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11/08/2018 10:18 CEST | Actualizado 11/08/2018 10:18 CEST

Lo que significa dejar tu trabajo para viajar por el mundo

Kristin Amico
La autora viajando por la India

Cuando me criaron, me enseñaron que para ser adulta hay que ir a la universidad (fui la primera de mi familia en graduarme), trabajar, casarse, tener un hogar y luego hijos. Cuando estaba en la universidad, pasé un semestre en el extranjero y luego trabajé en el ámbito empresarial del marketing y las relaciones públicas en Boston, donde aprendí a acumular días de vacaciones para hacer viajes a sitios como la India o Marruecos, lugares que requieren mucho más que cuatro o cinco días de vacaciones.

Me pasé entre los 20 y los 30 combinando una vida de trabajo normal y fantaseando con irme de aventura. Me sentía miserable yendo a una oficina todos los días, pero no sabía que lo que quería era algo que no fuera tradicional, porque me parecía aterrador e irresponsable.

Más adelante, en 2014, soltera y sin hijos, celebré mi 40 cumpleaños haciendo senderismo sola en el Joshua Tree National Park, en California. Esa fue la semana en la que empecé formalmente la transición de una vida estacionaria a una vida nómada. Ahorré 25.000 dólares en poco más de dos años viviendo con un presupuesto muy ajustado y preparando un plan para trabajar como autónoma mientras viajo.

Teniendo en cuenta los años que llevo en el mundo empresarial, ya soy muy organizada. Cuando alcancé mi meta de ahorro a principios de 2017 y avisé en el trabajo, había considerado casi todas las situaciones que se me podían dar. Tenía un presupuesto mensual para viajes, una plantilla con las ubicaciones en Europa y la India, y me apunté innumerables recursos y consejos de expertos que me podían ayudar en el camino.

Si pones en Google "cómo dejar tu trabajo para viajar", aparecen más de 110 millones de páginas con información. Sin embargo, ahora que ya llevo en esto un año y medio, me doy cuenta de que la mayoría de los blogueros que viajan a largo plazo o que salen de su país para ser nómadas digitales hablan mucho sobre los aspectos técnicos del estilo de vida como dónde encontrar Wi-Fi rápido, pero se dejan de lado muchos de los problemas del día a día, como por ejemplo cómo hacer amigos cuando tienes 43 años y cómo llevar todo en una maleta.

Mi plan era viajar poco a poco por Europa oriental y occidental y más tarde por la India, eligiendo una ciudad donde quedarme cada mes o donde asentarme mientras vivía auténticas experiencias en sitios que raramente aparecen entre los 10 primeros para visitar. Pensé que podría reunirme con otra gente que trabajara a distancia en preciosas cafeterías o espacios de co-working y encontrar una comunidad.

Kristin Amico
La autora en una pista de patinaje abandonada en Sarajevo, la capital de Bosnia-Herzegovina.

Aligeré mis viajes, uniéndome a un recorrido en grupo por las partes menos conocidas de Europa del Este. Después, me sentí bien por haberme puesto en marcha y me fui a Riga (Letonia), durante dos semanas. Ahí es donde tuve mi primer problema. El hostal que reservé parecía una prisión para hombres: yo era la única chica en un lugar que apestaba a cigarrillos rancios en unas escaleras oscuras llenas de botellas de vodka vacías. Pero ¿cómo podían estar mal tantas reseñas de cinco estrellas en Trip Advisor? Esta fue la primera lección para no ir a los sitios habituales: nunca creas en las buenas críticas.

La siguiente lección sobre cómo recorrer el mundo fue lo que otro viajero que conocí llama "tiempo de administración": que abarca desde reservar vuelos hasta descifrar los horarios de los trenes en un idioma extranjero. Después de encerrarme en el hostal de Riga durante los dos primeros días, pasé los dos siguientes rompiendo mi plantilla, cambiando planes y reservando vuelos, trenes y alojamientos desde Europa Central hasta los Balcanes, una región que ni siquiera había tenido en cuenta hasta que unas personas que conocí en el viaje me hablaron sobre Bosnia, Serbia, Kosovo y Montenegro.

Conecté con esta zona y sentí afinidad con las personas que conocí. Sin embargo, cuando todo es nuevo, lleva mucho tiempo lograr cosas poco importantes como encontrar un supermercado, hacer la colada (no hay lavanderías en cada esquina) o ir a muchos cafés para ver cuál tiene el mejor café y el Wi-Fi más rápido. Todo esto equivale a varias horas de tiempo de administración por día. Y hago spoiler: sin contar algunos tesoros ocultos, el Wi-Fi fiable más rápido, con diferencia, está en cadenas como McDonald's, donde pasé incontables horas en ciudades desde Bucarest hasta Belgrado.

Con diferencia, el Wi-Fi fiable más rápido está en cadenas como McDonald's, donde pasé incontables horas en ciudades desde Bucarest hasta Belgrado.

Tras varios meses gratificantes pero algo solitarios en Europa del Este, tenía un mes planeado en París: siempre ha sido un sueño llamar hogar a esa ciudad, aunque fuera por poco tiempo. Había sido más difícil hacer amigos de lo que esperaba, y aquí, por alguna razón, pensé que sería más fácil.

En un esfuerzo por socializar, decidí darle una oportunidad a Tinder. Bueno, para ser sincera, buscaba algo intermedio entre alguien con quien salir (o, al menos, con quien chatear mientras tomaba una copa de tinto), y un chico guapo que me llevara a su pequeño apartamento en el edificio Haussmann. Mi vida amorosa se estancó cuando vivía en Boston. A eso súmale la dificultad de encontrar a alguien cuando te mudas cada pocas semanas como llevo haciendo yo desde 2017 y, en fin, Barack Obama seguía en la Casa Blanca la última vez que alguien me vio desnuda. París era el sitio perfecto para cambiar eso, ¿no? Pues no.

Resulta que los franceses no son tan distintos de los americanos al deslizar en Tinder. La mayoría respondían con una o dos palabras. Si no podían hacer un esfuerzo, yo menos. Así que, una vez más, me borré Tinder.

Si estuviera en casa, habría salido una noche con las chicas, para compadecernos por nuestra soltería, pero a miles de kilómetros de distancia utilicé mis fracasos sentimentales como excusa para salir de mi zona de confort. En vez de quedarme en casa viendo Netflix, busqué eventos y reuniones gratuitas para gente extranjera donde poder hablar inglés durante unas horas sin sentirme culpable y reunirme con otras personas con mentalidad aventurera.

Fue en la India cuando entendí perfectamente la soledad de trabajar a miles de kilómetros de distancia de amigos, familia y las comodidades del hogar. En mayo y junio de 2018, viajé por Rayastán (India), trabajando como guía turística. Entonces se dieron algunas de las temperaturas más altas jamás registradas en la región. Era normal llegar a 43 grados a las 10 de la mañana, no todas las habitaciones tienen aire acondicionado. Mi viaje al sur de la India para un proyecto de blog coincidió con la temporada del monzón, donde los cortes de energía diarios son habituales.

Kristin Amico
La autora en Jaipur, India, trabajando en el encargo de una guía.

Cuando no me preocupaba por las fechas límite, tenía que asegurarme de tener suficiente agua y bocadillos en lugar de depender de hoteles o restaurantes turísticos caros. Después de todo, intentaba mantener un presupuesto. Incluso en grandes ciudades de la India, no es fácil. Hay pocas tiendas de barrio, y cuando sales, hay que tener en cuenta las ruidosas calles llenas de coches haciendo zigzag, motos, tuk-tuks y vacas, en las que parece que estás como en el juego Frogger pero en la vida real. Cuando no hay señales de stop y apenas hay semáforos, el hecho de caminar tres o cuatro manzanas para comprar una botella de agua, un refresco y comida callejera puede durar entre 45 minutos y una hora, más tiempo de administración.

Aunque esta aventura es increíble, casi nunca es la magnífica experiencia que chicas jóvenes con sombreros anchos y vestidos sueltos publican en instagram. Porque muchos asumen erróneamente que estoy teniendo una aventura al estilo Indiana Jones (puede que él haya luchado contra serpientes, pero no creo que tuviera que agacharse en una esquina llena de hormigas en un hotel barato porque ese fuera el único sitio para pillar Wi -Fi). No me siento bien quejándome a mis amigos y a mi familia.

Hay días en que los clientes son duros, hace muy mal tiempo, no encuentro coca cola light (mi único vicio) y solo quiero alguien que me escuche. El mismo tipo de desahogo que se produce a diario en ciudades de todo Estados Unidos alrededor de un cóctel de 15 dólares o de una cerveza de 2 dólares en happy-hour parece obsceno, un arrogante privilegio apestoso, si lo hago viviendo al otro lado del océano. He formado amistades más fuertes con otras personas que viajan normalmente porque entienden que se trata de un estilo de vida poco glamuroso, lleno de exigencias normales que pasan, por ejemplo, en Belgrado, en vez de una oficina beige en Boston. También he convertido las amistades online con otros viajeros y autónomos en reuniones de la vida real con almas curiosas con ideas afines que prefieren una mochila a un piso de dos dormitorios.

No sé cuándo terminará este viaje, pero tras 18 meses sigo descubriendo nuevos desafíos que me hacen mucho más fuerte e independiente. Si puedo intimidar con la mirada a una vaca enfadada en la India, no voy a retroceder antes quienes empujan para hacerse un hueco en el metro abarrotado de Estados Unidos.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Lucía Manchón Mora

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