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28/02/2014 07:05 CET | Actualizado 29/04/2014 11:12 CEST

Siempre hay una primera vez

¿Te acuerdas de tu primera vez? No esa primera vez. Para empezar, eso es por lo que ahora estás metida en este lío. Me refiero a las otras, las que definen tu entrada en el mundo de la maternidad. Las que acaban siendo un caos. Las cosas para las que a nadie se le ocurrió prepararte.

¿Te acuerdas de tu primera vez?

No esa primera vez. Para empezar, eso es algo por lo que ahora estás metida en este lío de la maternidad.

Me refiero a las otras primeras veces. Las que definen tu gran entrada en el mundo de la maternidad. Las que acaban siendo un caos. Las que no siempre están señaladas en el calendario. Las cosas para las que a nadie se le ocurrió prepararte. Créeme, ningún libro de bebés dedica una página a esas primeras veces. Pero siempre hay una primera vez, amiga mía. Date por avisada.

1. La primera vez que recogiste un vómito con tus propias manos. Cuando estaba en la universidad, mi mejor amiga y yo vivíamos con un chico que un día llegó tan borracho que vomitó en la lavadora. No hagas preguntas. La cosa es que, antes de tener hijos, haces todo lo posible por salir corriendo cuando alguien vomita. ¿Y qué pasa cuando tienes hijos? De repente, haces todo lo posible por tratar de atraparlo a tiempo. ¿Por qué? No tengo ni idea. Es un reflejo maternal. No hay nada como coger en brazos a un bebé enfermo que llora, y asumir que te vomitará encima porque no va a soltarte el cuello.

2. La primera vez que gritas por lo que alguien come o deja de comer. No me importa lo que cene mi marido. Bueno, a veces sí, cuando tengo muchas ganas de comida china y él se empeña en preparar algo sano. No obstante, cuando eres madre, eres tú la que se preocupa de la alimentación del niño. Es una gran responsabilidad. Los bebés no son como una planta... No basta con regarlos cuando te acuerdas y confiar en que sobrevivan. Las primeras 'lágrimas por la alimentación' suelen aparecer en el hospital, cuando te toca decidir entre pecho o biberón. Sea cual sea la decisión, seguro que se te va a escapar algún sollozo. Gritarás cuando te duelan los pezones, gritarás cuando la leche se vierta, gritarás cuando, sin querer, derrames por toda la alfombra el biberón recién preparado. Y, por si no fueran suficientes emociones a causa de lo que alguien come o deja de comer, tendrás que volver a experimentar lo mismo cuando tu pequeño se niegue a comer cualquier cosa naranja. O verde. O algo que esté en el mismo plato que cualquier otra cosa. O algo que huela a pollo. O que parezca queso. O que...

3. La primera vez que descubres que tu mamá no va a venir a salvarte, porque la mamá ahora eres tú. La habitación de Max. Tras dos semanas de adversidades parentales. Las tres de la mañana. Max acaba de vomitar en el cambiador. Sean está tirado en el suelo porque llevamos 14 días seguidos soportando los chillidos de un bebé, hora tras hora. Y porque está demasiado cansado para moverse después de limpiar el vómito. Yo estoy en la mecedora intentando que nuestro precioso bebé se vuelva a dormir. Y no puedo evitar lanzar un suspiro. Sean me susurra en la oscuridad: "¿Qué cojones hemos hecho con nuestras vidas? No podemos con esto. ¡No podemos más! Tienes que llamar a tu madre y decirle que vuelva". Como padre o madre, llegará un momento (probablemente relacionado con vómitos) en el que te des cuenta de que necesitas llamar a mamá. Al final, sabrás cómo salir del atolladero pasito a pasito. Y, después, llamarás a tu madre.

4. La primera vez que te das cuenta de que lo estás haciendo mal. La curva del aprendizaje parental es muy inclinada. Hay muchas cosas que deberíamos saber, pero al día le faltan horas para que podamos aprenderlas todas. A veces, las mejores lecciones nos las dan nuestros mejores amigos... los que ya han pasado por sus primeras veces. Cuando mi amiga Jenny me comentó, muy amable, que había enganchado mal la sillita de Max en el coche, me di cuenta de lo difícil que es aprender todas esas mierdas. Nunca olvidaré lo respetuosa que se mostró cuando se ofreció a enseñarme la manera correcta de abrocharle el cinturón, y colocó las cintas en su sitio. Tengo una carrera. Puedo escribir una tesis, llevar las cuentas bancarias y llegar a casa desde cualquier punto de la ciudad sin necesidad de un mapa pero, sinceramente, no sabía cómo era de eso de colocar a un bebé dentro de una silla del coche de forma segura. Ni cómo amamantar, ni cómo bañar a un bebé, ni cómo envolverlo en su mantita. Bueno, se supone que la humildad es la clave de la maternidad...

5. La primera vez que te das cuenta de que lo estás haciendo bien. En la revisión, el médico te dice que tu bebé ha ganado casi 3 kilos, y sonríes porque eres tú la artífice, la que le está criando fuerte y sano. Otra mamá te comenta que tu bebé es muy simpático y tu corazón se llena de orgullo. La maestra te dice, en confianza, que el niño distingue todos los colores y los números, que es muy inteligente. Ya controlas sus horarios de sueño, no hay problema con el colegio ni con la vacunación, ni con las noches que te quedas sola con él porque tu pareja está de viaje. Ahí te das cuenta de que lo has conseguido. El día que descubres que no necesitas que nadie te salve y que tus hijos salen adelante... ese día se merece un lugar de honor en el álbum.

6. La primera vez que te sientes orgullosa de haber usado tu cuerpo para la maternidad. Antes de tener hijos, utilizas tu cuerpo para (ejem) otras cosas. Pero luego, un día, en algún momento que va entre la liberación de un óvulo donde confluyen la esperanza y el destino y la primera visión que tienes del niño, te das cuenta de que estabas hecha para esto. Perdonas a tu cuerpo por crearte estrías y varices. Aceptas la cicatriz de la cesárea. Comprendes que tus brazos temblorosos estaban hechos para sostener la cabecita de ese recién nacido; que la curva de tu cuello estaba hecha para la mejilla sonrosada y regordeta del bebé; que tus dedos estaban formados para acariciar el pelo de tu pequeño cuando tiene una pesadilla; que la zona blandita de tu tripa es perfecta para amortiguar su espalda. La primera vez que agradezcas a tu cuerpo cansado, bello y con imperfecciones el don de la maternidad, te permitirás querer a la persona en la que te has convertido, del mismo modo que quieres a tu bebé.

7. La primera vez que echas la vista atrás, recuerdas todas tus primeras veces, y descubres que quieres volver a experimentarlas. Volverás a recoger el vómito con tus manos. Volverás a preguntarte si tu vida está acabada... arruinada... por completo. Volverás a gritar por la leche o por el pollo. Volverás a pelearte con las sillitas del coche, con los formularios del colegio y con los tres millones de piezas de esos muebles de Ikea tan monos. Pararás el tiempo para recordar la primera vez que te diste tanta prisa por llevar a tu hijo a urgencias y tuviste que rellenar un impreso en el que te pedían el nombre de la madre. Rezarás por tener la mitad de la fuerza, la valentía y la sabiduría que posee tu propia madre. Te darás cuenta de que todas tus primeras veces han sentado las bases sobre las que tu familia se sostiene. Y de que esas bases son fuertes. Más fuertes de lo que pensabas que podían ser. Descubrirás que los cimientos son tan sólidos porque tú les has dado esa fuerza. Y entonces, una noche tranquila (excepto para ese niño de tres años tumbado perpendicularmente en tu cama), mirarás cómo su pecho sube y baja en ese pijama de Batman. Te admirarás, por enésima vez, de los soplidos que salen de su boquita de piñón cuando duerme. Te sorprenderás de lo mucho que te gusta el caos y la locura, la risa y la aventura. Os sentiréis realizados porque estáis juntos. Habéis superado las lecciones de amor, suerte y adversidad. Apartarás el piececito helado que tienes encima para poder coger la mano de tu pareja y notarás las babas que el pequeño ha dejado en las sábanas. En ese momento, podrás decir con seguridad que estás preparada para vivir todo esto de nuevo. Porque no puedes imaginarte una vida sin otras primeras veces.

Traducción de Marina Velasco Serrano.

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