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18/03/2018 10:35 CET | Actualizado 18/03/2018 10:53 CET

Soy 'stripper' y tengo una relación sana y monógama

"¿De verdad te vas casar con una stripper?". Ese fue el primero de los muchos mensajes que recibió mi novio por parte de un viejo conocido al hablar sobre nuestra relación.

Primero, no tan rápido, colega. ¿Casarnos? Tardé cinco años y medio en decidirme a empezar una relación monógama e incluso traté de cancelar la primera cita porque estaba cansada. Mi novio me recomendó que nos echáramos la siesta y funcionó.

Tras más de un año y algunos cambios, mi novio ha soportado los prejuicios que pesan sobre la relación con una stripper. Aunque intenta no herir mis sentimientos al no contarme los detalles más crudos de las críticas que ha recibido, sí que me ha comentado que la gente le pregunta muy a menudo cómo puede sentirse cómodo saliendo con una stripper.

Uno de sus compañeros de trabajo estuvo insistiendo y presionándole para que confesara que tenemos una relación abierta cuando, en realidad, no es el caso. Una vez recibió un mensaje por Facebook enviado desde una cuenta anónima creada con la intención de disuadirle de salir con una trabajadora del sexo. Pobre tío, que tiene que soportar estar saliendo con una mujer atractiva y segura de sí misma con la que todo el mundo fantasea. ¿Cómo puede sobrevivir así?

Ahora en serio, a mi novio no le importa estar saliendo con una stripper. A diferencia de la horda de tíos que fetichizaron mi oficio en la fase de ligoteo, él nunca sacó el tema.

Mi novio y yo nos conocimos gracias a unos amigos mutuos, de forma oficial en una fiesta, pero de forma no oficial por cotilleo en las redes. Su frase de presentación fue: "Ahora ya estamos agregados, así que somos amigos". Me confesó, mucho tiempo después, que ya había estado viendo mi cuenta de Instagram, que es también mi página profesional de stripper. Había de todo, desde mis fotos Playboy hasta vídeos míos haciendo twerking para un documental de Vice sobre bailes exóticos.

También mostraba orgullosa mi ropa sucia y eso tampoco le asustó, que es mucho más de lo que puedo decir de otros tíos que he conocido mucho mayores que él (mi chico tiene cinco años menos que yo). Como mis redes sociales ya me habían expuesto, fui libre para ser yo misma. Él parecía concebir mis stripteases como yo: un trabajo.

A mi novio no le importa estar saliendo con una 'stripper'. A diferencia de la horda de tíos que fetichizaron mi oficio en la fase de ligoteo, él nunca sacó el tema.

Antes de conocer a mi pareja, usaba aplicaciones para ligar y escondía mi profesión hasta que era hora de "confesárselo" a los tíos, tras lo que me mandaban a la friendzone o intentaban tachar de su lista de tareas pendientes "tirarme a una stripper". Al final, irritada de tanto intentar contentar a estas mentes masculinas cerradas, acabé aparcando la idea de salir con alguien y me dediqué a mí misma, al striptease y todo eso.

Tiene algo seductor lo de ser una misma sin remordimientos. Fue entonces cuando apareció mi novio, con quien tuve citas reales y con quien decidimos reservar el sexo hasta que nos conociéramos mejor.

Antes de ser stripper, ya era stripper: un espíritu libre y exhibicionista. Soy alérgica, desde que asomé el culo fuera del útero de mi madre, a la gente me que intenta controlarme.

Empecé a bailar hace tres años, cuando necesitaba ahorrar para comprarme un coche y no volver a responder más ante ningún jefe. Como bailarina coqueta y poco recatada, encajaba perfectamente.

Después de tres meses en el negocio, toqué fondo con mis adicciones y me rehabilité mientras seguía trabajando en el club de striptease. Desde entonces, me he divertido más que nunca. Corretear en bragas completamente sobria me hace sentir una libertad que no tenía desde secundaria.

Soy alérgica, desde que asomé el culo fuera del útero de mi madre, a la gente que intenta controlarme.

Como en cualquier trabajo, hay días buenos y días malos, lo que normalmente va en función del dinero que he conseguido. Lo mejor es que solo tengo que trabajar 18 horas semanales, lo que me deja mucho tiempo libre para dedicarme a la comedia en vivo, a la escritura, a hacer podcasts y a estar con mis amigos y mi perro.

Mi mayor temor cuando me convertí en stripper era que nadie me querría ahora, y eso sin tener en cuenta que llegué a estar seis años soltera. Sin embargo, en el club de striptease conocí a otras mujeres que tenían relaciones largas y que incluso estaban casadas. Una de mis compañeras conoció a su marido cuando estaba levantando cabeza en un club de striptease tras haber sufrido una relación abusiva. Su futuro marido trabajaba cerca y era amigo de las mujeres del club. Mi compañera puso a prueba su tolerancia aplicándose a fondo en sus clientes en las narices del hombre mientras este se tomaba tranquilamente una cerveza en el bar.

La clave para conocer a esa persona con la que encajas es ser tu versión más feliz y auténtica. Mi versión más real resulta ser la que viste con un bikini de piel rosa y se revuelca delante de 50 espectadores al ritmo de la canción God's Plan, de Drake.

Como en toda relación amorosa, la comunicación es la piedra angular de nuestro bienestar. Con mi novio, me quejo de los clientes tacaños tan a menudo como me regodeo de cómo he ganado doscientos dólares simplemente hablando. Él me apoya escuchándome y compartiendo conmigo un paquete de galletas, como haría cualquier pareja seria. (Otro aspecto guay de ser stripper es que tengo el metabolismo de una chica de 13 años con trastorno por hiperactividad).

Mi versión más real resulta ser la que viste con un bikini de piel rosa y se revuelca delante de 50 espectadores al ritmo de una canción de Drake.

Tengo más formas de fomentar y preservar la confianza con mi novio, como por ejemplo no hacerles bailes de regazo a los hombres que conozco de fuera del club. Aunque mi pareja nunca me lo ha pedido así, a mí me parecía inapropiado y me puse yo misma ese límite. Tampoco les doy mi número ni mis datos de contacto en redes sociales a mis clientes (de hecho, eso es algo que no haría ni aunque estuviera soltera). La mitad de estos hombres son "compradores de novias" que vienen al club para intentar llevarse a casa a una mujer, una idea absurda. Es como jugar al Monopoly pensando que podrás retirar dinero real al final.

Mi novio también agradece la política que tiene el club de prohibir a los clientes tocar a las strippers. Por encantador que sea mi chico, es humano y le consuela el hecho de que los clientes no me puedan poner la mano encima. Y, sinceramente, a mí también me consuela.

El mayor problema que hay en nuestra relación es el dolor físico que me provoca bailar en tacones, que pone trabas a nuestra vida amorosa. Es bastante difícil intentar montármelo con un hombre más joven mientras finjo que no me duele la espalda, pero si además la letra de la canción My neck, my back (el cuello, la espalda, cómeme el...) la terminas con los versos "¡Ay!, cuidado con las rodillas y la cadera también", la situación es mucho menos erótica. El hombre que más placer me da es mi quiropráctico.

Trabajar por las noches cuando mi chico está ocupado durante el día también puede ser un fastidio, pero de todas formas yo habría estado ocupada con la comedia. Ser capaces de pasar juntos solo cuatro noches a la semana es lo que mantiene viva la llama entre nosotros.

Uno de los principales límites que hemos mantenido es que no venga a visitarme al trabajo. Aunque algunas de las otras chicas se traen a sus parejas, yo no me sentiría cómoda si mi novio me viera coquetear con otros tíos. Sí que hemos visitado como clientes el club en el que trabajo y hemos lanzado lluvias de billetes sobre mis compañeras.

Nunca le he preguntado si sus padres saben en qué trabajo porque estoy segura de que lo saben y no me apetece hablar de ello. A veces es mejor no meterte en ciertas situaciones pensando que la gente te va a odiar por tu tipo de trabajo.

Al fin y al cabo, el striptease es mi talento y me niego a desaprovechar las cualidades que me ha dado Dios. No me avergüenza ser capaz de moverme con intensidad y gracia al mismo tiempo. Estoy orgullosa de haber superado el complejo que me hizo abstenerme de comer lo suficiente y dar con nuevas formas creativas de autodestruirme.

En realidad, si alguien tiene un problema con mi relación es porque no sabe cómo es un amor sin posesión.

Nuestro amor desafía la visión que tiene la sociedad de cómo deben ser los roles del hombre y de la mujer. Es decir, se opone a la idea extendida de que el hombre posee los derechos de la sexualidad de su novia. Del mismo modo, la gente concibe los selfis sensuales como una provocación y los chistes de temática sexual como una invitación. Igual la chica solo pretende expresar plenamente su personalidad.

Si alguien tiene un problema con mi relación es porque no sabe cómo es un amor sin posesión.

Mi sexualidad forma parte de mi personalidad tanto como mi ingenio. No yace latente en un cajón privado, esperando a un amante para ponerse a tono. La expreso abiertamente y le saco rendimiento económico porque es algo natural para mí. No influye negativamente en la conexión íntima y sana que mantenemos mi pareja y yo. La sexualidad que vendo es superficial, no la confianza que comparten dos personas enamoradas, que superan de la mano las dificultades.

Tenemos que dejar atrás el puritanismo blandido contra las trabajadoras del sexo, que nos aísla de la sociedad, olvidarnos de la aceptación de los familiares y amigos de nuestra pareja y reducirlo todo a los miembros de la pareja. Nos estamos destruyendo, entre la estigmatización y la violencia derivada contra las trabajadoras del sexo. Aunque no seas una trabajadora del sexo, también te afecta el control patriarcal, que insta a reducir una relación al dominio sobre la mujer. Acabemos ya con todo eso.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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