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16/11/2018 06:56 CET | Actualizado 16/11/2018 06:56 CET

Dos palabras para Zhang Yimou

Tony Gentile / Reuters
Zhang Yimou.

Detectar la belleza implica aprender de ella, y pocos directores resultan tan profundamente estimulantes para ello como Zhang Yimou. Su concepción visual, su tratamiento de la fotografía, la composición de sus encuadres y la temática de sus cintas resultan de una pulcritud asombrosa, lo que convierte al cineasta de Xi'an en un auténtico maestro.

El pasado 14 de noviembre Yimou celebró su sexagésimo séptimo cumpleaños, ocasión inmejorable para rendir tributo a uno de los mejores cineastas de su generación. Nacido en 1951, Yimou no es, en absoluto, un realizador al uso. Durante años, más de diez, se dedicó a la industria textil. Fue entonces, al acercarse a la mayoría de edad, cuando decidió recuperar el tiempo perdido y sumergirse en el mundo del cine, algo que lograría al egresarse en la Academia de Cine de Pekín con veintidós años.

Aficionado al dibujo desde niño, se inició en el universo cultural como dibujante primero y fotógrafo después; no en vano, la fotografía será su gran pasión, reflejando su sentido de la composición y el tratamiento del color en cada una de sus producciones. Chen Kaige, otro imprescindible del cine chino y autor de cintas como Adiós a mi concubina (1993), Soñando juntos (2002) o La promesa (2005), fue quien le dio la oportunidad de trabajar en el cine, iniciándose como su ayudante de dirección.

Si algo destaca de este drama, despiadado como pocos, es una combinación perfecta entre sadismo argumental y pulcritud en la composición visual

Aunque la fama internacional le llegó con su primer título, Sorgo rojo (1987), con el que incluso llegaría a ganar en el Festival de Cine de Berlín, su película más representativa se presentaría en 1991, La linterna roja, un auténtico canto a la hermosura visual a pesar de su argumento feroz.

Basada en la novela Esposas y concubinas (1990, Su Tong), la historia se sitúa en los años veinte del pasado siglo, cuando ciertos potentados atesoraban un poder omnímodo en un determinado territorio. En uno de esos feudos vive el señor Chen, cuyo castillo alberga varias viviendas en las que se encuentran acomodadas, por orden de llegada, la Primera (Jin Shuyuan), la Segunda (Cao Cuifen) y la Tercera dama (Cui Zhigang). Estas concubinas, que poseen su propia cohorte de sirvientes, protagonizan distintas luchas intestinas por alcanzar el favor único del amo, quien cada anochecer elige su acompañante nocturna, alumbrando con vistosas linternas la vivienda de la seleccionada. Quien no cumpla sus órdenes o no se atenga a sus normas puede ser castigada con la máxima pena, viviendo en un estado militarizado de servidumbre y sensualidad organizada. Todo parece cambiar cuando Songlian (Gong Li), universitaria de diecinueve años, contrae matrimonio con el señor Chen, consiguiendo la atención del amo de manera inmediata. Las intrigas urdidas contra la Cuarta dama serán constantes, haciendo comprender a Songlian que, para sobrevivir a la familia Chen, será necesario luchar.

Si algo destaca de este drama, despiadado como pocos, es una combinación perfecta entre sadismo argumental y pulcritud en la composición visual. Los encuadres de Zhang Yimou, elocuentes hasta el extremo, atrapan al espectador ante un festín de color, forma y semántica, incluso cuando emanan de los detalles más insignificantes. El ritmo, la profundidad y el empleo de los fuera de campo son tan exquisitos, que noquean la retina. Y qué decir del color y de la luz, una bacanal lisérgica que engatusa los sentidos y obliga a observar más allá de lo que incita el propio argumento.

Yimou hace del tratamiento del color sello de identidad, plasmando todo el sinsentido del mundo en un crisol que abarca la euforia y la desesperación

El tratamiento del color en La linterna roja es, indudablemente, su rasgo más notable, un rasgo que, además, encontramos en su completa filmografía y que define su modo de concebir el cine. Solo es necesario pronunciar el título de Hero (2002) para entender el modo en que Yimou instrumentaliza el color para transmitir emociones, definir posiciones y adelantar sucesos. En este caso, el rojo es el matiz más significativo, un rojo saturado, vivo, repleto de significado. El rojo simboliza la pasión, la fertilidad, el nacimiento y la vida en Yimou, pero también la venganza, la ira y la imprudencia. Al contrario que el resto de las damas, Songlian se definirá por el color rojo, un color que imprimirá a sus ropajes, sus sábanas, su decoración e incluso su propio estado anímico.

Mientras otros directores de la quinta generación del cine chino (Zhang Junzhao, Tian Zhuangzhuang o el propio Chen Kaige) proponen historias más apegadas al realismo en cuanto al tratamiento del color, Yimou hace de él su sello de identidad, plasmando todo el sinsentido del mundo en un crisol que abarca la euforia y la desesperación.

Por ello ahora, ante su sexagésimo séptimo cumpleaños, qué mejor que descubrir el trabajo de un cineasta excelso, un director cuyo trabajo revela que belleza y violencia se encuentran, sin saberlo, a apenas un color de distancia.

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