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13/12/2018 07:13 CET | Actualizado 13/12/2018 07:13 CET

Un castigo y un triunfo: El castigo sin venganza de Helena Pimenta

Sergio Parra

Elena Pimenta se despide a lo grande de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. El castigo sin venganza es una obra grande, producto de un genio en el culmen de su vida. Lope la escribe con 69 años, poco antes de morir. En ella nuestro autor culmina una búsqueda de la gran tragedia que le ha llevado a experimentar múltiples posibilidades. Tras probar con tragedias de honor pastoril colectivo como Fuenteovejuna, tragedias de honor rural individual como Peribañez, tragedias que son, abiertamente, "tragicomedias", como El caballero de Olmedo, pareciera como si, al final de su vida, se diera cuenta de que tiene que volver a los orígenes: la tragedia ha de ser en palacio. Estos son los fundamentos de la mejor y más profunda de sus obras trágicas. Estos son los fundamentos de los que parte una magistral puesta en escena.

Como explica Antonio Carreño en su edición, el acto I se plantea a la manera de la comedia galante: una dama noble, a cuyo amor aspira un caballero, aunque está destinada a otro. La ironía trágica consiste en que la dama es la madrastra del caballero y el «otro», su padre. El acto II intensifica el conflicto hasta la realización del amor adúltero e incestuoso, que recuerda a Fedra y otras grandes heroínas trágicas. En el acto III se produce el conocimiento (anagnórisis) de la transgresión sexual y el cumplimiento del castigo sin venganza.

Elena Pimenta se despide a lo grande de la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

La temática trágica continúa en la escenografía, la cual se abre con un giratorio y una serie de gasas que hicieran un juego casi de espejo, de transparencias. Imitan las gasas unos peristilos de corte barroco que enmarcan una gran historia con una de las temáticas favoritas de la tragedia clásica: el incesto.

En las primeras escenas se nos presenta al protagonista, el Duque de Ferrara, ataviado como si de un jefe de un clan mafioso se tratara. De hecho, la equiparación entre el clan nobiliario y el mafioso inspira uno de los hallazgos más interesantes de la escenografía: una silla de barbero que ejerce la función de trono a la par que subraya la sensación de inestabilidad e incomodidad del poder. Joaquín Notario está, como siempre, notable en su interpretación, aunque tuvo algún lapsus en la función que fui yo a ver, el estreno.

En breve, nos encontramos con lo mejor de Lope en lo mejor de Pimenta.

La duquesa Casandra es uno de los aciertos de la obra, interpretada por Beatriz Argüello, muestra la sensualidad y el decoro necesario de alguien que se sabe víctima de las circunstancias. Pimenta nos recuerda la presentación de Casandra como una Venus humanizada al situarla, como si de un cuadro barroco se tratara, rodeada de agua y colgada de un palenque. Asimismo, se desviste en público lo que subraya la sensusalidad del personaje. Aunque la caracterización de Rafa Castejón como Federico puede presentar dudas al respecto de la edad del personaje, el actor las resuelve con dignidad. Nuria Gallardo, como Aurora, y Carlos Chamarro, como Batín, están estupendos, como siempre. Llama la atención la resolución de Batín, en la última producción del Castigo, dirigida por Ernesto Arias para Rakatá, Jesús Fuente hacía un interesante Batín consejero del Duque, que es sustituido por un gracioso más tradicional en esta.El ritmo está muy bien marcado y el verso se dice correctamente, sin que llegue a llenar la escena ni quedar sordo (las dos peligrosas tendencias del teatro clásico en las tablas contemporáneas). El vestuario presenta reminiscencias del periodo inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial y resulta interesante en cuanto establece conexiones entre el Barroco y el siglo XX. Las referencias al vestido Delphos, una prenda de seda de minúsculo plisado y de aire griego creado por Mariano Fortuny en 1909 que porta Casandra contrastan con los uniformes militares de los protagonistas masculinos: Marte y Venus en escena.

Merece destacarse el espejo que corona la escenografía. Símbolo de la verdad y del teatro ("espejo de las costumbres") permite a Aurora entender lo que ocurre. Un espejo corona la escena y presenta una continuidad con la temática trágica: la obra se convierte en un barroco juego de espejos verbal donde las intrigas se presentan oralmente (el abandono de Casandra tras la noche de bodas, la guerra, el amor de Casandra y Federico, y de la muerte de ambos). No en vano Lope decía en su Arte nuevo que:

es la comedia un espejo

en que el necio, el sabio, el viejo,

el mozo, el fuerte, el gallardo,

el rey, el gobernador,

la doncella, la casada,

siendo al ejemplo escuchada

de la vida y del honor,

retrata nuestras costumbres...

(vv. 215-225)

El núcleo de convicción dramática (o idea fuerza) de la obra es la concepción del duque como personaje trágico, es decir, "el caído lúcido que descubre que sus propios actos y errores lo arrastran al abismo" en palabras de Álvaro Tato, el versioista. Hay que destacar lo complicado del trabajo de Tato en una obra que cuentra con todo tipo de estrofas: glosas de cancionero, sonetos, tercetos encadenados, madrigal, silvas, romances y redondillas. Conscientemente se suprimen las alusiones a la poesía culta de la secta gongorina, interesante para un público filológico, pero quizá no demasiado para el general.

El núcleo de convicción dramática (o idea fuerza) de la obra es la concepción del duque como personaje trágico.

En breve, nos encontramos con lo mejor de Lope en lo mejor de Pimenta. Un broche de oro de sus años como directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico.