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16/02/2018 07:40 CET | Actualizado 16/02/2018 07:40 CET

La comunidad de los corazones rotos

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Fotograma de 'La comunidad de los corazones rotos' (Asphalte, 2015)

No se dejen engañar por los oropeles de San Valentín, el amor es torpe, confuso, fatigoso. Cuando nos enamoramos, una gran porción de nuestra energía se disipa meditando qué sentimos, y otra gran parte dilucidando qué siente la persona objeto de nuestra obsesión. Enamorarse es una actividad desgastante. Pero esto, rara vez lo muestra el cine, la ficción cinematográfica se ha especializado en narraciones románticas de resolución fácil, con final inequívocamente feliz y recorrido sencillo: dos personas se enamoran, lo saben de inmediato y se aman para siempre entre aplausos y vistas a la gran ciudad.

Es difícil asumir que la vida real no es así, no en general, y que las historias de amor, del tipo que sean, surgen en los lugares más peregrinos, con unos paisajes y paisanajes ramplones e inelegantes. Fábulas de descampado triste y polígono industrial. Este tipo de historia es la que nos propone Samuel Benchetrit en La comunidad de los corazones rotos (Asphalte, 2015) y lo hace desde una perspectiva delicada, desprovista de la cutrez a la que abocan la mayor parte de los relatos de extrarradio.

Lo que sucede en una comunidad de vecinos francesa se extrapola al mundo en su conjunto

El director de Janis y John (2003) o I always wanted to be a gangster (2007) adapta su novela autobiográfica Crónicas del asfalto en una película que se presenta como una alegoría fría pero no sórdida; distante pero no desangelada. Lo que sucede en una comunidad de vecinos francesa se extrapola al mundo en su conjunto, almas solitarias que habitan en su pequeño cubículo y sueñan con una vida mejor. A partir de esta base, Benchetrit construye una historia de idas y venidas tan áspera y surrealista como la vida misma.

Sterkowitz (Gustave Kervern), es un vecino cicatero que decide no apoyar una derrama para arreglar el ascensor. Sin preaviso, un colapso durante una sesión de elíptica le postra en una silla de ruedas, obligándole a urdir los planes más insólitos para usarlo sin que nadie se percate. Sus trabajosas huidas en busca de víveres le llevarán a un hospital, donde encontrará a una enfermera (Valeria Bruni Tedeschi), a la par ingenua y descreída, a quien le unirá su deseo de creer.

Jeanne Meyer (Isabelle Huppert) hace décadas que no sabe lo que es la fama. Aunque fue una célebre actriz en los ochenta, se ve abocada a vivir en una comunidad marginal, sin más pertenencias que sus grabaciones en VHS, las cuales le recuerdan quién fue alguna vez. Ni el ascensor ni las cerraduras son su fuerte, de hecho, es habitual que recurra a su joven vecino Charly (Jules Benchetrit) para que le ayude a cerrar el elevador o abrir el cerrojo de su propia casa. A pesar de la disparidad de edades, tanto Jeanne como Charly se sienten atraídos, iniciando una extraña relación, más motivacional que erótica, que desemboca en una noche de teatro clásico, cintas de vídeo y altas dosis de alcohol.

Madame Hamida (Tassadit Mandi) es una mujer argelina que enviudó hace años. Su hijo, cuya vida ha seguido derroteros desiguales, ya no vive con ella, aunque nada ha cambiado en su habitación. Un día, a su puerta llama John McKenzie (Michael Pitt), un astronauta americano que, por error, ha aterrizado en su vivienda. A pesar de que ni Madame Hamida habla inglés, ni el astronauta entiende el árabe ni el francés, ambos entablarán una relación materno-filial de una hermosura inconmensurable, atravesando toda trinchera idiomática y cultural, y convirtiendo la insípida cotidianeidad en una experiencia imperecedera.

Si algo seduce en La comunidad de los corazones rotos no es solo la verdad de sus protagonistas, todos ellos rotos por el devenir de sus propias vidas, sino su capacidad de regeneración y adaptabilidad. Su apertura hacia lo nuevo, y la valentía para afrontarlo, definen a unos personajes repletos de miedos y dudas, pero que salen adelante pase lo que pase. Y lo hacen en un entorno polvoriento de tuberías rotas y contenedores mal cerrados; un mundo angosto y constreñido, en formato 1:33 para ser más precisos, en el que la estrechez económica no equivale a la estrechez de miras. Cien minutos repletos de fachadas, de grifos y de corazones rotos dispuestos a encontrar una mano amiga que les dé un nuevo impulso.

Una cita ineludible para amantes del cine y del amor más allá de los límites de una festividad.

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