Que hayamos dejado de hablar y de escribir sobre la crisis de los refugiados -la tragedia humanitaria en el Mediterráneo- no significa en absoluto que se haya resuelto ni disuelto. Continúa estando ahí.

Este desastre ético, tan criticado por tantos, hinca una de sus raíces en la insolidaridad entre EE.MM -la negación, por tanto, del mandato de solidaridad vinculante del art. 80 TFUE-, y en la negativa a asumir los compromisos derivados de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa en 2009 y la conversión del Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia en un objeto europeo, sujeto a la CDFUE, a la legislación del PE (Paquete Schengeny Asilo) y al Derecho Internacional Humanitario. El prejuicio negativo contra la inmigración y los demandantes de asilo ha redundado en la preponderancia de la seguridad sobre la libertad y la dignidad personal, valores en los que se medía la estatura de la UE. La dimensión seguritaria pesa sobre cualquier otra en la gestión del asilo y las fronteras exteriores (¡por más que se multipliquen los muertos en el Mediterráneo!).

Hace escasas fechas, parlamentarios europeos, junto a expertos y profesores, sostuvimos un debate sobre Extranjería y Asilo en la Universidad San Jorge de Zaragoza. Las intervenciones de los estudiantes, sus propuestas e inquietudes, expresaban la desazón reinante entre quienes esperan de la UE una respuesta a la altura de su reputación: la UE, como primer actor humanitario, primer contribuyente neto en cooperación al desarrollo, actor global en ciernes ante la impredecible deriva supremacista y populista de la Administración de EEUU bajo Presidencia Trump, contraria a toda concesión al multilateralismo, se enfrenta también ahí, a un desafío existencial.

La UE se encara a la resolución de ese dilema decisivo en sus elecciones de 2019, con toda probabilidad coincidentes con las locales y autonómicas el cuarto domingo de mayo del próximo año

Y, en efecto, la UE se encara a la resolución de ese dilema decisivo en sus elecciones de 2019, con toda probabilidad coincidentes con las locales y autonómicas el cuarto domingo de mayo del próximo año. O una de dos: o se profundiza la ola de nacionalpopulismo y extremismo reaccionario; o se recupera y relanza el modelo democrático y social de la construcción europea. ¡La UE debe decidir qué quiere ser de mayor!

Optar por la segunda respuesta -a mi juicio la acertada- requiere de presupuestos anticrisis; la constitucionalización de las herramientas de prevención y la contención del desorden financiero que ha constituido el acervo de los peores años de la Gran Recesión; fiscalidad progresiva; la Agenda Social; la dignidad del trabajo (contra la precariedad y los trabajadores pobres sin derechos sociales); y la relevancia europea en la globalización; una apuesta europea por una propia defensa y su seguridad.

Es una triste ironía que una aportación de esta crisis ha sido que los defensores de la Europa Social, orgullosos de sus valores y combativos con esta UE de estos últimos años, podamos expresar críticas sin ser tachados sin más como "antieuropeistas".

Sigo siendo un convencido federalista europeo. De todo esto he hablado y escrito en mi libro: Europa: Parlamento y Derechos. Paisaje tras la Gran Recesión. Un examen del impacto de la Gran Recesión sobre el Estado de Derecho, el constitucionalismo y las libertades en la UE, expuesta a los acometidos del nacionalpopulismo, la "democracia iliberal" -no solo en Hungría y Polonia-, la eurofobia y sus secuelas de desconfianza y declive de la voluntad de Europa.

Síguenos también en el Facebook de HuffPost Blogs