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17/08/2018 07:02 CEST | Actualizado 17/08/2018 07:02 CEST

Nuestra deuda con Lobo

Ayuntamiento de Zamora
Retrato de Baltasar Lobo. Web de la Fundación Baltasar Lobo.

Por Zamora campa calladamente Baltasar Lobo: frente al Palacio de los Momos, en el claustro de la Diputación o junto al Castillo, su herencia nos saluda sin demasiado orgullo, con el recio empaque de los humildes.

Nace Lobo en 1910 en Cerecinos de Campos. El niño de diez años ya sabe cuál es su destino: no le merece la pena vivir, cuenta su hermana Visitación en Mi hermano Balta, si no ha de cumplirlo. Gracias al empujón inicial de su familia, impresionada por su determinación, a las becas de la Diputación y luego al dinero ganado en sus ratos de ocio como marmolista o ebanista, Baltasar quema etapas en Benavente, Valladolid y Madrid, antes de que la guerra le marque un camino forzoso. Su militancia anarquista lo convierte en prófugo de la Dictadura y conoce, como tantos otros artistas del mundo, el exilio parisino. Allí traba amistad con Picasso y siente su influencia y la de los vanguardistas. Marca su carrera la exposición Pintores y escultores españoles de la Escuela de París, en la efervescente Praga de 1946, en pleno tránsito del nazismo al estalinismo. Hacia 1950, ya es Lobo. En las fotografías que lo retratan, sus manos de obrero o campesino hablan de su compromiso artístico y vital.

La perduración del régimen de Franco, que en 1945 él y otros creían abocado a una pronta extinción, constituye su decepción mayor. En compensación, su obra merece un enorme prestigio en Europa, América y Japón. Pese a su creciente reconocimiento también en España, sobre todo a partir de la exposición madrileña de 1960, el de Cerecinos jamás suaviza su postura crítica frente al régimen franquista, que se materializa en muchas de sus obras, como su Monumento a los españoles muertos por la libertad, en Annecy (Francia), o su Homenaje a León Felipe, de 1983. Ya en los ochenta recibe el reconocimiento oficial que se reserva a los consagrados, tanto en España (Premio Nacional de Artes Plásticas en 1984 y Premio Castilla y León de las Artes en 1985) como en el resto del mundo (Premio Oficial de las Artes y las Letras de Francia en 1981, Orden Andrés Bello del Gobierno de Venezuela en 1989, etc.).

Antramir
Baltasar Lobo, 'Madre e hijo', escultura en bronce, 1980. Plaza de Zorrilla, Zamora

El de Cerecinos expresó más de una vez su deseo de conseguir la abstracción sin abandonar del todo un punto de partida figurativo, y su escultura, aun la más estilizada, rara vez llega a desvincularse de la realidad referencial. Se ha considerado a Lobo discípulo de Henri Laurens, de quien aprendió sin duda el exhaustivo análisis de las líneas del cuerpo humano. El resultado en sus estudios de mujer suele ser de una saludable carnalidad: sus muslos de bronce, de curvas sumamente esquemáticas, logran transmitir una lánguida, agradable impresión de morbidez. Desde la isla en que resido, recuerdo admirado algunas de sus célebres maternidades: la madre juega con el hijo y lo sustenta en el espacio, es su fuente de alegría y de seguridad al tiempo que lo propulsa hacia benéficas regiones aéreas. A veces, el equilibrio de líneas y volúmenes es casi milagroso, y las curvas se integran en un todo dinámico que pone de relieve la compleja unión que existe entre madre e hijo...

De Gabriel Celaya es el poema A Baltasar Lobo, escultor de maternidades, al que pertenecen los atinados versos que siguen: "Pones en alto la vida,/ la recoges y la entregas/ una y cien veces jugando,/ saltando de la tiniebla/ [...]./ Es la esperanza del hombre,/ es la vida que quisiera/ ir a más sin olvidarse/ de que es hermosa la tierra./ Hermosa y dulce, aunque triste,/ como esa madre que juega/ y quiere poner al niño/ por encima de las penas". Nunca el niño toca la tierra, siempre resulta libre de ataduras, incluso en esa maternidad conmovedora en que una madre ubérrima y un bebé gigantesco se funden en un abrazo de rotunda volumetría, en que es posible palpar el mismísimo peso del amor.

Este gigante del arte del siglo XX había donado a Zamora en 1986 una importante colección de sus obras; y en 1999, seis años después de su muerte en París, toda la herencia familiar recayó en la ciudad. El escultor y su familia habían dispuesto que su legado regresase a su tierra; pero hoy es el día en que la Colección Lobo sigue esperando en un almacén del Museo Provincial de Zamora (¡treinta y dos años después!) por un emplazamiento digno y definitivo. Ha habido emplazamiento provisionales e insuficientes en la iglesia de San Esteban y en la Casa de los Gigantes, pero el grueso de la colección sigue oculto: no hay proyecto, no hay un curador profesional ni hay, aparentemente, voluntad política.

Sí hay, no obstante, un grupo de ciudadanos preocupados que, por medio de la Asociación de Amigos de Baltasar Lobo, solicitan hoy firmas en la plataforma change.org para que la colección recale definitivamente en un edificio público en desuso: el antiguo Palacio de la Diputación de Zamora, situado en el centro histórico de la ciudad, que permanece cerrado desde hace años con usos solo esporádicos. "Queremos transformar", dicen, "este espacio en un Centro de Arte de 2.500 metros cuadrados sostenible y lleno de dinamismo en una provincia que agoniza". Y a fe mía que es obligatorio escuchar lo que dicen.