La vida según Coldplay

La vida según Coldplay

La aventura de la vida, esa que glosa Colplay, no debería provenir de las trabas que nosotros mismos colocamos, sino de la propia enjundia de vivir, que no es poca. Eso ilustra Gregory La Cava en Al servicio de las damas, donde la mirada de una mujer es capaz de devolver a la vida a una persona.

Da muchas vueltas la vida. Tantas que, sin saber cómo, un día te encuentras en una calle atestada de gente, caminando con mirada fija y ritmo rápido hacia un destino que la prisa aleja a cada paso. Y así de repente, emergiendo de la nada, unos acordes te sacan del enajenamiento de la celeridad, obligándote a regresar a tu cuerpo y con él a la realidad. The Adventure of a Lifetime era el título que, con resonancia metálica y radiofónica, se oía por toda la vía.

Busqué de dónde provenía aquel sonido y fue entonces, en aquel instante, cuando pude ver una de las imágenes más ambiguas, desoladoras e insólitas que jamás he visto. En el soportal de una sucursal bancaria, rodeado de colchones blancos como si de un manicomio de entreguerras se tratara, un hombre yacía sentado sobre las escaleras de mármol, mirando inconmovible al infinito, sin mayor aliciente o ligazón al mundo que aquel viejo transistor. Lo agarraba con unas manos oscurecidas, casi de cuero curtido, como también lo eran sus brazos, su cuello y su rostro. No tenía mirada, la tenía perdida quiero decir, y por mucho que yo le ojease e intentara que encontrase en mí algo cercano, fui incapaz de conseguirlo. Ya no reconocía el mundo que le rodeaba ni a los individuos que, de tanto ignorarlo, habían perdido para él su humanidad. Esa vista perdida, alienada, se escondía tras unos ojos oscuros bellos y brillantes, enmarcados por unas pestañas tupidas que, junto con su cabello cuidado, su ropa blanca hasta el extremo y todos sus enseres personales a su alrededor, hacían pensar que aquel hombre no llevaba mucho tiempo en esas condiciones. Es más, parecía que acababa de llegar y por ello no entendía qué hacía allí.

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No se dedicaba a la mendicidad ni pedía al transeúnte, solo atesoraba aquel transistor que en la voz de Chris Martin gritaba "siento mi corazón latiendo bajo mi piel". Nunca antes había visto una situación así, en la que una canción diera voz a quien la había perdido o creyera que la suya ya no importa. Ni en la vida real ni en la ficticia he visto una escena semejante. Porque aquella imagen, de haberse dado en el cine, habría acabado de manera muy distinta. A veinticuatro fotogramas por segundo el destino de aquel hombre habría sido halagüeño, jamás se habría quedado confinado en aquel limbo al margen de la sociedad. Recordé entonces el cineasta Gregory La Cava y su My Man Godfrey, traducida en España como Al servicio de las damas (1937), un fabuloso retrato de la inhumanidad y la hipocresía.

Basada en el relato 1101 Park Avenue, de Eric Hatch, su propio autor abandonó su acomodado puesto en Wall Street para dedicarse a la estimulante, y tantas veces ingrata, labor de escritura. En ella Godfrey (William Powell), un hombre mendicante, se encuentra en un vertedero, lugar a donde va a parar todo aquello que esta sociedad desecha. Hasta sus entrañas desciende Irene (Carole Lombard), joven de la quinta avenida inmersa en una cruel gincana. Según las normas, los integrantes de lo más selecto de la alta sociedad neoyorkina ganarán el juego si llevan a la sala a una persona sin recursos, para lo cual deben buscar y rebuscar en aquellos lugares que, por descontado, ninguno de ellos frecuenta.

Arengada por la competitividad que sostiene con su hermana Cornellia, y asumiendo lo desalmado del juego, Irene solicita a Godfrey que la acompañe, iniciando una trama que finalizará con la redención de Irene, el castigo a Cornellia y una nueva oportunidad para Godfrey. Pareciera que la cinta retrata el ascenso del hombre, convertido en mayordomo de la joven heredera; no obstante, Al servicio de las damas muestra una metamorfosis más acertada, la de la sociedad que rodea a Irene y que pronto comienza a verse erosionada. El problema, remarca la película, no radica en Godfrey, sino en quienes le observan sin otorgarle el estatuto de humano, derecho inalienable que todos poseemos por el mero hecho de serlo.

La aventura de la vida, esa que glosa Coldplay, no debería provenir de las trabas que nosotros mismos colocamos, sino de la propia enjundia de vivir, que no es poca. Eso ilustra La Cava en Al servicio de las damas, donde la mirada de una mujer es capaz de devolver a la vida a una persona, como tan certeramente remarca la banda de Chris Martin. Godfrey tuvo su oportunidad gracias a Irene; espero que aquel hombre de blanco impoluto y mirada límpida la tenga también. Ojalá siempre haya alguien que nos mire y nos haga sentir que estamos vivos otra vez.

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Lucía Tello Díaz. Doctora y profesora universitaria de cine. Directora y guionista.