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20/04/2018 07:48 CEST | Actualizado 20/04/2018 07:48 CEST

De mentiras y de másteres

EFE

Observando los vaivenes de Cifuentes de las últimas semanas me ha venido a la mente un episodio de juventud, ocurrido hace unos cuantos años en un supermercado a una pareja conocida.

El joven había sustraído unas cuchillas de afeitar en un centro comercial cuyo detector, con la peor suerte posible, se empeñó en delatar el hurto al pasar el arco de seguridad de salida. El guardia de seguridad, como es lógico, acudió a pedir las correspondientes explicaciones a los inequívocos pitidos de la alarma y el joven, con pose indignada, empezó a gritar que aquello era un insulto y un atropello a su dignidad e integridad moral. El paciente guardia pidió amablemente al joven que volviera a pasar por el arco de seguridad, y el joven, muy digno, lo hizo, con el resultado que pueden imaginar; y así hasta tres veces. La joven, su pareja, harta de pasar tanto bochorno le dijo que sacara de una vez el paquete de cuchillas, pagara lo que costaba y dejara de ponerse en evidencia y de insultar la inteligencia del guardia de seguridad y del resto de personas que ya empezaban a hacer corrillo ante el espectáculo.

Y no he podido evitar la analogía, porque, mintiendo ante la evidencia de los hechos demostrados, es como ha actuado Cristina Cifuentes, la presidenta de la Comunidad de Madrid. No hay ningún estado, ya no digo exclusivamente democrático, que soporte semejante comportamiento de una persona representante de la ciudadanía al más alto nivel, como lo es una presidenta de una comunidad autónoma.

La presidenta de la Comunidad de Madrid no va a dimitir, así que alguien de su entorno le tendrá que decir que ya está bien de tanto bochorno

Cristina Cifuentes, al igual que el joven de las cuchillas, se ha mostrado indignada e insultada ante las primeras informaciones sobre la falsedad de su máster, emitiendo un vídeo en redes sociales que se estudiará en todas las facultades de periodismo como ejemplo de torpeza manifiesta ante una crisis informativa. Además, ha declarado en sede parlamentaria haber defendido un trabajo de fin de máster (TFM), cuestión que las profesoras y la propia universidad niegan. La última pirueta, el anuncio de su renuncia al título en cuestión, no es menos torpe, y deja también para la historia respuestas magníficas en redes sociales.

Dicho todo lo cual, y aún cuando haya tantas similitudes entre aquel joven que sustraía las cuchillas de afeitar y entre la actitud de Cristina Cifuentes, también hay mayúsculas diferencias. La principal es que, aún siendo la desfachatez compartida, es radical e infinitamente más grave cuando afecta a una representante pública, a alguien que tiene que ser ejemplar por cuánto hace tan solo unos años pedía a la ciudadanía una confianza que se materializó en votos en los pasados comicios autonómicos madrileños.

No obstante, hay un paralelismo, o mejor dicho una diferencia, entre la actitud de aquel joven y la de la todavía presidenta de la Comunidad de Madrid. Aquel joven al que nos referíamos al comienzo de este artículo no representa ni remotamente la actitud colectiva de nuestra gente, de las clases trabajadoras de nuestro país, que se siguen viendo obligadas a apretarse el cinturón para hacer frente a la crisis económica que aún desangra a nuestro país. Cifuentes, sin embargo, sí representa a una clase gobernante, al PP más concretamente, cuya escasa altura moral ha quedado al descubierto durante los últimos años (Gürtel, Púnica, Lezo y un largo etcétera). Existe una contraposición ética evidente entre quienes violentaron las leyes y saquearon el futuro y la dignidad de nuestro país, como ha hecho Cifuentes y sus correligionarios de partido, y entre aquellos y aquellas ciudadanas anónimas que durante años han arrimado el hombro para ayudar a sus familiares, a sus amigos, a sus vecinos.

La presidenta de la Comunidad de Madrid no va a dimitir, así que alguien de su entorno, al igual que la joven de la pareja de las cuchillas, le tendrá que decir a Cristina Cifuentes que ya está bien de tanto bochorno; que deje de ponerse en evidencia, y por extensión deje de poner en evidencia a todo el país; que deje de insultar la inteligencia de los y las profesionales de la información, además de a los y las estudiantes y profesorado de la Universidad y que a lo único que tiene que renunciar es a sus cargos públicos y orgánicos porque no es una digna representante de la ciudadanía madrileña.

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