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28/09/2018 06:56 CEST | Actualizado 28/09/2018 12:03 CEST

Niñas malas

FOTOGRAMA
Fotograma de 'Zazie en el metro'.

El cine no es realidad, pero puede cambiarla. Y es que el cine, en mayor o menor medida, es susceptible de variar el rumbo social, para bien o para mal. Hay una idea extendida, y no cierta a pesar de su extensión, de considerar a las niñas como demasiado incómodas, espabiladas o, en román paladino, malas. Sustancialmente sangrante es la idea de que las niñas tienen en su mano la perdición de los adultos, convirtiéndose en una suerte de mantis religiosas que no conocen (o tal vez sí) sus armas para hacer perderse a los hombres. Ingenuas, menores y seductoras, qué terrible combinación. Así sucedía en Lolita (1955), de Vladimir Nabokov, perfecto manual de cómo extrapolar el problema de un adulto y proyectarlo en una niña. La idea inicial era clara, la interpretación social no tanto.

Cuatro años después de su publicación, el escritor francés Raymond Queneau presentó en sociedad Zazie en el metro (1959), una novela burlesca, profundamente satírica y desmesurada, que dio lugar a la adaptación cinematográfica de Louis Malle (1960). Al contrario que la Lolita de Nabokov, la Zazie de Queneau (y a la postre de Malle) es una niña risueña y extrovertida, cuya madre no es asesinada ni se ve obligada a vivir una agónica huida. Sin embargo, Zazie también guarda en su interior la experiencia de una tragedia. De varias tragedias, a decir verdad.

Todo comienza en la estación de tren de París. Allí va a parar Zazie (Catherine Demongeot) con su madre (Odette Piquet), quien deja a la pequeña con su tío Gabriel (Philippe Noiret), mientras se va de viaje con su nuevo amante. Lo que parecía una estancia agradable, pronto se convierte en un auténtico galimatías vital, conceptual y lingüístico, con una niña insolente capaz de sacar de quicio a Gabriel con su exasperante hilera de preguntas. En su afán por conocer el mundo que le rodea, descubrirá que su tío es en verdad artista de variedades, y que el matrimonio con su bellísima esposa Albertine (Carla Marlier), no es más que una puesta en escena bien orquestada para guardar las apariencias.

Nos hemos movido y criado en un mundo en el que se crean personajes infantiles nocivos que terminan por configurar pensamientos y reafirmar injusticias

A lo largo de noventa minutos, Zazie encuentra personajes de toda condición y pelaje, muchos de los cuales obvian su condición infantil (o se sienten atraídos precisamente por esta) y entablan conversaciones inoportunas con ella. Algunos comentarios son grotescos (recordemos el tono artificial totalmente intencionado de Malle), y otros muchos tan reveladores como salvajes. El otorgar a Zazie una psicología adulta, y desafiante para más señas, resulta desconcertante. Durante una incursión a la Torre Eiffel, en compañía de un taxista, Zazie menciona que hay niñas de doce años que contraen matrimonio, añadiendo que ella ya está "formada" y que el taxista "es un reprimido que le tiene miedo a las mujeres". Inconcebible para una niña, debería haber comprendido Queneau. Tampoco ayuda que el taxista, muy entrado en la treintena, le pregunte a la pequeña si él es "su tipo". Más dolorosa es una conversación del todo capciosa en la que Zazie relata que su padre "se emborrachaba porque mi madre le hacía la vida imposible", y que en una ocasión, beodo hasta la extenuación, encerró a la niña en un cuarto para poder abusar de ella sin testigos. Mientras come unos mejillones vorazmente, la niña relata sin tono ominoso que su madre entró en la habitación y mató al padre sin consecuencias legales, lo cual ofende profundamente a Zazie: "Incluso la felicitaron, es el colmo".

Toda esta sinrazón, por supuesto en tono burlesco, da cuenta del contexto peligroso en el que nos hemos movido y criado, un mundo en el que se crean personajes infantiles nocivos que terminan por configurar pensamientos y reafirmar injusticias.

Quizá sería bueno entender, por si no ha quedado claro todavía, que las niñas espabiladas del cine son solo creaciones de adultos

Por supuesto la cinta no va en dirección equivocada, el montaje caótico, la fotografía saturada, la puesta en escena artificiosa y las interpretaciones exageradas basadas en la fisicidad extrema hacen que, muy de acuerdo con las tesis de Bertolt Brecht, el espectador entienda que se trata de una astracanada. Cómo si no se iban a tolerar comentarios como "en realidad ni la ocupación ni la guerra fueron tan malas, a mí me gustaba ver los bombardeos como fuegos artificiales", o "se le va a caer el pelo por violación de domicilio", que encuentra respuestas como "y quizá violación de otra cosa... ¡Estoy loquito por usted!".

Quizá sería bueno entender, por si no ha quedado claro todavía, que las niñas espabiladas del cine son solo creaciones de adultos. Y es esa conexión autoral la que nunca ha de soslayarse, teniendo en cuenta la intencionalidad y la personalidad del creador para juzgarla.

Si no lo hacemos, seguiremos condenados a tomar a los niños por nobles y a las niñas por malas, y a entender como verdad lo que solo es ficción.

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