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22/12/2017 07:24 CET | Actualizado 22/12/2017 07:25 CET

De la debilidad y la fortaleza

Fotograma de 'Figura ocultas' (2017)
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Fotograma de 'Figura ocultas' (2017)

Dicen que ya no somos el sexo débil. No sé a qué viene tanto revuelo, nunca lo fuimos y el reconocimiento lingüístico no lo hace más cierto. La debilidad no provenía de los sexos, sino de las etiquetas.

Quizá querían decir, me atrevo a pensar, que somos una especie débil. Algo global y sistémico, me refiero. Porque sí, somos endebles los humanos, terriblemente. No hay que ser muy sádico para idear torturas, casi todo nos daña: una astilla, un mal gesto, una corriente de aire. Somos frágiles por naturaleza, y lo somos usted y yo, tengamos el sexo que tengamos. Pese a todo, hay ocasiones en que nos percatamos de nuestra extraña fortaleza, se habrán dado cuenta. Semanas imposibles que llevamos a buen puerto, acciones heroicas inesperadas o incluso algún atisbo de brillantez que nos demuestra que ahí, dentro de cada humano, hay algo más.

Ninguna mujer lo tiene fácil; una adolescente y de ascendencia africana, todavía menos

Compras navideñas en un centro comercial. A última hora de la tarde, frisando la noche, hago cola para pagar. Apenas hay una mujer delante de mí, mi acompañante y una adolescente que se acerca a comprar unas medias leggins. Es una niña de unos catorce o quince años, con vaqueros, rastas fucsias y gafas de estudiante aplicada. Su tez denota ascendencia africana y su edad delata lo poco o nada que parece importarle el mundo. Tiene el suyo particular. Apenas somos cuatro personas y, sin embargo, los minutos se alargan. Ante la espera, la niña saca del bolsillo un cubo de Rubik completamente enmarañado. Con movimientos suaves comienza a resolverlo. Verde, naranja, azul, blanco, rojo y amarillo. Ya está ordenado.

En menos de un minuto y medio logra la tarea a la que muchos se encomiendan años. La cola sigue. La niña nos observa. Diez segundos después el cubo vuelve a estar en estado febril, desarreglado. Entre sus rastas fosforitas entreveo su mirada, le felicito y, con timidez adolescente, se imbuye en su cubo de Rubik nuevamente. Minuto y medio después ya estaba ordenado. Así lo hizo dos, tres y hasta cuatro veces más, mecánicamente, sin esfuerzo ni apenas atención.

La vida es así, dispuesta a romper estereotipos, esas ideas preconcebidas siempre inservibles. Ninguna mujer lo tiene fácil; una adolescente y de ascendencia africana, todavía menos. Pero ella, inteligente, distraída del mundo y de sus etiquetas, no les prestaba la menor atención. Mostraba aquella firmeza que tenía Katherine Johnson, la protagonista de Figuras ocultas (2016, Theodore Melfi) la matemática afroamericana que durante años trabajó para la NASA calculando trayectorias en sus proyectos espaciales.

Sin duda es una de las mejores películas de la pasada edición de los Oscar, un biopic repleto de sensibilidad y emoción que homenajea a tres mujeres excepcionales. Si no la han visto todavía, no la dejen pasar por alto, es extraordinaria. La historia, con guion de Theodore Melfi y Allison Schroeder, se basa en la novela Hidden Figures de Margot Lee Shetterly, y relata las injusticias a las que hicieron frente la portentosa matemática Katherine Johnson (Taraji P. Henson), la pionera Dorothy Vaughan (Octavia Spencer), primera supervisora de las computadoras de IBM, y Mary Jackson (Janelle Monáe) la primera ingeniera aeroespacial estadounidense.

No, no es llegar a la luna lo que supone un gran paso para la humanidad, sino la determinación de dar un salto al vacío y romper con nuestro destino manifiesto

Mientras el mundo les decía quiénes tenían que ser, qué debían hacer o incluso dónde debían orinar, ellas decidieron apostar por sí mismas y pelear por algo superior a todas ellas. Su lucha individual se convirtió en un logro colectivo. Fueron las primeras en todos los sentidos, las primeras afroamericanas en conseguir un estatuto de respeto en un mundo odiosamente segregacionista, pero también las primeras mujeres en lograr transformaciones palpables en un universo, nunca mejor dicho, capitaneado por hombres.

Las tres quisieron cambios y los lograron. No había mujeres en la escuela de ingeniería, y Jackson consiguió la orden de un juez que le permitiera matricularse, aunque fuera en horario nocturno; ninguna calculadora podía entrar en la sala de ordenadores IBM y Vaughan, casi a hurtadillas, lo hizo. Ninguna mujer podía asistir a las reuniones de la NASA y Johnson estuvo allí con toda su humildad, con toda su entereza. Toda una lección de motivación y denuedo que es imposible pasar por alto.

No, no es llegar a la luna lo que supone un gran paso para la humanidad, sino la determinación de dar un salto al vacío y romper con nuestro destino manifiesto. Porque, aunque parezca inamovible y esté en un diccionario, una etiqueta no es más que una etiqueta.

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