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21/10/2018 09:36 CEST | Actualizado 21/10/2018 09:36 CEST

Una escoba por un toisón

Felipe VI en Mallorca charla con el voluntario que le ofreció una escoba.

Durante las trágicas inundaciones de las semanas pasadas en Palma de Mallorca numerosas personalidades fueron a hacerse la foto antes de que los nubarrones de la actualidad viraran hacia otro lado. Entre estas destacó Felipe VI, no sólo por su altura, sino por una anécdota que, de haberla jugado bien el monarca se habría labrado un marketing de oro. Pero este Par no sabe apostar al ajedrez por mucho que haya estudiado en los colegios más pijos de su endogámico mundo. Los charcos de sombras azules donde los príncipes juegan a encontrar ranitas para subastar besos en la bolsa de la reconversión de princesas. El caso es que Felipe, sin Letizia, se planta en la isla cuyo mar cada verano le abraza con cariño y pone las aguas a disposición de su barquito Aifos. En dicha visita la Casa Real impuso su protocolo, en cuyo supuesto tan patético el rigor forzado de las clases altas resulta ridículo. Colocaron al voluntariado en fila india con sus ropas de laborar, rostros de cansancio por el inmensidad de la tragedia y los aperos en la palma. Se supone que con la otra estrechaban la mano magna. Y en tales circunstancias abrumadoramente absurdas surge la espontaneidad de un joven que ofrece su escoba al mandatario... para que arrime el hombro. "Ya que ha venido, que trabaje, no?".

El tren de la estación Termini había pasado cerca de Manacor horas antes, con parada en los ambientes donde Rafa Nadal no sólo ofreció sus recintos para acoger a personas damnificadas, sino que su foto ataviado de mono azul, botas de goma, arremangado entre el barro y achicando residuos, dio la vuelta al mundo. Uno de los más laureados y reconocidos deportistas de élite mostraba su lado más cercano y humano como un ciudadano más de una isla destrozada por los elementos naturales. Nada que decir ante esta lección de lecciones que ocuparía páginas enteras de adjetivos laudatorios. Jaque mate al señor Borbón que no tuvo los reflejos suficientes para acercarse al muchacho y en lugar de las dos palmaditas -a todas luces faltas de sensibilidad- agarrar el cepillo, subirse los bajos de los pantalones, entregar su lujosa americana a un propio y ponerse a la faena...

¿Hasta qué punto un representante del Estado puede permitirse el lujo de rechazar la oferta de un voluntario que llevaba horas sin dormir ayudando en unos trabajos tan sociales?

Pasó de largo ante una imagen que el azar le prestaba para transitar por la historia mediática como un rey colega. Y no una majestad rancia, anticuada y color sepia. Con un solo gesto, de hacerlo bien, hubiera subido al Olimpo de la gloria, del Brexit, de Wall Street y del Ibex 69. Pasmado y circunspecto, ha quedado como un señor que estaba colocado por ahí, en modo robot, saludando ausente de la realidad y las penurias que la masa de la ciudadanía sufría en aquellos momentos. "Los llevan, los traen, los pasean... y luego si te he visto no me acuerdo", me contaba una colega aborigen. Después de digerir bien el despropósito real, llega el tiempo de las preguntas sin respuestas.

¿Por qué ese señor, del que dicen que es el mejor preparado de la categoría borbónica, se comportó de esa manera tan insolidaria? ¿Hasta qué punto un representante del Estado puede permitirse el lujo de rechazar la oferta de un voluntario que llevaba horas sin dormir ayudando en unos trabajos tan sociales? ¿No supo verlo? ¿No calibró los beneficios que le hubiera reportado bajar al lodo? ¿A qué demonios fue? ¿Quizás la respuesta es que para él lo normal no es lo habitual? ¿Que jamás haya visto un recogedor de basura, una escoba, un mocho, un trapo de cocina, un estropajo... admenículos prácticos y del día a día? Posiblemente el gobernante ignore la inclusividad doméstica y tan solo se atenga a la decisoria labor de atar cabos en su lancha de recreo pagada por la españolada. Existen conocimientos más allá de las caras universidades que este tipo de gen real desconoce por falta de vivencias que no dan las atalayas donde anidan.

Solo sé que los caballos del apocalipsis silban cada día más cerca. Pero allá arriba no llegan.

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