Blasfemar no es ilegal

Blasfemar no es ilegal

Cuando las mujeres llevan a cabo actos de blasfemia, como el de FEMEN en la Catedral de la Almudena, cuestionan el papel que la religión les reserva: el de sierva, el de sometida a la voluntad de Dios. Como feministas, nos negamos a permanecer sumisas a ese sistema que abandera una mujer oprimida, nacida para ver, oir y callar lo que ordene la Iglesia.

"No juzguen y no serán juzgados. No condenen y no serán condenados.

(Lucas 6, 37)"

Abogados Cristianos se querella contra FEMEN por varios delitos relacionados con la incitación al odio anti-religioso y contra la libertad religiosa. En su página web, este colectivo acusa a nuestro movimiento de incurrir en delitos en relación a los artículos 510, 514.4, 523, 524 y 525 del Código Penal.

El 13 de junio de 2014, , dos activistas de FEMEN se encadenaban al crucifijo del altar mayor de la Catedral de la Almudena para realizar una acción a favor del derecho al aborto. Ese mismo día , el CGPJ (Consejo General del Poder Judicial) aprobaba la reforma de la ley del aborto planteada por el PP, y por el que entonces era ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón.

El lema de la protesta era "Aborto ilegal, tomemos el altar", aludiendo a la amenaza que suponía el hecho de que dicha propuesta de ley restringiese el derecho y el acceso al aborto libre, seguro y gratuito. Si los hospitales ya no eran lugares donde las mujeres podían abortar de manera segura, habría entonces que acudir a los edificios del lobby que más ha empujado, defendido, financiado y reclamado dicha reforma sobre la ley: La Iglesia Católica.

Desde el exministro hasta Abogados Cristianos, varios grupos de poder han servido de apoyo a los más altos -y de sobra económicamente dotados- cargos eclesiásticos, que una vez más se empeñaban en condicionar las políticas públicas y los derechos civiles.

Sin embargo, la acción no trataba de ser ningún asalto, tal y como defienden desde este colectivo cristiano, sino una reclamación legítima por parte de las mujeres. Si la institución religiosa nos arrebataba uno de nuestros derechos, tendría que enfrentarnos.

Con este ataque a la libertad de las mujeres, a su derecho a decidir, conquistado tras muchos años de lucha y clandestinidad, la institución eclesiástica pretendía acometer una ejecución de un derecho democrático y lavarse las manos al más puro estilo de la Inquisición. Pero ya no estamos en esos tiempos.

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Hoy, en el 2015, no podemos olvidar que la religión es una idea, y como cualquier otra idea es susceptible de ser criticada. Al igual que el capitalismo, el feminismo, el socialismo, o cualquier otra... Desde nuestra libertad de expresión podemos opinar, amar, rebatir o rechazar esa idea, y ello no quiere decir que estemos ejerciendo una violencia.

Pero cuando la religión tiene una situación de privilegio, por muy mínima que sea su conexión con el Estado, y tú llevas a cabo dicha crítica, ambos se volcarán en una persecución contra ti. (Seguimos, en 2015, sí, no hemos viajado en el tiempo... ). La institución religiosa ha tomado el poder de establecer qué se puede decir y qué no sobre la religión, dónde, cuándo, cómo y por qué. En el caso de que se traspasen dichos límites, la ley deberá actuar. ¿Qué otra idea conocéis que cuente con tan elevado privilegio?

Dicho privilegio deja a un lado la libertad de expresión que conlleva el mismo acto de ejercer la blasfemia, pues ésta ha de entenderse como el cuestionamiento sobre la religión. La blasfemia es una herramienta imprescindible para llegar a construir una sociedad laica, que respete tanto la opción de creer como la de no creer. Sin embargo, no existe una igualdad real. La religión posee siempre una protección especial, un escalafón más alto que cualquier otra idea dentro de la sociedad. Se la teme. Ya sea por su historia, su poder, su dinero o sus influencias políticas.

Cuando las mujeres llevan a cabo actos de blasfemia, como el de FEMEN en la Catedral de la Almudena, cuestionan el papel que la religión les reserva: el de sierva, el de sometida a la voluntad de Dios. Como feministas, nos negamos a permanecer sumisas ante ese sistema que abandera una mujer oprimida, nacida para ver, oír y callar lo que ordene la Iglesia, y por supuesto enfrentaremos todo lo que esa misma Iglesia intente para poner en peligro la democracia y el camino hacia la igualdad.

Su violencia estructural y política es real, es pública, no se esconde. ¿Por qué entonces habrían de hacerlo las mujeres? Tenemos derecho a hacerlo siempre que sea pacíficamente. Nosotras hemos usado nuestra voz y nuestro cuerpo, rehusando reconocer el pecado en él, rechazando callar... Decidiendo, resistiendo. Nos hemos presentado en el lugar donde se representa esa institución, de la misma forma que cuando acudimos al Congreso apelamos al Gobierno y la clase política.

Acudir a las instituciones religiosas y manifestarse no significa atacar el derecho de los creyentes a creer, sino que es una de las herramientas para llegar a una sociedad igualitaria apelando a sus representantes.

¿Podremos ser ateos y creyentes llegar a ser tomados en cuenta por igual frente a la ley, sin privilegiar ninguna de las dos partes? Desde luego, con este juicio se demuestra que no estamos en el mismo nivel desde el inicio, pues tan sólo admitiéndolo a trámite ya ha quedado claro. Para conocer si la justicia defenderá la libertad y el activismo pacífico por la defensa de un derecho reconocido de las mujeres en nuestro país habrá que esperar a la sentencia. Hagan sus apuestas.