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18/04/2018 07:30 CEST | Actualizado 18/04/2018 07:30 CEST

Soy feminista y me voy a casar con un votante de Trump

Photo Courtesy of Lisa L. Kirchner
En nuestra primera cita. 

El día en que Donald Trump fue elegido presidente, me metí en mi perfil de citas por Internet para hacer un cambio. Arriba del todo escribí: "IMPORTANTE: Si has votado a Donald Trump, sigue explorando".

No estoy segura de por qué me molesté, ya que pocas veces visitaba mi cuenta. A la hora de encontrar una relación seria, mudarme a San Petersburgo (Florida, Estados Unidos) había sido peor que mi mudanza a Nueva York diez años antes. Pese a eso, lo de cambiarme el perfil no fue tanto para despachar a posibles parejas como para anunciar lo asqueada que estaba por la victoria de Trump.

Dos días después de las elecciones, sentí una punzada de dolor en el pecho que me hizo encorvarme en medio de la clase de yoga. Tras buscar en Google los síntomas (molestias en la zona del corazón, dificultad para respirar, entumecimiento del brazo izquierdo), decidí ir a urgencias, donde me diagnosticaron costocondritis. Sonaba (y parecía) como una forma fantasiosa de llamar a la hipocondría, pero es en realidad la inflamación del cartílago que rodea el esternón, debido a la ansiedad.

"¿Ha sufrido algo de estrés últimamente?", me preguntó la médica.

¿Estaba de broma? ¿"Algo de estrés"? ¿Cuenta como estrés el hecho de que el resultado de las elecciones significaba el final de mi condición de persona como mujer que soy? ¿Y la silenciación todas las mujeres que han sufrido abusos sexuales? ¿Y el miedo a un hombre que apenas sabe expresarse con un micrófono? ¿Quién no iba a estar de los nervios?

Y recordemos que esto es Florida, un estado republicano que nunca pensé que iba a considerar mi hogar. Sin embargo, cuando murió mi madre, necesitaba ver el sol y tomarme un descanso de Manhattan. La mudanza iba a ser temporal, pero resultó que Florida era un buen lugar para trabajar. Tenía el trabajo justo y necesario para mantenerme a flote y seguir teniendo tiempo para escribir, para estar con mis amigos y para ir a la playa. El simple hecho de poder ir en coche al supermercado me parecía un lujo después de 10 años viviendo en la ciudad.

Importaba poco que el panorama para ligar fuera desastroso. Llevaba soltera prácticamente toda una década, desde que mi marido decidió poner fin por teléfono a nuestro matrimonio. Prefería estar sola que estar en una relación con secretos.

Por ello, fue sorprendente ver que el cambio que había hecho en mi perfil atraía a la gente a mi cuenta. Al fin y al cabo, en una de las fotos de mi perfil estaba con una Hillary Clinton de cartón en la sede de los demócratas de San Petersburgo. ¿No se suponía que la mayoría de los hombres solo miraban las fotos?

Photo Courtesy of Lisa L. Kirchner

"¿Votaste a Trump?", me preguntaron en un mensaje.

¿Qué? Cliqué. Era un tío mono. No tenía fotos con pistolas, solo una de ellas en una barca con un pez muerto. Eso, entre todos los perfiles de hombres cercanos, lo convertía directamente en una persona liberal. "Debe de estar bromeando", pensé.

"¡No, por Dios!", le respondí.

Y no supe más de él, pero no me importó por dos razones. Si algo había aprendido de las páginas para ligar en los últimos 10 años es que no hay que tomarse las cosas de forma personal. Además, me llegaban un montón de mensajes más.

Por desgracia, los mensajes empezaron a ser tremendamente parecidos ("Ey!") y, de nuevo, vi que no podía soportar leer cómo otro hombre de 40 años vivía solo deseando que llegara el fin de semana y su jubilación. Por otro lado, mi salud había pasado al centro de mis prioridades.

Para reducir mi ansiedad, me metí a Facebook y salí de todos los grupos de política a los que me había unido. Luego entré en Twitter y dejé de seguir las cuentas de política y los informativos. Finalmente, les dije a mis amigos en la vida real que iba a dejar de hablar sobre política.

Fueron conversaciones incómodas. Nos encantaba criticar los errores de nuestro presidente electo y yo era una de las voces cantantes, pero estas conversaciones me acaloraban y no veía otra forma posible de desestresarme.

Trabajaba desde casa en los trabajos que escogía. Gracias al Obamacare, lo único estresante de mi vida era que los ideales liberales que había defendido desde que iba al instituto acababan de ser aplastados, justo cuando por fin llegué a creerme que una mujer tremendamente competente se alzaría con la victoria. El hecho de que no lo consiguiera contra semejante ignorante no es algo de lo que pudiera hablar sin alterarme.

Y entonces descubrí lo que pasaba.

A medida que me iban llegando más mensajes, me di cuenta de que la frase de mi perfil era ambigua. Al leer "sigue explorando", muchos entendían "sigue leyendo mi perfil". Era hora de borrarlo.

Al echar un vistazo a los mensajes acumulados, veía que algunos sí que lo habían interpretado como yo pretendía, pero ninguno de ellos me gustó. Algo en estas elecciones había despertado en la gente una oleada de desesperación y yo estaba dispuesta a terminar con ella. Y en ese momento, sí, cuando me metía en mi perfil para desactivarlo, llegó el mensaje más intrigante que jamás había recibido en los 10 años que llevaba usando páginas para ligar.

Por fin llegué a creerme que una mujer se alzaría con la victoria. El hecho de que no lo consiguiera contra semejante ignorante no es algo de lo que pudiera hablar sin alterarme.

Su frase de presentación fue: "Bien usadas esas construcciones parentéticas".

¿BIEN USADAS ESAS CONSTRUCCIONES PARENTÉTICAS?

Este tío, Paul, no solo sabía qué eran las construcciones parentéticas, sino que también se había leído mi perfil con suficiente atención como para hallarlas. Tenía que responderle. Tras un ingenioso intercambio de correos, pasamos a hablar por chat. La conversación siguió fluyendo hasta que mencionó algo sobre el restaurante Pinot and Pizza.

"Eso podría estropearlo", le dije. "No bebo desde que fui a la Universidad".

Con el tiempo he aprendido que lo mejor es esquivar de inmediato las situaciones que puedan estropear una cita. Él me aseguró que no era el caso, así que le pregunté cuál sería el caso para él.

"No estoy seguro. Tener que soportar gilipolleces por no llamar o escribir cada 5 minutos, intentar que encuentre a Jesús, que no haya atracción física, emocional ni intelectual, el extremismo, poner el papel higiénico del revés... Eso es todo lo que me viene a la mente. ¿Y para ti?".

Ya estaba un pelín enamorada.

"Lo único que estropearía una relación es la falta de capacidad para comunicarse conmigo. Hay cosas imprevistas que acaban saliendo a la luz".

"¿Cosas?", me preguntó Paul.

"¿Quién sabe qué clase de cosas?", le respondí. "Hace falta que una pareja tenga un sistema de valores compartido, pero siempre habrá discrepancias. No necesito una réplica de mí misma, para eso ya estoy yo".

Los mensajes volaban. Esto fue más o menos para Acción de Gracias, así que teníamos más tiempo libre del habitual para charlar por el móvil. Era gracioso, pero sin tomarse demasiadas confianzas; mostraba interés y era interesante, así que no tenía el ego inflado. También hablamos de cómo salimos adelante en la vida sin demasiado apoyo de nuestros padres.

Y entonces la conversación dio un giro.

Le conté que mi padre no era un monstruo, pero que había votado a Trump. Y en ese momento me enteré de que él también había interpretado la frase de mi perfil con el otro sentido: "Yo también voté a Trump".

Por un lado, me quedé horrorizada, pero, pese a tratar de convencerle a favor de Hillary, me interesé mucho por las objeciones que le encontraba a la candidata más cualificada de la historia. Quería conocer su opinión.

Paul dijo que prefería las políticas económicas de Trump, lo que me pareció de estar muy mal informado. Despotriqué contra las mencionadas políticas económicas, pero no di por finalizada la conversación.

Me dijo que no estaba seguro de si habría votado a Trump si hubiera pensado que tenía alguna posibilidad real de ganar.

"Voté a Bill, pero tampoco es que me gusten mucho los Clinton", escribió.

Aquí tampoco pude terminar la conversación, ya que no había escrito las palabras mágicas "odio a Hillary". Tal y como lo veo, esa suele ser la frase en clave para decir "odio a las mujeres". Luego me dijo que no estaba seguro de si habría votado a Trump si hubiera pensado que tenía alguna posibilidad real de ganar. Eso me tranquilizó.

Quería evitar desesperadamente toda conversación sobre política. Los dolores de pecho se habían aliviado desde que dejé de seguir las noticias. Y quería conocer a este tío. Confiaba bastante en mí misma en el mundo de las citas como para saber que si salíamos, detectaría rápidamente si era machista. No había nada en él que me hiciera pensar que fuera clasista, misógino ni racista. Entonces, ¿cuál era el problema? ¿Unas leyes de las que no iba a hablar?

Tras unos instantes de reflexión, me pareció lo más natural del mundo responder: "Ya tenemos una de esas cosas", le escribí, con el corazón ablandado. "Y me gusta que seamos capaces de tratar el tema".

Nuestra primera cita consistió en ir a comprar muebles. Si era tacaño, tenía mal gusto o era maleducado con los vendedores, estaba lista para escapar de él. "Este", dijo mientras se sentaba en un espléndido sofá retro. "¿Se quitan bien las manchas? Es que es un desastre", bromeó señalándome a mí. No hay nada que me guste más que la forma en que, de la nada, es capaz de hacer lo más inesperado, incuso en las situaciones más tensas, aligerándolas.

La segunda vez que nos vimos, vino a un espectáculo de narración de experiencias que presentaba yo. Me dijo que dudaba que pudiera venir, ya que era tarde y entre semana, pero aun así me decepcionó no verle. Hasta que dio conmigo en el descanso. "Tu canción de apertura ha sido tronchante", me dijo.

El hecho de haber estado ahí sin esperar nada de mí fue impresionante, pero cuando al final de la noche se arrancó a cantar Fly Me to the Moon, de Frank Sinatra, sentí de todo, menos la impresión de estar en una segunda cita.

Tras una temporada saliendo, llegó la hora del verdadero examen: llevarlo al centro en el que estudio yoga. ¿Hablaría en clase? ¿Intentaría tocarme?

"Mira, no tengo ningún motivo para pensar que no vayamos a seguir saliendo juntos, pero este es mi centro de yoga. Pase lo que pase entre nosotros, reclamo este sitio", le advertí.

Al día siguiente me dijo que había recibido el sello de aprobación de sus amigos. No solo les estaba hablando de mí a sus colegas, sino que tampoco le daba miedo mostrarse a sí mismo en una situación de sumisión. Estaba embelesada.

Somos muy diferentes, pero Paul me ha mostrado continuamente lo mucho que respeta y valora a las mujeres, sobre todo a mí. Es el único hombre con el que he estado que considera que mi tiempo es igual de valioso que el suyo. No se siente amenazado en absoluto por mi trabajo. Incluso echa una mano en cada uno de mis espectáculos para que fluyan con normalidad. En resumidas cuentas: no podría haber deseado una pareja que me apoyara más que él.

Es el único hombre con el que he estado que considera que mi tiempo es igual de valioso que el suyo.

El otro día, en clase de yoga, el profesor dijo: "Mediante la práctica, aprendemos a ver lo que nos une con el resto de los seres en lugar de lo que nos diferencia". Y ahora me parece más importante que nunca.

Mi escudo contra las noticias no me aisló por completo de los acontecimientos del mundo ni de mis amigos. Si yo fuera una persona de color o una beneficiaria del plan DACA, o si tuviera otra orientación sexual, no tendría el privilegio de poder ocuparme de mis sentimientos para encontrar a Paul al otro lado, y no tengo ninguna intención de olvidarme de eso. Sin embargo, he visto demasiadas familias hechas añicos por no querer escuchar y colaborar, cuando la cuestión es que sean cuales sean las diferencias que afloren tras las elecciones, estas ya estaban ahí previamente.

El próximo mes, cuando Paul y yo nos casemos, también habrá variedad entre los invitados: algunos republicanos fanáticos y otros demócratas acérrimos. Nadie se opondrá a celebrar el amor por encima de las diferencias políticas y yo estoy orgullosa de estar entre esta gente.

Jamás habría pensado que me iba a enamorar de una persona que votó a Donald Trump, pero al aprender a poner el amor por encima de todo, el sufrimiento de mi corazón (el físico y el emocional) por fin ha desaparecido.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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