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13/12/2018 07:13 CET | Actualizado 13/12/2018 07:13 CET

Socialistas europeos en Lisboa: autocrítica y propuestas

El pasado fin de semana, 7 y 8 de diciembre de 2018, los delegados del Partido de los Socialistas Europeos (PES) nos reunimos en Lisboa. En este Congreso del PES hemos renovado los órganos de dirección -encabezados por Sergei Stanishev, presidente, y por nuestra compañera Iratxe García, vicepresidenta primera-, hemos revalidado a Franz Timmermans, vicepresidente de la Comisión, como Spitzenkandidat de nuestra familia europea a presidir la Comisión, y hemos debatido durante dos días y medio los problemas y los retos de la socialdemocracia, estrechamente vinculados al destino de la UE.

Socialistas europeos en Lisboa: autocrítica y propuestas

Si hubiéramos de sintetizar en un motivo común las reflexiones polifónicas de este Congreso en Lisboa, seguramente resplandece la urgencia de restaurar la cohesión social herida por la desigualdad tras el largo austericidio y la prolongada hegemonía de una derecha decidida a desvincularse del pacto y del modelo social -corrector de inequidades- que hizo posible en su día la construcción europea. Porque ese contrato social explica que sus mejores años se identifiquen con los tiempos de mayor influencia socialdemócrata, y porque su desdibujamiento -si es que no demolición y ruptura- explica los cataclismos que han venido sacudiendo los paisajes sociales, políticos y electorales de los EE MM y de la propia UE.

Los partidos socialistas nacimos en la historia de la mano con el movimiento obrero y con el sindicalismo. Su lucha compartida se desarrolló vinculada e interconectada en organizaciones hermanas durante todo el siglo XX. Y, sin embargo, es un hecho que, tal y como acreditan los más recientes estudios elaborados por la Unión Europea de Sindicatos, una parte sustantiva de los trabajadores -empobrecidos y enfadados por el empeoramiento de sus condiciones de vida y de las expectativas de sus hijos e hijas, embargados como nunca de pesimismo ante el futuro- han ejercido en estos años de Gran Recesión y crisis muy cuantiosas transferencias de voto hacia las candidaturas de formaciones populistas, nacionalismos reaccionarios o incluso de la extrema derecha.

Esos antiguos votantes ahora desencantados o cabreados quieren medidas concretas, no consignas. Exigen decisiones políticas que traduzcan los mantras gastados del progresismo en hechos y realizaciones.

El fenómeno no es nuevo. Ya pasó en los años 30 del "olvidado siglo XX" que nos explicó Tony Judt. Por eso, los socialistas debemos interrogarnos: por qué un tercio vota a estos partidos y fórmulas nacionalpopulistas y de extrema derecha; por qué otro tercio se abstiene. Y por qué es ya solo un tercio el que distribuye su voto en opciones democráticas consolidadas por la historia, de los que sólo una parte apuesta por las formaciones socialdemócratas o progresistas. La pregunta pertinente no es por qué "nos abandonan". Sino cómo y desde cuándo se han sentido abandonados por los partidos socialistas de raíz trabajadora. Y sobre todo qué podemos hacer para recuperar su confianza con una apuesta creíble contra la desigualdad, por la cohesión social y por la progresividad fiscal que genere los recursos precisos para suturar los quebrantos padecidos y para ganar el futuro, sin miedo, con esperanza.

Muchos de los antiguos votantes socialistas vapuleados por el paro, la precarización y el empobrecimiento, informándose con cargo a las nuevas fuentes digitales y habituados por tanto al lenguaje simple y confrontacional que habita las redes sociales, ya no aceptan eslóganes reductivos o simplistas como los de "una UE más justa, con solidaridad, paz y prosperidad"... Esos antiguos votantes ahora desencantados o cabreados quieren medidas concretas, no consignas. Exigen decisiones políticas que traduzcan los mantras gastados del progresismo en hechos y realizaciones. Algo en lo que puedan creer, mejoras factibles, verosímiles, para sus vidas empeoradas o para sus condiciones de trabajo devaluadas.

Para pasar de la retórica a los logros, y para que éstos sean concretos, es preciso articular con efectividad al menos un cuadro que integre los siguientes objetivos:

a)- Trabajos y empleos decentes y de calidad suficiente como para el propio sustento y el de la propia familia, reduciendo la precarización y la cohorte, inmensa, de los "trabajadores pobres";

b)- Salarios dignos: las mejoras retributivas que estimulan la demanda interna y el crecimiento económico potencian la recaudación y el sostenimiento de las prestaciones sociales que protegen frente al infortunio, la intemperie, la enfermedad y la mayor edad;

c)- Mejor protección a quienes sufran en carne propia el impacto de la globalización: los socialistas no podemos parar la globalización, ni la digitalización ni la robotización. Porque la globalización es real, y no tiene marcha atrás, y no será desactivada por la infantil superstición de que abominemos de ella o que votemos en contra de Tratados o Acuerdos demonizados de antemano. Pero sí podemos y debemos proteger y compensar en lo posible a quienes reclaman una transición justa que les permita adaptarse o reconvertir su segmento de actividad o habilidades hacia la nueva era;

d)- Esa "Europa que protege" no puede servir de coartada a los discursos del odio ni a la estigmatización de minorías vulnerables, cruelmente señaladas como chivo expiatorio de la ira popular. Esa "Europa que protege" debe recuperar la cobertura tuitiva que no deja a nadie atrás y no va regando con cadáveres cada cuneta del camino que nos conduce al futuro. Anticipar los cambios y atender a quien los sufre es tarea inexorable de la respuesta socialista frente a los actuales estragos e injusticias de la globalización.

e)- Para restablecer nuestra credibilidad y el vínculo de confianza con los trabajadores, es asimismo imperioso que los Partidos Socialistas europeos refuercen la hoy debilitada negociación colectiva: ese poder sindical que empodera a los trabajadores frente al universalismo potencialmente abusivo de la autorregulación empresarial, y el sacrificio inasumible de todo coste social a la actual preponderancia de la tasa de beneficio empresarial a todo coste.

f)- Particular importancia debe cobrar la estrategia de Garantía Juvenil, una idea e iniciativa de factura socialista que debe multiplicar su actualmente limitada, y excesivamente burocratizada, potencia de fuego en la UE. Para incorporar a los jóvenes al ciclo del crecimiento a través de la inversión, el empleo, la formación profesional, la innovación, la investigación, los nuevos nichos de empleo -el emprendimiento y la economía colaborativa, que nada tienen que ver con la neoesclavitud de un repartidor de pizzas que en ningún modo es un "autónomo" sino un/a joven explotado/a y abandonado/a a su suerte sin ninguna protección en caso de un accidente, siniestro o revés del destino.

e)- Acabar con la austeridad, invirtiendo en un crecimiento sostenible, verde, que apueste por la economía circular y "climáticamente neutra" (no más contaminación ni calentamiento global) es un horizonte que requiere de medidas concretas que la ciudadanía -y los trabajadores- puedan entender y, sobre todo, compartir.

El vínculo de confianza pasa por el valor y el coraje. Para decir en voz alta -que todo el mundo lo oiga- que la culpa del empobrecimiento no es de minorías vulnerables, sino de la codicia de acumulación de poder del 1% más rico. Que el populismo no es la respuesta sino la Europa social del empleo y trabajo digno (decent jobs) y las oportunidades. Y que los socialistas no podamos tener miedo a propugnar alternativas. Frente al miedo, esperanza. Frente al odio, esperanza.

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