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14/02/2018 07:30 CET | Actualizado 14/02/2018 07:30 CET

Excesos reivindicativos

Getty Images
Lazos amarillos y carteles reivindicativos en la Plaza de Cataluña, Barcelona.

Los domingos, en la ciudad catalana en la que vivo, hay grupos de personas, incluyendo muchas familias con sus niños, que llenan los espacios públicos (farolas, puentes, árboles y todos aquellos elementos de los que se pueda colgar algo) con lazos amarillos. Desconozco si organizados por alguna asociación, o por iniciativa individual.

Hace un par de domingos, mientras estaba en el parque con mi hijas y marido, observaba a unos activistas en plena faena, colgando lazos, hechos con tiras de bolsas de plástico, en los arboles del parque. Observaba desde lejos, sin meterme, pues en estos meses he aprendido que cualquier debate sobre Cataluña es un diálogo de sordos en el que nadie convence a nadie. Sin embargo, le comenté a mi marido que llenar todos los espacios públicos con lazos de plástico debía contravenir las ordenanzas municipales (que no permiten que cada uno 'decore' con lo que le apetezca, donde le apetezca, el espacio público), y que me parecía una apropiación, con los símbolos de una parte, de lo que es de todos los ciudadanos.

Para mi sorpresa y estupefacción, un señor de unos 60 años que parecía estar tomando el sol tranquilamente en un banco cercano había escuchado mi conversación, y se le levantó para increparme a voz en grito que 'si acaso yo no me había enterado de que había gente en la cárcel'. Como si fuera posible no enterarse de tal cosa si vives aquí y como si no hubiera habido 'gente en la cárcel' antes de que encarcelasen a los Jordis. El hombre siguió, antes de que yo pudiera abrir la boca, con un discurso sobre 'nosotros los españoles' culpables de todos los males, seguido de acusaciones de ser malvados, manipuladores, represores, etc...

Aquí opera el 'o estás conmigo, o estás contra mí'

La verdad es que estaba estupefacta, y sólo acertaba a decirle a aquel señor que yo en ningún momento me había dirigido a él y que no tenía derecho a meterse en una conversación privada, y mucho menos a gritarme; además de que él no sabía nada de mí, de mi nacionalidad, ni mis preferencias políticas para incluirme en ese 'vosotros', que por otra parte no sé muy bien que significa, ya que 'vosotros los españoles' en realidad somos todos los que tenemos nacionalidad española y no creo que seamos un grupo homogéneo en casi nada.

Otra señora con bufanda amarilla que pasaba por allí, y que oyó la soflama del primer señor, se acercó ufana con el dedo en alto a meter más cizaña gritándonos: ¡Visca Catalunya, Visca Cataluña! repetidas veces, sin pararse a escuchar ni a enterarse de qué iba el asunto, y nuevamente sin saber nada de mí, ya que a diferencia de los portan su lazo amarillo o bandera, no llevo ningún tipo de símbolo que me pueda identificar con un grupo..., pero aquí opera el 'o estás conmigo, o estás contra mí'.

Inocente de mí, que hice a mi marido un comentario que ni siquiera era político sino de urbanidad, e incluso pensaba que podrían existir personas a favor de la independencia a las que no les guste por ello que llenen los arboles de su ciudad con bolsas de basura amarillas y crean que las cosas pueden hacerse de otro modo.

El independentismo tiene dos cosas que no dejan de sorprenderme: la capacidad de borrar todos los matices o discrepancias... y la enorme capacidad de movilización continua y casi unánime

Pero no, me equivocaba, porque el independentismo tiene dos cosas que no dejan de sorprenderme: la capacidad de borrar todos los matices o discrepancias, tanto respecto a la estrategia a seguir como respecto al resto asuntos (educación, sanidad, urbanidad, etc..) que inmediatamente pasan a segundo plano en aras del objetivo supremo de 'construir la Republica', y la enorme capacidad de movilización continua y casi unánime sin cuestionamiento: para manifestarse, poner banderas, esconder y sacar las urnas, cortar carreteras si se tercia... y poner lazos amarillos donde haga falta.

Ante la algarabía de los dos señores de la tercera edad con el dedo en alto y gritando, y yo ya reclamando también ahora a voces, que me dejaran en paz, apareció otro hombre joven. Para intentar calmar los ánimos me dijo, éste con voz y tono pausado y condescendiente, que en realidad a él tampoco le gustaba llenar los arboles de lazos amarillos, porque le parecía poco cívico, pero que teníamos que entender que 'ante la grave situación que vivimos' y el hecho 'de que hay gente con hijos en la cárcel' no quedaba otra opción para visibilizar su problema.

Mi experiencia no deja de ser anecdótica, aunque creo que sintomática

No sé qué me asustó más, si la exaltación de los que gritaban sin parar, o la 'pedagogía' siguiente del joven que intenta explicarme sus motivos, que venía a decirme en resumen, que los no independentistas lo somos porque no nos hemos enterado de cómo están las cosas, estamos engañados o somos malas personas, y que además cualquier regla cívica, o legal, o de convivencia se puede quebrantar simplemente 'porque hay presos', 'por la Republica' o, como les gusta tanto decir, 'por dignidad'. Todo ello adornado de fondo con los gritos de la mujer, cada vez más entusiasmada, que ya gritaba que 'ojalá que encarcelaran a mi padre'...

Mi experiencia no deja de ser anecdótica, aunque creo que sintomática, pues vengo observando hace tiempo en las conversaciones, en los foros independistas y en las redes sociales un pensamiento muy peligroso y muy extendido: 'que son los buenos'; el convencimiento de que les ampara una ética superior que justifica todo lo demás. Bajo este paraguas, todo vale y todo se justifica. Sienten que el 'ni un paso atrás' (ni un pas enrrera) es justo y necesario, y que cualquier coste o efecto colateral que haya creado o cree el procès está justificado, porque en realidad luchan para imponer lo que es bueno, justo y verdadero.

Sin embargo, esto no es un enfrentamiento entre buenos y malos; se trata de algo en el fondo tan simple como una disputa entre personas que prefieren un modelo de organización territorial (un país independiente) respecto a otras que quieren otro modelo territorial distinto (una comunidad autónoma). No me cabe ninguna duda de que entre los que no quieren la independencia hay buenas y malas personas, al igual que las hay entre los independentistas, porque la manera en la que prefirieres que se organice el territorio en el que vives y tu sentimiento identitario, no dice nada de tu bondad o ética, y tampoco de tu pensamiento social y político en otros aspectos. Se puede ser indepe y conservador, se puede ser 'unionista' y de izquierdas, se puede ser cualquiera de las dos cosas y un corrupto o aprovechado.

Yo no me siento parte de ningún 'vosotros'. Simplemente ostento una nacionalidad que comparto con otras muchas personas, algunas parecidas a mí y otras tremendamente diferentes

Yo no me siento parte de ningún 'vosotros' como me increpaba el señor. Simplemente me siento totalmente desconectada del debate identitario: ni me siento catalana, ni 'muy español y mucho español' como decía Rajoy; simplemente ostento una nacionalidad que comparto con otras muchas personas, algunas parecidas a mí y otras tremendamente diferentes, y ni veo una prioridad, ni me apetece, ni creo que me vaya a aportar nada bueno, cambiarla. Este eje catalán-español, a mí personalmente no me motiva, ni me mueve y creo que tenemos otras luchas mucho más importantes y colectivas que implican tanto a catalanes como españoles, y a toda Europa.

Me produce tristeza que esa gran capacidad movilizadora, pasión e implicación que ha conseguido el independentismo, no se haya logrado para otras causas que podrían generar mucho más consenso y beneficio para todos. Me sorprende que al núcleo duro independentista le indigne que en la gala de los Goya no hubiera lazos amarillos, en lugar de alegrarse o remarcar que todos los grandes premios de dirección fueran a parar a maravillosas películas dirigidas por mujeres (y además catalanas); o que no parecieran dar importancia a la reivindicación por una mayor presencia e igualdad salarial de las mujeres en la industria del cine, que era la reivindicación de la noche. Todo eso no importa, parece que solo fuera valida su lucha identitaria y política.

Hay muchas causas por las que luchar e implicarse en el mundo. Personalmente prefiero aquéllas en las que mucho hay que ganar y poco, o pocos, pierden, siendo para mí la lucha independentista lo opuesto a esto: poco que ganar para la sociedad y mucho que perder para ambas partes, sea cual sea el resultado final, con Republica o sin ella. De momento ya hemos perdido la tranquilidad de poder hablar en un parque sobre cualquier tema y la incapacidad de hablar sobre este tema sin acudir a los lemas o las grandes palabras (dignidad, ley, democracia, pueblo..., combinadas con otras como ataque, defensa, legítimo, etc..). También estamos dejando por el camino la capacidad de luchar por otras causas más universales que no incluyan el nosotros y 'vosotros los españoles'.

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