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03/09/2018 09:54 CEST | Actualizado 03/09/2018 09:54 CEST

El aborto me ayudó a luchar contra la depresión

Ya estaba teniendo un año muy difícil. Mi abuelo había fallecido unos meses antes, y estaba aprendiendo a sobrellevar la pérdida y el dolor. Estaba luchando contra la ansiedad y la depresión, y no había empezado con terapia ni medicación. Cuando sentí que no podía estar peor, descubrí, a mis 21 años, que estaba embarazada de un hijo no deseado.

KAT JAYNE/PEXELS

Me había pasado por la farmacia un poco antes para comprar una prueba de embarazo, solo "por si acaso". Tomaba anticonceptivos y pensé que, aunque estas cosas pasan, no me pasarían a mí. Cuando comprobé con desesperación lo que significaban las dos líneas del test, sentí que se me salía el corazón del pecho. Era el tipo de sensación que tienes cuando estás en lo alto de una montaña rusa y el vagón empieza a caer. A día de hoy sigo teniendo esa sensación, y una parte de mí piensa que nunca desaparecerá.

Dos días después era Navidad. Pero el que siempre había sido mi día favorito del año, ahora lo estaba celebrando con unos cuantos amigos que se quedaron en la ciudad durante las vacaciones. A mitad de la cena, miré a una amiga, que ya sabía mi situación, y dije que me tenía que ir. Sentía un dolor que nunca había tenido, algo agonizante que no puedo explicar con palabras.

Durante las siguientes 24 horas, el dolor permaneció. Empecé a sangrar. Por la noche, mientras estaba despierta con las manos en el estómago, busqué en internet de qué podía ser ese dolor y por qué estaba sangrando. Algunos ya sabréis lo que voy a decir a continuación, pero yo era joven y no estaba muy informada sobre lo que era un aborto. Eso era lo que me estaba pasando.

Ni siquiera había asumido que estaba embarazada y ya tenía que tragar con la posibilidad de perder al bebé.

Cuando fui al hospital me sentía aterrorizada por lo que estaba pasando. Ni siquiera había asumido que estaba embarazada y ya tenía que tragar con la posibilidad de perder al bebé.

La peor parte fue que no tenía ningún control sobre lo que le pasaba a mi cuerpo. Las visitas a urgencias, las ecografías, la falta de diagnósticos, el dolor (que permanecía y encima sin ninguna medicación)... todo eso fue fácil en comparación con haber perdido el control sobre mi cuerpo. Como mujer, sentí que era parte de mi identidad poder dar a luz a un bebé. Era como si mi cuerpo me hubiera traicionado o como si no fuera lo suficiente acogedor para criarlo en mi interior. Sentí que era una mala madre incluso antes de poder serlo.

Quiero señalar que, tanto si quería tener al niño, como si no, es secundario al dolor que sentí al abortar. No era "lo mejor" o "bien, porque, de todas maneras, iba a acabar igual". A pesar de mis intenciones, esa fue la peor experiencia de mi vida.

Ahora, siete meses después, puedo decir que todo pasa por algo, y creo que esto también pasó por alguna razón.

Abortar y sentir tanta culpabilidad me llevó a una depresión más profunda. Me sentí inútil. Sin embargo, fui a ver a la ginecóloga-obstetra y le pedí ayuda. Sabía que no podía superarlo sola y que necesitaba ayuda para hacerlo. Tras meses tomando medicación, estoy orgullosa de poder mirar a una mujer embarazada sin tristeza ni rabia, algo que no podía hacer antes. Sigo sin poder hablar de ello sin llorar, pero, por lo menos, puedo hablar.

En cierto modo, estoy agradecida porque eso me ha permitido crecer como mujer y como persona. Y aunque no se lo deseo a nadie, los abortos son mucho más comunes de lo que pensamos. De hecho, según la revista médica BMJ, son la complicación más común en un embarazo y afectan a entre el 12% y el 24% de los embarazos.

Ahora sé que haber tenido un aborto no me define como mujer. No soy menos importante o estoy mancillada por algo que me pasó sin que yo pudiera controlarlo. Y, aunque perder el control da un miedo terrible, me ha enseñado lo fuerte que soy. Ha consolidado relaciones con las personas que me han ayudado a pasar por esto y me ha demostrado que muchas mujeres soportan esa carga en secreto. Estoy recuperando el control de mi vida, compartiéndola.

Una nota de mi terapeuta, Jaclyn Mestel:

Elizabeth, tu fuerza y honestidad al escribir este blog son mágicas. Empezaste este viaje sintiendo que tenías un secreto que nadie entendería y todos juzgarían. Ahora utilizas tu conocimiento para ayudar a otros.

Eres una inspiración para todas las chicas jóvenes que se identificarán contigo. Estoy muy orgullosa de ti y es precioso verte tan orgullosa de ti misma.

Como dijiste, las cosas pasan por algo y si te abres a encontrar un porqué, puede haber un gran cambio en tu vida.

Gracias por compartir tu historia. Eres valiente y segura, y ha sido un honor verte crecer.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Canadá y ha sido traducido del inglés por Lucía Manchón Mora

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