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15/06/2015 07:00 CEST | Actualizado 14/06/2016 11:12 CEST

El lumpenproletariado intelectual

La falta de políticas públicas de fomento de la cultura, la voracidad global de contenidos culturales gratuitos y la autoperpetuación del negocio cultural en manos de los grupos mediáticos y empresas de telecomunicaciones están convirtiendo a los autores y autoras en una nueva clase desprotegida, que si Marx levantase la cabeza denominaría lumpenproletariado intelectual.

En su libro ¿Por qué Marx no habló de Copyright?, David García Arístegui escribe:

"Más que nuevos tipos de licencias son necesarias instancias colectivas para la gestión de la propiedad intelectual y derechos de autor. Necesitamos sindicatos en el ámbito de la cultura"

David denuncia el verdadero problema que acosa a las autoras y autores hoy: la falta de un sistema que proteja sus derechos de propiedad intelectual y, no menos importante, su remuneración.

El problema de quienes crean cultura se convierte así en un asunto político que afecta a la ciudadanía; la destinataria, beneficiaria y consumidora de su obra. Por tanto, los partidos políticos no pueden mirar para otro lado y limitarse a culpar a la globalización de la decadencia cultural en nuestro país.

Es preciso abanderar el debate políticamente, pero no sólo con un afán electoralista. Se trata de construir y articular un verdadero discurso político de izquierdas, con fundamento jurídico, que sustituya el paradigma neoliberal y sus dos premisas deterministas: 1) La desprotección del lumpenproletariado intelectual y 2) El dogma de la mano invisible de la Cultura

1.- La desprotección del Lumpenproletariado Intelectual

La falta de políticas públicas de fomento de la cultura, la voracidad global de contenidos culturales gratuitos y la autoperpetuación del negocio cultural en manos de los grupos mediáticos y empresas de telecomunicaciones están convirtiendo a los autores y autoras en una nueva clase desprotegida, que si Marx levantase la cabeza denominaría lumpenproletariado intelectual.

No se puede obviar el hecho que los autores y autoras necesitan ganarse la vida dignamente y que la cultura cuesta. Cualquier discurso que menoscabe esta premisa debe revisarse.

2.- El dogma de la mano invisible de la cultura

Asistimos a una evangelización mediática donde la libertad de intercambio de contenidos culturales en internet ha condenado la autoría intelectual a la gratuidad eterna. Esta pretendida libertad encubre la rapacidad de un sistema cuya víctima es el derecho a una remuneración digna por parte de autoras y autores.

Al mismo tiempo favorece que la corporación audiovisual se convierta, junto a las empresas de telecomunicaciones, en los distribuidores de un contenido cultural, mayoritariamente digital, por el que cada vez pagan menos. En una situación de desigualdad, hablar de libertad es seguir apoyando un sistema donde quien dicta las normas serán los Google, AOL, Yahoo, Pinterest, Facebook, Youtube, etc, de este mundo, sustentados por las empresas de telecomunicaciones.

El problema real que discutimos es el acceso a la Cultura, consagrado por nuestra Constitución, y deberíamos exigir un debate político para lo que avanzo algunos temas de discusión:

1.- Dejar de culpabilizar a quienes crean la Propiedad Intelectual

Ni escritores, escritoras y periodistas son culpables de no poder vender su obra a través de los nuevos canales; ni quien crea música de no ir de plaza en plaza con los instrumentos al hombro; ni los directores y directoras de cine de no crear obras independientes sin publicidad.

El problema fundamental es una remuneración cada vez mas escasa del contenido cultural y que amenaza con convertir esta profesión en poco mas que un hobby. Si queremos cultura de calidad, la ciudadanía ha de involucrarse en proteger la autoría intelectual y no en recriminar a quienes la crean; y los aspirantes a la contienda electoral tendrán que darle una respuesta en sus programas.

2.- La piratería no es el verdadero problema

Tampoco se trata de obsesionarse con atacar la piratería o los manteros y seguir ignorando que el verdadero problema es la voracidad global y multigeneracional de contenidos gratuitos, fomentado por un neoliberalismo del que sólo se benefician los grupos mediaticos y las empresas de telecomunicaciones.

Es necesario que la cultura sea asequible, pero asegurando que las personas que crean contenido cultural perciban una justa remuneración por el trabajo que realizan. Ello sólo será posible mediante normas que protejan y obliguen a una explotación transparente de los derechos de propiedad intelectual.

3.- Las nuevas licencias de explotación no son la panacea

No se puede solucionar el problema sólo con construcciones jurídicas o inteligentes modelos de licencias abiertas. El Copyleft, Creative Commons, #GPL, #FDL, etc, pueden ser muy útiles en el ambito del software, por ejemplo, pero no solucionan el problema de la falta de remuneración al dejar a los creadores y creadoras aislados como partes contratantes independientes en un mercado no regulado.

Aunque personalmente me gusta el término Copyleft, con su resonancia anarquista y las licencias Creative Commons (CC), con cierto sabor a cooperativista, he de reconocer que se trata de modelos teóricos que funcionan mal para la autoría en un mercado poco transparente donde no se compite en plano de igualdad.

4.- El sello, la editorial y el estudio de cine ya no mandan

El tiempo de demonizar a las grandes editoriales, a los estudios y a los sellos discográficos ya ha pasado. La industria que exprimió al autor a la máxima potencia se dio un tiro mortal en su propio pie hace años. Hoy, sus ejecutivos responden a los dictados de los grandes grupos mediáticos y, en última instancia, a las empresas de telecomunicaciones que controlan la distribución de contenidos.

Con una adecuada gestión empresarial colectiva, los autores y autoras podrían eliminar los intermediarios y negociar directamente con las empresas de telecomunicaciones para llegar al consumidor final.

5.- El mecenazgo no debe sustituir una retribución digna

Por último, merece mención el socorrido recurso al mecenazgo, el viejo amigo del artista desde que la creación cultural se convirtió en profesión. Hoy sigue existiendo, y asume nuevas formas como el crowfunding o las subvenciones públicas.

Aunque no es nada desdeñable su importancia, no puede bajo ningún concepto sustituir el concepto de remuneración justa al autor o autora de la obra cultural.

Los cinco problemas anteriores no constituyen una lista cerrada, y son muchas sus variantes, pero entiendo que precisan un debate político, y a nivel táctico, el momento es ahora, antes de las elecciones.

Definitivamente, la autora y el autor están perdidos como entes individuales en esta batalla global, y la única esperanza es colectivizar sus esfuerzos a través de sindicatos, sociedades o cooperativas que decidan cómo explotar sus derechos de propiedad intelectual y que actúen como lobbies para crear normas que protejan el derecho a una remuneración justa.

La ciudadanía tiene que apoyar esta batalla y dejar de contemplar impasiblemente desde sus pantallas el desmoronamiento de la cultura y la desproteción de quienes la crean.

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