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03/11/2015 07:03 CET | Actualizado 02/11/2016 10:12 CET

Vida de Francisco Nicolás y de su fortuna y adversidades II

Mi madre frecuentaba las reuniones del Partido en la calle de Hortaleza, no por darse lustre, como luego se ha dicho junto a otras vilezas, sino porque, suave de corazón como era, no podía por menos que coincidir con aquellos cuyo relumbrón ilumina las oscuridades de los barrios que visitan.

[Nota del transcriptor: después de la buena fortuna que tuviera la primera entrega de la transcripción de la grabación que hiciera Francisco Nicolás de su fortuna y adversidades, me hicieron llegar (quizá él mismo) una segunda grabación de su declaración en el juzgado de Tejares de Alfarache. La primera de las trancripciones se puede consultar aquí.]

Cuenta Nicolás cómo llegó a conocer al primero de sus amos

Mi primer comienzo debió ser en el barrio en que me nacieron mis padres que, aunque de la sangre salen los hombres, no siempre la nobleza nace en Tinacria o Parténope.

Mi madre frecuentaba las reuniones del Partido en la calle de Hortaleza, no por darse lustre, como luego se ha dicho junto a otras vilezas, sino porque, suave de corazón como era, no podía por menos que coincidir con aquellos cuyo relumbrón ilumina las oscuridades de los barrios que visitan. Aconteció que, como las gentes del barrio hacían lonja para sus contrataciones en los rededores de la sede del Partido, acertó a pasar un buen concejal del Ayuntamiento que, a lo que se supo posteriormente, era protegido de cierto personaje elevado en la política de nuestra ciudad. Entróse tras la gente hasta la mesa en la que mi madre, desenvuelta, atendía unas y otras personalidades del comité. Mi madre era gallarda, grave, graciosa, moza, hermosa, discreta y de mucha compostura.

Estúvola mirando todo el tiempo que dio lugar el ejercicio de aquel sacramento, como abobado de ver tan peregrina hermosura; porque con la natural suya, sin traer aderezo en el rostro, era tan curioso y bien puesto el de su cuerpo, que, ayudándose unas prendas a otras, toda en todo, ni el pincel pudo llegar ni la imaginación aventajarse.

Las mujeres, que les parece los tales hombres pertenecer a la divinidad y que como los otros no tienen pasiones naturales, echó de ver con el cuidado que la miraba y no menos entre sí holgaba dello, aunque lo disimulaba. Que no hay mujer tan alta que no huelgue ser mirada, aunque el hombre sea muy bajo. Los ojos parleros, las bocas callando, se hablaron, manifestando por ellos los corazones, que no consienten las almas velos en estas ocasiones. Por entonces no hubo más de que se supo ser prenda de aquel caballero, dama suya, que con gran recato la tenía consigo. Fuese a su casa la señora y el concejal quedó rematado, sin poderla un punto apartar de sí. El camino hacia la cumbre estaba seguro.