NOTICIAS
16/08/2018 07:00 CEST | Actualizado 16/08/2018 07:00 CEST

Elegí ser madre de alquiler pero no sabía que me partiría el corazón

doble-d via Getty Images
Con solo 22 años fui madre de alquiler, lo que significa que usé mis óvulos para concebir a un bebé que otra persona criaría.

Después de casi 48 horas de parto agotador, mi primera hija salió de mi cuerpo y la pusieron en los brazos de su padre.

Mientras la escuchaba llorar por primera vez, el corazón se me disparó y se me hizo añicos. Con solo 22 años fui madre de alquiler, lo que significa que usé mis óvulos para concebir a un bebé que otra persona criaría. La subrogación tradicional es menos común que la gestacional, en la que la madre de alquiler porta a un niño con el que no está relacionado genéticamente. Esto se debe, sobre todo, a las dificultades emocionales y legales que supone el alquiler de vientre tradicional.

Pero ese día dos hombres fueron padres, llenos de alegría, preparados para abrazar a su nueva hija y el viaje que les esperaba. Me convertí en una "especie de madre"; era madre biológica (no es como si fuera una adopción, pero tampoco era una madre "de verdad" que cría a su hija).

Cuando tenía poco más de 20 años, me invadió un instinto maternal y sentí un profundo deseo de quedarme embarazada. Sabía que no estaba lista para ser madre, ya que seguía en la universidad y trabajaba a tiempo parcial como niñera. Una noche, después de ver unas noticias sobre la maternidad subrogada, me giré hacia mi pareja y le dije: "Quiero hacer eso".

A pesar de que me suplicó que lo considerara solo después de tener nuestros propios hijos, puse un anuncio online en una web de subrogación para encontrar una pareja por la que pudiera tener un hijo. Como lesbiana, quería darle a una pareja del mismo sexo la oportunidad de la paternidad, y en unos días ya tuve noticias de una pareja gay que vivía a solo tres horas. Intercambiamos muchísimos correos, hablamos durante horas por teléfono, nos conocimos en persona semanas después y en dos meses, estaba embarazada de mi hija biológica.

Mientras los padres primerizos volvían del hospital con el bebé, yo conduje a casa con los brazos vacíos y el corazón roto.

Nueve meses después, un día lluvioso de diciembre, nació Natalie*. Mientras los padres primerizos volvían del hospital con el bebé, yo conduje a casa con los brazos vacíos y el corazón roto.

La mayoría de las agencias de subrogación no trabajan con una mujer a menos que ya haya completado su familia o, como mínimo, tenga un hijo propio. Pero como yo lo hice "por mi cuenta", es decir, sin la ayuda de una agencia, pude dejar a un lado los convencionalismos y hacer de vientre de alquiler antes de convertirme en madre.

Mientras luchaba con la montaña rusa emocional de despedirme de mi bebé recién nacido, me di cuenta de por qué los expertos aconsejan que las mujeres sin hijos no sean madres subrogadas. No solo existían riesgos para la salud reproductiva, sino que era imposible para mí saber exactamente por lo que estaría pasando durante el embarazo y a qué estaba renunciando después del parto, ya que nunca antes había experimentado la maternidad.

En medio de mi dolor después del nacimiento de Natalie, recurrí a foros online para buscar el consuelo y el compañerismo de otras madres de alquiler. A través de los hilos, encontré un pequeño grupo de mujeres que compartían mi experiencia y mis sentimientos, y la mayoría de ellas tenían sus propios hijos, pero aún luchaban contra sentimientos de pérdida después del nacimiento de sus bebés de alquiler.

Desafiando la razón, fui madre de alquiler una vez más, y di a luz tan solo 15 meses después a otra niña sana. Cualquier terapeuta te diría que, la segunda vez, estaba recreando un trauma para ganar algo de control sobre la situación.

Cuando nació Daisy*, la pusieron sobre mi pecho y le conté sus 10 dedos de las manos y de los pies, le di un beso en su pelo rubio y le susurré "Te quiero" en su oreja mientras ella agarraba firmemente mi dedo meñique. Luego, la puse en los brazos de su madre, la "madre intencional" según la subrogación, la que la criaría y la querría todos los días.

Mi segunda vez fue una experiencia más positiva: a diferencia de la primera, me sentí como algo más que un medio para un fin. La pareja por la que tuve el bebé fue mi favorita. Aún así, despedirme de otro bebé al que había engendrado y llevado durante 9 meses no fue tan fácil.

Con la ayuda de un buen terapeuta, finalmente, dejé de llorar por los dos bebés poco después del nacimiento de Daisy. Ya no era la versión ingenua de mí misma que pensaba que, de vez en cuando, algunas fotos calmarían los sentimientos maternos por los niños que había llevado y amado.

Poco después de dar a luz, la relación con mi pareja terminó, y empecé a darme cuenta de cómo la subrogación me había cambiado. Y no solo por las estrías que ahora adornaban mi cuerpo o por los recordatorios físicos de lo que había pasado para hacer que otras personas fueran padres.

La subrogación cambió mi forma de querer, empecé a proteger más mi corazón. Cambió la forma en que veía a las madres con sus bebés. A veces, los celos me superaban cuando veía a las madres jugar con sus niños pequeños en el parque mientras yo hacía de niñera. Y aunque había saciado mi deseo de experimentar el embarazo, mi instinto maternal nunca se calmó, solo se hizo más fuerte.

La subrogación cambió mi forma de querer, empecé a proteger más mi corazón.

Casi una década más tarde, di a luz a mi propia hija, otra niña, esta vez como madre soltera, por elección propia. Mi hija Evelyn (que significa "deseada como hija") nació en nuestro hogar, rodeada de la tranquila energía de las matronas y nuestros seres queridos más cercanos. Al escuchar el llanto de mi hija, el sonido de un bebé al que cuido a diario, mi corazón se abrió de par en par, derribando las paredes que había construido todos esos años.

La primera vez que me senté en una mecedora acunando a mi hija recién nacida y tarareando una nana, se me escaparon lagrimones de los ojos. Mis llantos silenciosos se convirtieron en sollozos profundos y curativos. Las lágrimas fueron una liberación, una manifestación física de los sentimientos de pérdida a los que me había aferrado durante años. Mientras empapaba la peluda cabeza de mi nuevo bebé, lloré por todo lo que había dejado y todo lo que perdí cuando, hace más de una década, di a luz como madre subrogada tradicional.

El impacto de la subrogación no ha sido del todo negativo. Aprecio la presencia de mi hija en mi vida más que si no hubiera sido madre de alquiler. Estoy agradecida por todos los momentos que tengo con ella: los mimos, las actuaciones de infantil, los cuentos para dormir y sí, incluso las noches de insomnio. Las mujeres con las que hablé en los foros de subrogación hace más de 10 años siguen siendo mis amigas, unidas por nuestro dolor y experiencias compartidas. Estas mujeres fueron de las primeras en saber que estaba embarazada de Evelyn; una de ellas cosió sus trajes, pañales de tela y sombreros de punto. "Serás una madre increíble", garabateó en la nota que había en el paquete.

Las niñas a las que di a luz como madre de alquiler tienen ahora 14 y 13 años y viven una vida plena y feliz con sus familias. No tengo ninguna duda de que ambas están exactamente donde pertenecen y de que las quieren y las tratan como a un tesoro.

Con un poco de tiempo, distancia y experiencia como madre, puedo ver con más claridad que la subrogación puede ser algo hermoso, especialmente para las familias que, de otra manera, no podrían tener un hijo. Es el amor lo que hace a una familia: la biología es lo que menos hace a una madre.

Aun así, aunque nunca he cuidado a Natalie ni he cambiado los pañales de Daisy en mitad de la noche, en lo más profundo de mi corazón, las quiero como lo haría cualquier madre: con todo mi ser.

*Los nombres de esta historia han sido modificados.

Este artículofue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Lucía Manchón Mora