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11/01/2019 07:15 CET | Actualizado 11/01/2019 07:15 CET

La mirada expropiada

Josefina Molina al recibir su Goya.
Fotonoticias via Getty Images
Josefina Molina al recibir su Goya.

Cuando Francisco Zurian presentó su libro Construyendo una mirada propia: mujeres directoras en el cine español, hubo quien le dijo que no podía haber material suficiente. Aun cuando sostuvieron el volumen en sus propias manos, hubo quien volvió a inquirirle que hubiera directoras para completar un libro de más de trescientas páginas. Aquello se les antojaba imposible, casi una herejía.

Durante años, investigadores del audiovisual han luchado por entregar a la historia lo que la historia ha ido arrebatando, esto es, una pluralidad de mirada, de palabra, que nos resulta incomprensible. Cómo va a haber vida más allá de los confines de la versión oficial; cómo puede existir una verdad distinta a aquella en la que nos cultivaron.

Que la gente no vea más allá de lo que le han enseñado no es culpa suya, sino de un sistema que metódicamente obscurece la realidad para amoldarla a su gusto. Solo un limitado grupo demográfico parece haber nacido para la gloria, el resto llega únicamente si es la excepción. A estos seres peculiares se les felicita y se les arenga a seguir, por lo pintoresco y exótico de su inclusión, siempre y cuando no inspiren a otros a romper un statu quo que ha venido repitiéndose a lo largo de los años. Que uno llegue, puede; dos, ya son multitud.

Una cineasta del todo olvidada por la historiografía patria, siendo tan solo incluida, y a cuentagotas, a partir de su obtención del Goya Honorífico en 2012.

Sobre lo categórico del discurso oficial pudimos discutir esta semana los miembros del tribunal de la tesis La obra cinematográfica de Josefina Molina en la historiografía del cine español. Un análisis audiovisual. El trabajo, escrito por Hernando Gómez Prada, disecciona la obra de una cineasta del todo olvidada por la historiografía patria, siendo tan solo incluida, y a cuentagotas, a partir de su obtención del Goya Honorífico en 2012.

Josefina Molina siempre fue una rara avis dentro de nuestro cine. No es la primera cineasta española, por supuesto que no, ya en el cine mudo existieron directoras como Anaïs Napoleón, Carmen Pisano, Elena Jordi o Helena Cortesina (desconocidas todas ellas, por descontado); y posteriormente, con el sonoro, llegaron otras como Rosario Pi, Margarita Alexandre o Ana Mariscal, siendo popular solo esta última, y por ser también actriz.

Pero Josefina Molina, nacida en plena guerra civil y condicionada por ella, es del todo especial. A Josefina Molina le gustaba y le gusta el cine. A él entregó toda su vida, simultaneando esta pasión con la realización televisiva y la dirección teatral. Molina es un fenómeno en toda su extensión, directora y guionista capaz adaptar sucesos históricos como Esquilache (1989); aproximarse al cinema verité con una brillante Función de noche (1981), acercarse al porno feminista con La tilita, un segmento dentro del filme conjunto Cuentos eróticos (1980), e incluso relacionar a Miguel Bosé con Charo López en una divertida comedia como Lo más natural (1991). Junto con estos títulos, no ha cejado en su empeño de innovar, haciendo cine de terror, musical e incluso dirigir durante años obras teatrales en el mítico programa Estudio 1 de Televisión Española.

El doctor Gómez Prada, con determinación y sistematicidad, narra las dificultades de Josefina Molina, sus rasgos autorales, sus filias y sus fobias, su forzada enemistad con Pilar Miró en una época en la que las mujeres no eran más que la excepción. Que una llegue, puede, ya lo hemos dicho; dos son multitud.

La memoria es limitada, recuerden, y sin registros, el artista muere cuando mueren quienes le conocieron.

Con un tribunal compuesto por doctoras de distintas universidades (Lepzig, Barcelona, Madrid), y encapsuladas en un universo cinematográfico donde Molina era por fin reivindicada dentro de la historiografía española, se pudo sentir el auténtico valor de la investigación. Porque en un contexto como el actual, el que hayamos podido aislarnos en un entorno académico para ponderar a una directora cuya mirada (como la de otras muchas cineastas) ha sido expropiada, resulta alentador.

Y lo es porque subvierte un proceso impuesto a lo largo de la historia, consistente en excluir conscientemente a las mujeres en el ámbito de la ciencia, del arte, de la cultura. Es un proceso sencillo, basta con acallar a autoras las coetáneas, eliminarlas de los registros oficiales, borrar sus huellas para que no puedan seguirse en la posteridad. "La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos", sostenía Cicerón, pero es complicado recordar a alguien de cuya existencia no se tiene constancia. Precisamente por ello, que existan tesis valientes que reivindiquen la figura de autores vivos como Josefina Molina, posee un valor incalculable.

La memoria es limitada, recuerden, y sin registros, el artista muere cuando mueren quienes le conocieron. Somos memoria, sostenía Jorge Luis Borges, por ello, cultivemos el conocimiento y el recuerdo. A fin de cuentas, nadie puede pasar a la posteridad si se expropia su mirada y no hay constancia de su existencia.

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