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12/01/2018 07:27 CET | Actualizado 12/01/2018 07:27 CET

La balsa de los necios: el plante de Lorenzo Silva

Getty Images

Lorenzo Silva ha dejado Twitter. No, no es un drama. Ni tampoco es que fuera una tuitstar: "solo" tenía alrededor de 100,000 seguidores, una cifra irrisoria comparada con cualquier youtuber o político graciosete del tres al cuarto. Pero Lorenzo Silva era, sin duda, una de nuestras estrellas tuiteras dentro del ámbito de la cultura, coronada por Pérez-Reverte y sus dos millones de seguidores. Y su marcha, puesto que él era alguien que vivía "enganchado" al pájaro azul, un tuitero prolífico como pocos, debe hacernos reflexionar a todos, sobre todo a aquellos que formamos parte de una u otra manera (cada uno a nuestro nivel, en mi caso muy modesto) de la vida cultural, literaria o artística de nuestro país.

Hay infinidad de estudios o ensayos donde se aborda la problemática de las redes sociales y su relación con la sociedad actual, siendo quizá el más conocido para el gran público español el reciente Arden las redes de Juan Soto Ivars, por lo que la persona que tenga interés en el tema no encontrará dificultad en documentarse adecuadamente. Incluso pueden darse una vuelta por la bibliografía de Umberto Eco, echar un ojo al panóptico de Michel Foucault, o leer a Orwell, Huxley o Borges. Así se dará cuenta de que en el fondo hay pocas realidades que no hayan sido imaginadas alguna vez.

Yo no voy a entrar al fondo de la cuestión, es decir, a su vertiente filosófica o sociológica, sino que me voy a quedar en un estrato más superficial (una actitud ésta, la de la superficialidad, mucho más acorde, por desgracia, a nuestros tiempos): ¿qué es Twitter? ¿Cómo encarar los desafíos que nos plantea esta red social? Qué es Twitter es algo que se puede responder sin demasiada dificultad: es una herramienta que permite la comunicación directa e inmediata de una persona con un determinado público: sus seguidores.

Con un cierto límite de caracteres por mensaje, pero sin límite de mensajes ni límite para adjuntar o enlazar contenidos, esta persona puede compartir con su público todo aquello que desee; al mismo tiempo, puede acceder a los mensajes y contenidos de otros usuarios, y a su vez comentarlos y compartirlos, creándose así una red de intercambio comunicativo prácticamente inabarcable e inacabable, digna de la más lúbrica fantasía borgiana.

En principio, así explicado, son evidentes las ventajas de esta herramienta, entre otras: propagar información y noticias con rapidez (incluso en casos donde la inmediatez es vital, como cuando ocurre un atentado terrorista); conocer facetas desconocidas de personajes públicos a los que admiramos; acercarnos a personas anónimas que nos resultan interesantes; o promocionar nuestro propio trabajo y acceder al trabajo de otros.

Sin embargo, no escapan a nadie las múltiples desventajas asociadas a todo lo anterior: a la vez que se propagan informaciones o noticias veraces (o contenidos simplemente inofensivos), lo hacen informaciones sin contrastar o directamente falsas (los bulos y fake news, casi una metáfora de nuestra era); también sucede a menudo que los personajes a los que admiramos en su faceta personal no son tan admirables; o descubrimos que las personas anónimas que conocemos en Twitter en su mayoría tienen poco o nada que aportar a nuestras vidas.

Pero sobre todo, si hay algo que caracteriza a Twitter últimamente, es que nos enseña la cara menos amable de nuestra sociedad: la falsedad, la envidia, o el odio que la corroen en lo más hondo; sobre todo esto, el odio, que se expresa de la manera más descarnada en los cada vez más habituales linchamientos tuiteros, extensamente tratados por Soto Ivars en su libro.

La cuestión es compleja. Twitter es una herramienta que proporciona un altavoz de igual potencia a todos los usuarios

La cuestión es compleja. Twitter es una herramienta que proporciona un altavoz de igual potencia a todos los usuarios. Esto, que en un principio se antoja positivo (se trata de igualdad, en definitiva), y que puede resultar un instrumento de defensa contra ciertos abusos de poder (recordemos que buena parte de las movilizaciones de la Primavera Árabe, por ejemplo, o más recientemente la campaña contra el machismo #MeToo, nacieron o se expandieron gracias a esta red social), es un arma de doble filo, delicada y peligrosa.

Sirvan de muestra los diálogos entre absurdos y deprimentes (muy, muy deprimentes) que ha mantenido el astronauta español Pedro Duque en Twitter con algunos terraplanistas (defensores de que la Tierra es plana). ¿Es lógico que un científico de talla internacional como él se rebaje siquiera a dar réplica a gente así? La respuesta natural sería no. Lo normal sería que Pedro Duque hiciera oídos sordos sin más, que no "bajara al barro".

Recordemos la cita atribuida a Twain, a Kant o a Einstein: "nunca discutas con un ignorante, te hará descender a su nivel y ahí te vencerá por experiencia" (he intentado averiguar la autoría de la cita, pero está tan difundida que resultaría un ejercicio más díficil incluso que la propia escritura de este texto, y para el caso que nos ocupa no tiene mayor importancia).

El gran Umberto Eco ya afirmó que las RRSS daban voz a "legiones de necios", en referencia a la falta de filtros de estas herramientas

Pero no siempre es tan sencillo ignorar o callarse. No lo es porque todos somos humanos y tenemos sentimientos (o al revés, que diría Rajoy). Si nos pinchan, sangramos; si nos agreden física o verbalmente, respondemos. Va en nuestra naturaleza. En un artículo de hace unos meses publicado en una revista y titulado "Escritor, y sin embargo, persona", el escritor Sergio del Molino habla de la despersonalización de las personas públicas. Del hecho de que haya sujetos que se crean con el derecho de agraviar a gente conocida porque en realidad no los consideran humanos, sino algo así como "símbolos, voces de su amo, o patitos en una caseta de feria".

O sea, no entienden que detrás de un avatar, por miles o millones de seguidores que tenga, suele haber un ser humano de carne y hueso que posiblemente lea y se vea afectado por lo que le escriben. O, peor aún, lo entienden y les da igual. Y ese es precisamente el problema: la normalización en las RRSS de conductas que se considerarían de todo menos normales en la vida "real" (aunque como sabemos hoy las RRSS pueden ser tanto o más reales que lo que hay fuera de ellas); las condiciones, en última instancia, en que se establece el diálogo en los nuevos foros públicos, que permiten, sin ir más lejos, que los perfiles de políticas, actrices o presentadoras estén repletos de comentarios, no solo de dudoso gusto o soeces, sino directamente vomitivos (hagan la prueba y busquen).

El gran Umberto Eco ya apuntó esta idea al afirmar que las RRSS daban voz a "legiones de necios", en referencia a la falta de filtros de estas herramientas. Un Umberto Eco que a su vez también era consciente de los aspectos positivos antes apuntados. Al parecer, llegó a decir que, con Twitter, Auschwitz no hubiera sido posible. Yo ahí tengo mis dudas: la reciente persecución de los rohingyas en Myanmar está ocurriendo hoy, con Twitter, con Facebook, con Instagram; eso por no hablar de los miles de refugiados ahogados en el Mediterráneo cada año.

Cierto es que hoy en día resulta difícil, o imposible, tapar cierto tipo de tragedias (como se tapó durante años la existencia de campos de exterminio nazi); otra cosa es que se trate de tragedias que no interesan al gran público. El debate da para largo, por supuesto, ya que estamos pisando arenas movedizas (libertad de expresión, libertad de prensa, derecho al honor, al anonimato, etc.), pero es un debate postergado demasiado tiempo, y que, por desgracia, no tiene visos de ser resuelto próximamente (para empezar, porque la persona más poderosa del mundo es un tuitero que no tiene nada que envidiar al "hater" más repugnante y malhablado que podamos encontrarnos).

El plante de Lorenzo Silva no es más que el enésimo aviso de que el rumbo no es el adecuado.

Mientras tanto, nada perdemos por detenernos un momento a reflexionar. Aunque no sepamos dar con la solución, percatarnos de que algo no funciona puede ser el primer paso para arreglarlo. Lorenzo Silva y otros como él han decidido que lo mejor es dar ese paso hacia un lado, retirarse, plantarse, iniciar la "revolución fría" de Houellebecq que cita Silva en su texto de despedida de la red social.

Seguramente esta no sea "la" solución, pero sí puede ser "una" solución. Supongamos que todos aquellos que realmente tienen algo que decir, algo que aportar a la sociedad, abandonaran ese barco, dejándolo convertido en una balsa de "haters", o de "necios" o "idiotas" (en la terminología de Eco). No parece probable que vaya a ocurrir algo parecido, ni a corto ni a largo plazo, e incluso el mismo planteamiento peca de clasismo (lo sé, y por ello me disculpo).

Pero sea como sea, el odio y el sinsentido en Twitter y otras RRSS son males crónicos, que van a peor con el tiempo (hace unos días, El Mundo Today fue advertido por una jueza por un chiste de ovejas; sí, El Mundo Today; sí, por un chiste de ovejas, pastores y sexualidad). Es imposible saber hacia dónde derivará todo esto, adónde nos dirigimos como sociedad si continuamos incrementando el peso que estas redes, con todos sus vicios y virtudes, tienen en nuestras vidas. Pero los indicios no son halagüeños. El plante de Lorenzo Silva no es más que el enésimo aviso de que el rumbo no es el adecuado.

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