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08/11/2018 07:24 CET | Actualizado 08/11/2018 07:24 CET

Pensé en congelar mis óvulos, pero un viaje de un año lo cambió todo

Lindsay Tigar
La autora en Colombia.

"¿Por qué tus ojos son azules?", me preguntó la niña. Me miraba desde abajo con los ojos entornados por los rayos de sol que lograban atravesar las nubes que nos cubrían por encima de una montaña, allá en algún punto de los suburbios de Bogotá (Colombia).

"¿Me acaba de preguntar que por qué tengo los ojos azules?", le pregunté en inglés a una compañera de viaje que tenía a mi lado y que hablaba español con fluidez. Asintió con la cabeza y le devolví a la niña una sonrisa cariñosa mientras la tomaba de las manos e intentaba explicarle en mi español chapurreado que era un regalo que me habían dado mis padres.

Mis ojos azules son uno de los muchos aspectos por los que doy gracias, así como por la familia encantadora que tengo. Y por una educación que me dio los cimientos necesarios para perseguir el sueño y la pasión de mi vida por el periodismo. Y por el privilegio de saber exactamente qué es lo que quería ser cuando fuera mayor: escritora, esposa y, más que nada en el mundo, madre.

Crecí jugando con muñecas, vistiéndolas y acunándolas. También les regañaba, en gran parte gracias a mi madre. Conforme fui añadiendo velas de cumpleaños a la tarta, empecé a trabajar de canguro para ganar un dinero extra. Desde el momento en el que entré en el mercado laboral, era siempre la primera en ofrecerme para organizar los eventos de "Lleva a tus hijos al trabajo" o en pedir coger en brazos a los recién nacidos en la oficina para presentarlos a todo el mundo. En ningún momento he dudado que sería una madre estupenda, pero sí que ha habido muchas ocasiones en las que he dudado si llegaría a tener la oportunidad de demostrarlo.

Antes de ese momento clave en Sudamérica, pasé 7 años viviendo en Nueva York. Mejor dicho: teniendo citas en Manhattan. No es precisamente sencillo encontrar una pareja para toda la vida en una ciudad con fama de promiscuidad y soltería tóxica. Tampoco es que sea una prioridad para los trabajadores ambiciosos y altamente motivados que anteponen el éxito profesional a llegar al altar.

En ningún momento he dudado que sería una madre estupenda, pero sí que ha habido muchas ocasiones en las que he dudado si llegaría a tener la oportunidad de demostrarlo.

Cuando se acercaba la fecha de mi 28º cumpleaños, hace ya dos años, empecé a pensar en la idea de congelar mis óvulos como medida de seguridad física (y emocional, la verdad). Al fin y al cabo, cuanto más se acercan los 30, más presión recibimos las mujeres (de nuestras abuelas y médicos por igual) para pensar en nuestro futuro fértil. Es un temor inculcado que resulta una carga pesada y complicada lo suficientemente terrorífica como para robarle el aliento a quien desee ser madre. Los presupuestos de la clínica que visité empezaban a partir de los 5000 dólares, así que decidí poner en espera todo el proceso.

Preferí invertir el dinero en algo completamente distinto: mi pasión por viajar.

Y así es como pasé de vivir en la Gran Manzana a viajar por Colombia.

Dejé mi trabajo a tiempo completo en una empresa de ropa deportiva moderna para intentar ganarme la vida como autónoma y me uní a Remote Year, un programa que brinda a los profesionales la oportunidad de trabajar en un máximo de 12 países. Durante 365 días tan extenuantes como emocionantes, llamé hogar a Croacia, Portugal, Tailandia y otros siete países. Decir que la experiencia me transformó es quedarme corta. Además de fortalecer mi columna vertebral y proveerme de una actitud audaz y una mente abierta, cambió la perspectiva que tenía sobre ser madre.

A medida que pasaban los meses y me iba desplazando a otro país, aprendiendo sobre diversas culturas e historias, fue inevitable conocer a niños de toda clase, desde niños obedientes e impecablemente engalanados con sus uniformes escolares en Kioto (Japón) hasta niños bulliciosos, apasionados y bilingües de Argentina que inundaban de risas la esquina de mi barrio. Me di cuenta de que el amor que siento por los niños no se limita a los que podría generar biológicamente.

Los únicos límites son los de mi corazón.

Da igual que fuera un niño tailandés con dificultades para hilar frases en mi idioma y hablarme de su colección de bisutería o un bebé portugués que dejó de llorar cuando le puse una cara graciosa en una cafetería; no me hizo falta compartir ADN para sentir un vínculo emocional.

Pese a todo, no fue hasta el undécimo mes de viaje, cuando la niña preguntó por mis ojos, cuando noté que algo cambió en mi interior.

Me di cuenta de que el amor que siento por los niños no se limita a los que podría generar biológicamente. Los únicos límites son los de mi corazón.

No quiero congelar mis óvulos. Si no puedo tener hijos cuando haya encontrado una pareja con quien construir una vida juntos, prefiero invertir el dinero en una adopción.

Cada persona tiene una concepción distinta de lo que es una familia y apoyo plenamente a las mujeres que deciden invertir en congelar sus óvulos. Es una decisión personal que jamás debe tomarse a la ligera, pero yo me he acabado decantando por la adopción debido a las penurias que presencié de cerca cuando viví en el extranjero.

La autora con su grupo de viaje.

Cuando cavaba hoyos y clavaba clavos a martillazos para el proyecto benéfico Yugen Build, organizado por el programa Remote Year, observaba fascinada a los niños de esta comunidad colombiana. Nos sostenían los paraguas sobre la cabeza mientras conseguíamos rocas para los cimientos y ellos mismos las iban apilando para ayudar. Nos traían pulseras caseras de sus propias colecciones personales, unos regalos que eliminaban cualquier diferencia que pudiéramos tener por nuestro trasfondo cultural o nuestra nacionalidad. Cantaban y les encantaba jugar. Nos pedían constantemente que les hiciéramos girar. Yo ya sabía que estaba destinada a convertirme en la madre de alguien, pero observarlos me hizo entender que mi dinero estaría mucho mejor invertido brindando una buena vida a alguien que esté esperando para tener familia.

Siempre he querido tener una hija o un hijo, o ambos, y hay incontables niños que ansían tener madre. Solo en Estados Unidos, hay más de 400.000 niños que esperan ser adoptados, una cifra que a nivel global es (lógicamente) mucho mayor. El dinero que cuesta congelar óvulos y adoptar varía bastante dependiendo de diversos factores, pero cuando llegue el momento, prefiero invertir ese dinero en traer a casa a un niño que la necesite.

Los viajes te enseñan a centrarte en todo lo que puede tender puentes, en lugar de en lo que puede destruirlos. También te enseñan que hay cualidades universales: ira, tristeza, felicidad y, por supuesto, amor. Te recuerdan que todos somos ciudadanos del mundo y que si nos ayudamos un poco los unos a los otros, podemos llegar un poco más lejos. Podemos pasar más tiempo hablando del color de nuestros ojos o de cómo encontrar la roca más grande y menos tiempo preocupándonos por el tiempo que les queda a nuestros ovarios para que les llegue la fecha de caducidad.

La oportunidad de convertirme en madre no tiene por qué esperar congelada para ser una posibilidad. Al igual que con los itinerarios y los vuelos, el camino que conduce a la creación de una familia puede ser impredecible y estar repleto de sorpresas. No siempre sale todo según el plan inicial, pero a mí me gusta pensar que he llegado a un punto en el que estaré en paz allá adonde me lleve la vida, y quizás sea a ese barrio feliz y agradecido para traerme a casa a algún niño que no guarde ninguna relación con mi útero.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.