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08/10/2018 07:07 CEST | Actualizado 08/10/2018 07:07 CEST

Cómo los ideales de belleza machistas de mi padre me dieron una autoestima baja

Lola Mendez
La autora y su padre.

Adoro totalmente a mi padre. Tanto que es difícil hablar sobre él sin caer en clichés. Mi papá es mi héroe, y por buenas razones. Ha superado dificultades imposibles y prosperado en el camino. Cuando tenía 24 años, huyó de una violenta dictadura en Uruguay y caminó por Sudamérica para escapar de una muerte segura. Como migrante latino en Estados Unidos, dirigió con éxito un pequeño negocio durante más de 20 años.

Aunque hace 40 años se fue de Uruguay, todavía lleva consigo un poco de machismo. El machismo puede definirse como un "fuerte orgullo masculino" y suele atribuírsele a la doctrina sexista común entre los latinos.

Mi padre uruguayo no es machista en el sentido tradicional: no cree en los roles de género en cuanto a labores domésticas o carreras. Su clase particular de machismo asume que la belleza es meramente externa, sobre todo en la forma femenina. Esta mentalidad no deja lugar para expresar sus emociones, pues asocia cualquier enternecimiento con feminidad. Siempre ha mostrado una masculinidad recia, incluso en la enfermedad y el duelo.

De niña recuerdo a mi padre contando con orgullo historias sobre cómo era en sus días gloriosos un autoproclamado galán.

Es difícil entender las complejidades de los estándares de belleza de cualquier sociedad. Crecer en Estados Unidos con un padre migrante me hizo especialmente difícil conceptualizar que la estética que para él era natural para mí era aspiracional.

Siempre que mi padre habla bien de una mujer, la describe como hermosa o exótica (esto último no podría decirse de mi madre estadounidense). Mi madre es quizás la única mujer que respeta más allá de su belleza física. Quizás puede escapar de su ojo crítico por no ser latina. Nunca presumió de su apariencia ni necesitó su reconocimiento para estar cómoda en su propia piel.

De niña recuerdo a mi padre contando con orgullo historias sobre cómo era en sus días gloriosos un autoproclamado galán. Idolatraba a mi padre y era extremadamente susceptible a los mensajes respecto a la belleza que había en sus historias. Tenía una caja de cartas de amor y fotos subidas de tono de mujeres imposiblemente bellas para probarlo. Las declaraciones de amor procedían de mujeres delgadas pero curvilíneas. Eran modelos, bailarinas y socialités. Ni una mujer fuera de forma a la vista. Estos valores influyeron mucho en el tipo de mujer que, de niña, consideraba atractivo y deseable.

No era su intención, pero creó un estándar de belleza imposible de emular.

Aprendí qué era atractivo de las mujeres y qué no a través de los ojos de mi papá. Su percepción de la belleza afectó al desarrollo saludable de la noción de mi cuerpo. No era su intención, pero creó un estándar de belleza imposible de emular.

No ayudó a mi autoestima que mi padre se burlara en español de mi apariencia en mis años de formación. En Uruguay insultar a alguien es cariñoso. Me gustaba que mi papá me llamara bebé, pero no fea y gorda, que era como me sentía de niña. Mi papá lo decía con amor, pero la verdad en sus palabras me hería. Usar esas palabras era su norma, y sentía que eran bromas benignas. Supe que les decía esas mismas cosas a mi mamá y a sus amigas uruguayas, pero entonces era muy chica para darme cuenta de que no eran insultos personales.

Siempre fui extrovertida y lo enfrentaba para pedirle que no me dijera esas cosas, pero nunca me hizo caso. Mi padre nunca pensó en las consecuencias de lo que decía. Siempre me dijo que no evitara las críticas y que tuviera una piel gruesa, incluso para sus palabras. Sin embargo, internalicé sus ideales de belleza, que impactaron negativamente a mi sentido de valor.

Desde los 12 aspiré a llegar a ser algún día tan seductora y hermosa como las mujeres que mi padre admiraba. Como muchas adolescentes, pasaba horas desnuda de pie frente a mi espejo de cuerpo entero intentando navegar los territorios inexplorados de mi cuerpo. Me desarrollé joven, pero creía que mis pechos crecían de manera equivocada. Pensaba que eran tan feos porque no eran redondos ni turgentes, sino que parecían bolsas de grasa saliendo vergonzosamente de mi cuerpo gordo. No me sentía orgullosa de mi cuerpo en desarrollo, sino avergonzada. Quería acelerar el momento en que llegara a parecerme a las mujeres latinas que idolatraba.

Siempre me dijo que no evitara las críticas y que tuviera una piel gruesa, incluso para sus palabras.

Era imposible alcanzar los estándares de belleza de mis ídolas latinas o de las ex amantes perfectas de mi papá. Nunca sería capaz de alcanzar las expectativas que tuve de niña respecto a qué hace deseable a una mujer. Mi cuerpo naturalmente curvilíneo me impedía obtener la que pensaba que era la mejor forma femenina. No puedo ser delgada y curvilínea como Jennifer Lopez o Sofia Vergara (que se entrenan sin descanso para mantener sus curvas, atractivo y apariencia juvenil después de los 40). Las latinas son idolatradas en el mundo. Una tercera parte de las Miss Universo han sido latinas. Siete venezolanas han sido coronadas Miss Universo, más que las mujeres de cualquier otro país.

Las mujeres son hipersexualizadas por aspectos físicos que no controlamos, como los cuerpos con curvas. Cuando tenía 20 años, mi cuerpo redondo obtuvo las curvas que quería, pero a diferencia de mis ídolas no tenía piernas delgadas, brazos tonificados y abdomen plano que resaltara mi busto y mi trasero. En lugar de eso soy toda curvas.

Me enfrento al escrutinio de tener un cuerpo voluptuoso. Los silbidos, el acoso y la agresión sexual son parte de mi vida. Cuando le cuento a mi padre estos abusos, me sugiere que no me arregle el pelo y use ropa holgada. Cree que mi belleza externa y cuerpo con curvas es lo que atraen la atención no deseada. Esta narrativa exhibe más que solo ve la belleza en la superficie. Al sugerir que cambie mi apariencia para evitar el maltrato, me hace sentir como si fuera mi culpa ser atractiva, como si mi apariencia fuera lo que da a los acosadores la libertad de decirme porquerías o tocarme sin consentimiento.

Intentar que mi padre entienda su retórica hacia la belleza es difícil. Le regaño cuando dice algo sexista. Me enfado cuando silba a una mujer. Si tontea con una camarera joven, lo paro en seco y le pregunto qué pensaría si un hombre de su edad me hablara así. Seguiré rechazando su forma ofensiva de masculinidad, incluso si él sigue sin ver el daño que causan sus palabras.

Le regaño cuando dice algo sexista. Me enfado cuando silba a una mujer. Si tontea con una camarera joven, le pregunto qué pensaría si un hombre de su edad me hablara así.

Ya estoy cerca de los 30 y no dudo en discutir con mi padre para desarmar su perspectiva involuntariamente grosera. Lo hago porque lo amo, y quiero que reconozca lo hiriente que puede ser una perspectiva de belleza externa, no solo para sus hijas, sino para todas las mujeres. Quiero que entienda que nuestro valor como seres humanos es mucho más que la apariencia física. Normalmente se ríe, pero yo sigo insistiendo.

Aunque sea perro viejo, le puedo enseñar nuevos trucos. Tiene 71 años, y ya he conseguido que deje de usar pajitas, así que espero transformar también su idea de belleza. Si tengo la fortuna de darle una nieta, sabrá que no podrá llamarla gorda o fea, y que deberá felicitarla por su mente, no por su apariencia.

Alejarme de la idea de mi padre respecto a la belleza externa es un proceso complejo. Su visión patriarcal hacia las mujeres sigue siendo el único factor difícil de nuestra relación. Le conté que pensaba escribir sobre mi lucha eterna para alcanzar su imagen imposible de belleza. Discutíamos sobre su llegada a Estados Unidos y empezó a hablar de su exmujer.

Recordó enérgicamente que era guapa y exótica, pero agregó que no la quería. No pude evitar reírme y le dije que estaba convenciéndome de que veía a las mujeres como objetos. Le pregunté por su inteligencia, personalidad y aspiraciones. Rechazó esas preguntas diciendo que, por supuesto, también tenía esas cosas. Pero lo que recuerda de ella es su apariencia física.

Como mujer adulta sé que la belleza va más allá del exterior. Pero esta es una lección que tuve que aprender sola. Esto lo he reforzado con mis experiencias viajando por el mundo y desafiando mis propias percepciones de belleza.

Sigo aprendiendo a quererme a mí misma y a mi belleza, tanto interna como externa. Mujeres de todo tipo de formas, tamaños, razas y etnias son bellas. Pero todavía lucho por encontrar mi lugar en esa retórica. Todavía lucho por ver mi cuerpo como algo más que un objeto sexualizado. No me gusta que me digan que soy guapa, prefiero que me elogien por mis habilidades y logros.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' EEUU y ha sido traducido del inglés por Víctor Santana.

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