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10/11/2015 07:03 CET | Actualizado 09/11/2016 11:12 CET

Vida de Francisco Nicolás y de su fortuna y adversidades III

España no reconoce a sus héroes, a los que llevamos el peso de la máquina social sobre nuestros hombros. Ese conjunto de funcionarios de segunda fila, "fontaneros" nos llaman con un aire de desprecio los papeles, que preparamos la cinta roja antes de que el jefe, ese incapaz de buena familia, inaugure la nueva línea de Metro, el nuevo mercado.

Puede leer aquí la primera y segunda entrega de nuestro personaje

La gana que tenía, curioso lector, de hacerte llegar mi vida y noticias me hizo actuar como al mal gramático, que pasa de la definición a lo definido sin advertir que, como todo es ficción en esta mi historia, no puede sino ser casualidad que reconozcas a algún personaje en ella. Valga este salve para todas las entradas de mi vida que llevamos y todas las siguientes.

Describe Nicolás al segundo de sus amos, un discreto caballero de la Mancha

Este (camino, digo) es largo, lejano y lastimoso, si no fuera por la promesa de un futuro más claro, nos faltarían a todos fuerzas para llegarnos a él. El primero de mis amos cayó pronto en desgracia. Las lenguas (siempre malas, siempre afiladas) algo dicen de unas mujercillas a las que trataba como pariente, de unos zapatos rotos, pero, por esto y por otras cosillas que dejo sin decir, hube de buscarme el segundo.

Estando en la puerta de sede, retirado en mis pensamientos, alcanzóme un hombre sobre una muy hermosa Confederate G2 P-51 Fighter Black con diseño de Pierre Terblanche, moto imposible de conseguir en esta pacata y apaletada España. Venía con un gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo; la moto traía un chasis monobloque de fibras de aluminio de un ancho tahalí de verde y oro, la tornillería de titanio era de la labor del tahalí, los guardabarros, la quilla y las llantas de fibra de carbono no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan terso y bruñido, que, por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si fuera de oro puro.

Mientras pasaba por mi lado el que había de ser mi amigo me saludó cortésmente, y, picando a la yegua, se pasaba de largo. Le dije: "Señor galán, si es que vuestra merced lleva el camino que nosotros y no importa el darse priesa, merced recibiría en que nos fuésemos juntos". Gracia debió de hacerle a mi amigo el desparpajo de mi niñez, que pronto me acogió en su seno como si hubiéramos de ser hermanos.

España no reconoce a sus héroes, a los que llevamos el peso de la máquina social sobre nuestros hombros. Ese conjunto de funcionarios de segunda fila, "fontaneros" nos llaman con un aire de desprecio los papeles, que preparamos la cinta roja antes de que el jefe, ese incapaz de buena familia, inaugure la nueva línea de Metro, el nuevo mercado, el aeropuerto más moderno de Europa. Son años y años de seguir al miembro de esa élite lumpen, deshaciendo sus tuertos, soplándoles la respuesta ante el periodista de turno antes de que se les quede cara de vaquita mirando al tren pasar y así, día tras día, mucho trabajo para una sinecura que, en el mejor de los casos, llega al final de una engorrosa vida laboral.

Es normal que los más altos de los segundones necesiten un desahogo ocasional, es lo que único que les permite despresurizarse, de volver a su casa con su mujer y sus hijos y disfrutar de un sábado en IKEA, de creerse por un rato las primeras espadas del partido. Y no hay mejor sitio para el desahogo que los garitos que frecuentaba, llenas de tomatitos de huerta (expresión que mi amo usada con burla en el espíritu) dispuestas a ser celebradas y agajasadas.

En esas lides nadie como Isabel, a quien los malditos del mundo mediático han bautizado como la "pechotes". Nadie como ella lograba enviar los espíritus ígneos del amor a mis amigos, hechizándolos al instante. Mi señor y amigo no tuvo nada que hacer. Estaba cantado. Como el buen servidor hace al amo bueno, al tiempo, nos tratamos más que de señor y criado, de amigos y quizá de hermanos.