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17/12/2018 07:11 CET | Actualizado 17/12/2018 19:18 CET

'Pájaros de verano', una de las mejores películas del año

Fotograma del tráiler de 'Pájaros de verano'.

¿Cómo se colapsa una sociedad? ¿Una comunidad? ¿Un país? A veces por grandes eventos como una revolución, pero a veces también por pequeñas acciones, pequeñas transgresiones, pequeños crímenes, que al principio parecieran sin importancia, pero que acumuladas se constituyen en las piedritas que provocan una avalancha que arrasa con todo. Es la historia del narcotráfico en América Latina, en México, en Colombia... Y es la historia que cuenta, de una forma épica y trágica, una de las mejores películas del 2018, Pájaros de verano, película colombiana, candidata por su país a la nominación al Oscar y ganadora del Premio Fénix a Mejor Película.

Aún en el caso de que te agote el tema del narcotráfico o pienses que lo hayas visto todo, Pájaros de verano es una obra maestra que hay que ver: no es una película que glorifique a los narcotraficantes, sino la tragedia de un pueblo, de una comunidad, que va siendo envenenado lentamente por la violencia, la ambición y la muerte. Los cineastas Ciro Guerra y Cristina Gallego, han querido contar aquí una historia de su país a la forma de una tragedia griega, una interrogación y un lamento sobre el origen del mal que destruyó a comunidades enteras. En su muy peculiar estilo, austero, implacable y brutal, Pájaros de verano es como El Padrino colombiano, con un dejo de García Marquez.

La película comienza en un paraíso y termina en un infierno. El comienzo es engañoso. Vemos una ceremonia tradicional del pueblo wayú en Colombia, en la que la jovencita Zaida, pasa de ser niña a mujer. Hay una observación precisa de la ceremonia con bailes, danzas, rituales que nos haría pensar que vamos a ver un documental tipo National Geographic, una película contemplativa y visualmente impactante como la anterior cinta del director, la magnífica, El Abrazo de la Serpiente.

No es una película que glorifique a los narcotraficantes, sino la tragedia de un pueblo, de una comunidad, que va siendo envenenado lentamente por la violencia, la ambición y la muerte.

Pero nuevamente, este inicio es engañoso, porque la película tiene la sencillez y la violencia de un episodio bíblico del Viejo Testamento. A fines de los sesentas, un hombre, Rapayet, quiere a Zaida, pero no alcanza para completar el precio que pide la comunidad, que incluye entre otras cosas, un gran número de cabras. Para pagar "el precio" por la muchacha, Rapayet se involucra en el apenas naciente tráfico de drogas, vendiéndole mariguana a unos turistas gringos. Ese acto criminal lo lleva a él y a todo el clan a más actos criminales. El hombre consigue a la mujer, pero también consigue el dinero. La serpiente ha entrado al Edén. Las estructuras ancestrales de los clanes se adaptan con una venenosa y traicionera sencillez al crimen organizado, al tráfico de drogas. El dinero y la avaricia seducen a la comunidad, y la violencia y la tragedia no se hacen esperar. Todo y todos se corrompen.

Este tipo de historias se han visto ya, pero no con la ferocidad, el dolor y el poder mítico con que Ciro Guerra y Cristina Gallego la miran en Pájaros de verano. La película va registrando de forma serena pero brutal el paso del tiempo, como nada parece cambiar en ese mundo rodeado de naturaleza, primitivo, lleno de árboles y animales, pero cómo todo va cambiando también: los espacios que se llenan de mansiones, armas y camionetas. Los cineastas hablan de que la tragedia griega los inspiró para contar esta historia, en la que vemos a los personajes inexorablemente caminar a la catástrofe, tomando acciones que ya no los permiten dar marcha atrás.

Es fascinante ver la letal convergencia de una cultura tradicionalista y primitiva con una estructura criminal moderna.

En una entrevista con la co-directora de la película, Cristina Gallego, nos contó como tomó años la investigación de la película, una investigación verídica sobre cómo el tráfico de drogas y la violencia invadieron a la comunidad wayú en los setentas y ochentas, en el fenómeno que se conoció en Colombia como la bonanza marimbera. Y ese trabajo se nota en el nivel de detalle y veracidad que vemos en Pájaros de verano.

Vale la pena destacar el papel crucial que juega la matriarca del clan, Úrsula, una espectacular actuación de Carmina Martínez (que le valió el Fénix como Mejor Actriz). En la cultura wayú, de acuerdo con una entrevista con la propia actriz, las mujeres juegan un rol crucial, y ella lo que busca encarnar en este fuerte personaje es a una madre universal, que en el afán de proteger y cuidar el patrimonio de su familia termina por destruirla.

Es fascinante ver la letal convergencia de una cultura tradicionalista y primitiva con una estructura criminal moderna, dando lugar a episodios de un salvajismo impactante. De una historia construida a bases de un episodio histórico verdadero, los directores construyen una historia épica, universal, que tiene el aire de una fábula y de una leyenda, como lo vemos en el hombre que canta, a lo largo de la película, como de allí salió el veneno que intoxicaría al mundo.

Sin duda una de las mejores películas del año y una de las más grandes películas latinoamericanas de la década. Hagan lo que hagan, vayan a verla.

Este post se publicó originalmente en el HuffPost México.

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