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02/03/2018 07:41 CET | Actualizado 02/03/2018 07:41 CET

'Corre, Lola, corre' y el cine a contrarreloj

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En 1998 uno de los directores alemanes más internacionales, Tom Tykwer, presentaba su cinta Corre, Lola, corre, una película de título elocuente en la que se revisitaba el concepto de cronología en el cine. Y es que, hasta los años noventa, las películas, por norma general, presentaban una estructura temporal asequible. Todos sabíamos qué había pasado, qué podía pasar y, en un plano casi subjuntivo, qué podría haber pasado.

Pensemos en cualquier producción al uso, desde Lo que el viento se llevó hasta Único testigo, todo en ellas discurre de manera cronológica, directa y fluida. Incluso Intolerancia, que jugaba con varias dimensiones temporales, presentaba una narración ordenada, o El mago de Oz, con sus ensoñaciones y su digresión final, en realidad estaba concebida como un transcurso sensato con arreglo a la lógica humana.

El acierto de 'Corre, Lola, corre' está en demostrar varios niveles subjetivos de qué podría suceder si, ante una situación dada, se reaccionara de manera diferente

Pero qué ocurre cuando el cine decide romper esa estructura. Qué sucede cuando llegan directores como Quentin Tarantino o Christopher Nolan y proponen una ruptura radical de la temporalidad. Hace unos días les explicaba a mis alumnos los pormenores de la narrativa modular (es decir, de estas fracturas en la temporalidad) y cómo la cronología cinematográfica ha dado un giro radical en las últimas décadas. Enseguida comprendieron por qué ningún espectador de los años treinta o cuarenta habría entendido, ni por asomo, Pulp Fiction (1994), y no solo porque su grado de violencia es incomprensible, sino porque nadie habría captado por qué John Travolta muere en el segundo acto para reaparecer, vivo y sin fisura, en el tercero.

Tampoco habrían entendido ¡Olvídate de mí! (2004) de Michel Gondry, otra de mis imprescindibles en cuanto a ruptura temporal se refiere, una historia de amor perfectamente imperfecta entre Kate Winslet y Jim Carrey a prueba de desilusiones, apaciguamientos, reencuentros y repetidos fracasos. Nada como reiniciar la memoria con cada ruptura para sentir que la vida vuelve a empezar.

En lo formal, les explicaba, quizá ningún espectador hubiera entendido esta lógica cinematográfica quebrantada y, a priori, tan irreal; pero a nivel visceral, a ese que nos es común a todos y nos empuja a emocionarnos ante los mismos impulsos, sí habrían captado ese matiz de ensayo-error tan estrictamente humano.

Esto es lo que sucede, por supuesto, en Lola rennt, la película de Tykwer que presenta un modelo de narración de tramas entrecruzadas en estado puro. El acierto de Corre, Lola, corre está en demostrar varios niveles subjetivos de qué podría suceder si, ante una situación dada, se reaccionara de manera diferente. El planteamiento de la cinta de Tom Tykwer es sencillo. Lola (Franka Potente) recibe una llamada telefónica; su novio Manni (Moritz Bleibtreu), ha olvidado una importante suma de dinero en un vagón de tren, lo que le sitúa en una situación delicada: en veinte minutos tiene que entregarla para que su vida no corra peligro.

Es entonces cuando Lola empieza a correr, y lo hace, en primer lugar, para evitar que Manni cometa una locura; en segundo, para reunir la cantidad necesaria y, por último, para llegar a donde se encuentra Manni y poder hacer frente al problema juntos. Como digo, el planteamiento es muy simple, una protagonista, un conflicto y una resolución. Pero precisamente ahí está el dilema, en cómo conseguir el mismo objetivo solo variando las alternativas de que se dispone. Así comienza la fractura.

En un primer tercio de película asistimos a la completa consecución de la trama, cuyo resultado, por cierto, es la muerte de la protagonista. De inmediato, Tykwer revive a Franka Potente para situarla en el mismo punto de partida, para que, conociendo el resultado fallido de la primera decisión, urda un plan alternativo. Así lo hace, pero las consecuencias tampoco serán favorables para la protagonista. Por ello Tykwer, como demiurgo conmiserativo, vuelve a colocar a Lola ante el teléfono para que, esta vez sí, aprenda de los errores cometidos y pueda llegar a la consecución de su meta.

No es de extrañar, con este planteamiento y con su excelente puesta en escena, que Run, Lola, run haya sido toda una revelación a finales del siglo pasado, y se hiciera con un palmarés digno de mención con premios en Sundance, en los Independent Spirit o de la Academia del cine Alemán. Pese a ello, todavía hay mucha gente que no ha visto Corre, Lola, corre, un error en absoluto insalvable que todavía están a tiempo de revertir. Y ya saben, si no pueden ahora, háganlo en cualquier momento, no hay nada en asuntos de cronología que el cine no pueda enmendar.

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