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02/11/2018 06:58 CET | Actualizado 02/11/2018 16:22 CET

La toalla de Don Juan

Don Juan desenvainando la espada en Don Giovanni de Mozart; cuadro de Max Slevogt.

La presencia de Don Juan en nuestra cultura es inabarcable. Es tal su relevancia que, aun citando títulos ad infinitum, alguno caería al margen de nuestra enumeración. Tanto honrando El burlador de Sevilla y convidado de piedra (1630) de Tirso de Molina, como al Don Juan de Molière (1665) o al Tenorio de Zorrilla (1844), el mito del hombre casquivano que colecciona mujeres a placer está profundamente arraigado en nuestro acerbo cultural.

Durante años, el cine ha acercado la figura de este galán de manera constante. Ha tenido rostro de John Barrymore en Don Juan (1926, Alan Crosland), de Errol Flynn en El burlador de Sevilla (1948, Vincent Sherman), de Fernandel en el Don Juan de Henri Sauguet (1956) e incluso de Brigitte Bardot en Si Don Juan fuese mujer (1973, Roger Vadim). Todos recuerdan a Johnny Depp diseminar su amor a espuertas en Don Juan DeMarco (1994, Jeremy Leven), a Juan Luis Galiardo enamorar con su Don Juan, mi querido fantasma (1990, Antonio Mercero), y a Joseph Gordon-Levitt dirigir y jugar con Scarlett Johansson y Julianne Moore en su Don Jon (2013).

El interés por el donjuanismo es obvio y todos, en mayor o menor medida, conocemos a algún don Juan. Yo misma, hace años, tuve la inmensa suerte de conocer a uno de los grandes.

Lo que empezó como Don Juan parecía finalizar como una película de George A. Romero

Fue vertiginoso, vívido, pero puramente intelectual. Comenzaba mis estudios universitarios cuando decidí matricularme en una asignatura sobre nuestro Siglo de Oro, aquella época de esplendor que comenzó con el renacimiento en el siglo XVI y finalizó con el barroco del XVII. Por aquellas clases desfilaron con pasión autores como Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y sobre todo Calderón, querencia especial del catedrático que las impartía.

Coincidió que, por aquel entonces, Madrid bullía en pasión donjuanesca, habiendo programadas distintas representaciones en varios teatros de la capital. Durante los meses que duró la asignatura, los pocos afortunados que asistimos a aquellas clases recorrimos los coliseos en busca de don Juan y sus acompañantes, a quienes encontrábamos en los rostros de Héctor Colomé, Luis Merlo o Amparo Soler Leal.

En una de aquellas ocasiones asistimos a la representación de Dom Juan. O el festín de piedra, versión de Molière dirigida por Jean Pierre Miquel. Tan pronto como subió el telón, el embrujo se embebió de aquel Don Juan. Cristóbal Suárez se sumergía en el escenario y, hasta la última escena, no se bajaba de él. Su fuerza, su ímpetu y su juventud eran cautivadores. Tenía cinco o seis años más que yo y, con su envergadura de águila y su recital prodigioso, seducía no solo a Marta Belenguer sino a todo el público; y lo hacía tan vehementemente y con tanta gracia, que era fácil olvidar que se trataba de un don Juan.

Cuando finalizó la obra, decidimos felicitarle. Era una noche de invierno y la temperatura alcanzaba cotas gélidas. Como no había nadie en la puerta, traspasé el quicio aproximándome a un espacio de total oscuridad. En el fondo, se atisbaba una escalera. La cruzamos escalón a escalón, alumbradas por una añeja bombilla que titilaba para luego extinguirse. Lo que empezó como Don Juan parecía finalizar como una película de George A. Romero.

Todo aquello fue una espléndida anécdota que divirtió a mis compañeros y que, intuyo, algún día ruborizará a mis nietos

Exclamé un "¡Cristóbal!" que retumbó en los viejos cimientos del Teatro de la Comedia. Teníamos miedo. "¡Ahora salgo!" articuló el actor desde algún rincón del piso superior. Impávida, subí las escaleras a toda prisa. Un don Juan engalanado con una simple toalla salió al pasillo. No me esperaba a mí, sino a otra persona; y yo no le esperaba así, sino de otra forma.

Descalzo, con restos de espuma en cabello y cuerpo, la toalla a la cintura y una actitud extremadamente amable nos atendió de semejante guisa. Le comenté entonces a una compañera que Suárez debía salir a escena con esa indumentaria. Atento a mi comentario, Suárez me preguntó "¿por qué?". Aunque la razón era obvia, y a buen seguro habría aumentado la asistencia al teatro, me callé embriagada de pudor. El actor sonrió burlón. "Esperad que me cambio y seguimos hablando", dijo entonces. Pero finalmente nos fuimos. Era tarde y no podíamos demorarnos.

Por supuesto, jamás he vuelto a coincidir con Cristóbal Suárez, pero me he alegrado profundamente de cada uno de sus éxitos, sus obras, su participación en series y en películas de primera línea.

Todo aquello fue una espléndida anécdota que divirtió a mis compañeros y que, intuyo, algún día ruborizará a mis nietos. Con todo, a Cristóbal Suárez le debo una versión completamente diferente del mito donjuanesco, y la certeza de que no es necesario ser comendador para que don Juan te deje de piedra.

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