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19/10/2012 08:20 CEST | Actualizado 18/12/2012 11:12 CET

La cirugía de cáncer de pecho: un trozo de teta

Las reacciones a mi diagnóstico de cáncer de pecho fueron variadas. Un amigo me indicó enseguida el lado positivo: "Por lo menos ahora puedes pedir que te las hagan más grandes, ¿no?" Una de mis mejores amigas se echó a llorar por teléfono. Mi madre, bendita sea, asumió el papel de supermamá.

Laura Price

Las reacciones a mi diagnóstico de cáncer de pecho fueron variadas. A riesgo de provocar otro Brickgate [una periodista británica, Samantha Brick, que causó escándalo con un artículo titulado ¿Por qué me odian las mujeres por ser guapa?], me parecía que tenía unas tetas bastante bonitas y me apenaba tener que perder la mitad de una. Pero un amigo estadounidense de 28 años me indicó enseguida el lado positivo de la situación con una frase muy considerada: "Por lo menos ahora puedes pedir que te las hagan más grandes, ¿no?"

Una de mis mejores amigas, que se encontraba ya muy sensible porque estaba a punto de casarse (y seguramente pensó que la llamaba para decir que ya no podía ser su dama de honor), se echó a llorar de forma histérica por teléfono antes de que pudiera sacarle una palabra. Un colega un poco mayor se limitó a mandarme un correo con una frase: "Mejor que empieces a comprar colecciones de DVD entonces" (después ha seguido dándome ese mismo tipo de útiles consejos).

Mi madre, bendita sea, asumió el papel de supermamá y de inmediato se puso a llamar a hospitales y amistades con cáncer para que nos dieran consejos y para organizar la logística. Voló a Dublín y me acompañó a hacerme el escáner que necesitaba para saber si el cáncer se había extendido a los huesos o algún órgano. El procedimiento consistió en que me dijeran que bebiese una enorme botella de líquido amarillo, no muy diferente al Sunny D, para que mis órganos brillaran. No sabía tan mal como parecía y la prueba en sí duró cinco minutos, con una máquina que zumbaba y me decía que contuviera el aliento durante unos segundos y luego lo soltara.

Después del TAC, me pusieron una inyección con una dosis mínima de material radiactivo y luego me ataron a una cama, tapada con una manta, en una habitación muy fría, y me metieron en otra ruidosa máquina durante 25 minutos. Al acabar, las enfermeras me dijeron que no me acercara a embarazadas durante 24 horas porque todavía me quedaba un poco de radiactividad. Pensé que era un buen momento para sacar del armario mi camiseta que dice: "Es eléctrica" para que no se me aproximara ninguna.

Unos días después, la emoción me atenazó al enterarme de los buenos resultados de las dos pruebas. Mi cáncer no se había extendido.

El ordenador dice No

En el momento del diagnóstico, acababa de trasladarme a vivir a Irlanda procedente de Argentina. No tenía verdaderos amigos en el país; solo a mi exnovio y su familia (que me ayudaron mucho) y los colegas de mi nuevo trabajo. Mis padres estaban en Yorkshire occidental, y mis mejores amigos estaban repartidos por Inglaterra, así que decidí mudarme a la casa en la que había crecido con mis padres.

Me remitieron a Christie Clinic, el ala privada de un hospital de Manchester especializado en cáncer, y me pusieron en la lista para operarme. Por desgracia, mi empresa irlandesa había decidido cambiar de compañía de seguro médico justo a medianoche del día para el que estaba prevista mi operación y, para complicar aún más las cosas, mi carísima intervención en una clínica privada en el Reino Unido se consideraba turismo médico y la aseguradora irlandesa no tenía obligación de cubrirlo. Para cuando conseguimos reunir toda la información que nos pedía la primera compañía, no quedaban más que unas horas para que aprobaran un caso de turismo médico que, según decían, su Consejo tardaba 10 días en aprobar. Entonces comenzó la "Operación el ordenador dice No".

Tras unos tensos días de negociaciones e insistentes mensajes de correo electrónico y teléfono, hubo unas horas todavía más tensas de ruegos, peticiones y lloriqueos, y me asombró ver a mis padres, mis jefes, las dos compañías de seguros y el propio hospital llegar a un acuerdo. Exactamente un minuto después del límite de las cuatro de la tarde del viernes 29 de junio, cuando ya me habían inyectado la tintura azul en el pecho para que mis ganglios linfáticos fueran visibles, con la esperanza de que la operación se iba a realizar, llegó en efecto la autorización. Misión cumplida.

Al día siguiente -solo una semana después del diagnóstico-, estaba en la mesa de operaciones de Christie en Manchester. Me pusieron anestesia general por primera vez en mi vida y me hicieron una escisión local pero amplia, que sirve para sacar el tumor más la zona que lo rodea, pero es mucho menos que una mastectomía.

En una de las cartas de referencia de los médicos, vi que habían tachado "derecho" y habían escrito a mano "izquierdo" para indicar qué pecho había que operar, así que me alivió ver, al despertarme, que el cirujano no se había equivocado de lado. Me desperté en una lujosa habitación privada, casi de cinco estrellas, hasta arriba de anestesia y analgésicos, y me dispuse a disfrutar de té y bizcocho con mi mejor amiga, que es además la mascota de la oficina, la llama Oops (ver foto), pero lo vomité todo y volví a dormirme hasta la mañana siguiente.

Los resultados de la operación fueron increíbles. Esperaba encontrarme con un seno ligeramente deforme pero me alegró ver que el cirujano había rellenado el hueco con un poco de tejido mamario (sigo sin entender cómo funciona y no estoy totalmente convencida de que no me cogiera la grasa de debajo de los brazos, pero no voy a detenerme en ello). Abrió cerca del pezón para que la cicatriz no fuera visible cuando llevase un vestido, y es impresionante. Parece como si una cría de tiburón me hubiera dado un mordisco, y me gusta pensar que todo lo que he pasado me va a dejar una huella visible.

Pasé las cuatro semanas siguientes recobrándome de la operación, una recuperación relativamente indolora y sencilla. Lo más difícil era limpiar el resto de adhesivo del vendaje impermeable que me protegía la herida, y pasé más de una semana andando como una inválida, con el brazo izquierdo pegado al costado, por lo pegada que estaba. Un par de semanas después de la operación, recibí la maravillosa noticia de que los bordes alrededor del tumor estaban limpios de células cancerosas y no iba a necesitar más quirófano. El cirujano me confirmó también que el cáncer no se había extendido a los ganglios y que, por tanto, estaba más o menos curada. Fue un alivio inmenso que me permitió centrarme en estar sana para aguantar la quimioterapia y la radioterapia.

El oncólogo me ordenó seis ciclos de quimioterapia en un régimen denominado FEC-T, o Fecked, como decidí apodarlo en honor a lo bien que estaban saliendo las cosas y mi amor de adolescente hacia el Padre Ted y todo lo irlandés. Las letras representan los cuatro fármacos diferentes del potente cóctel que iban a inyectarme en las venas cada tres semanas, con toda una serie de efectos secundarios desagradables como náuseas, la pérdida total del cabello y una reducción de la fertilidad. Cuando termine los cuatro meses de quimioterapia, me administrarán unas cinco semanas de radioterapia y entonces podré reanudar mi vida normal.

Durante la primera revisión con el oncólogo después de la operación, la enfermera notó que todavía tenía el pezón azul, del tinte que me habían inyectado.

"Sí", respondí, "no termina de quitarse".

"Lo tendrás así unos seis meses más", me aseguró el oncólogo.

Ojalá hubiera sabido que no bromeaba...

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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