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18/05/2018 13:42 CEST | Actualizado 22/05/2018 07:27 CEST

Siete falsos mitos sobre el conflicto Israel-Palestina

El lunes pasado, un día antes del 70º aniversario de la fundación de Israel, la Administración Trump cumplió su promesa de trasladar la embajada de Estados Unidos a Jerusalén. A este movimiento le siguieron las protestas de los palestinos en Cisjordania y Gaza, donde los soldados israelíes mataron a más de 50 personas —entre ellos niños— e hirieron a más de 1000. Desde entonces, el debate sobre el conflicto entre Israel y Palestina se ha extendido como la pólvora entre expertos, políticos y gente de la calle. Por desgracia, estas conversaciones suelen sacar a relucir los mismos temas problemáticos y viciados. Estos son los siete mitos más dañinos sobre el conflicto:

1. Estos pueblos siempre han estado enfrentados.

Este es uno de los comentarios más repetidos e incorrectos que se hacen sobre el conflicto. Lo cierto es que los árabes y los judíos no han estado siempre enfrentados. El inicio del conflicto puede adscribirse a principios del siglo XX o, más precisamente, al comienzo del Mandato Británico de Palestina tras la I Guerra Mundial. Además de ser históricamente errónea, esa afirmación plantea el problema como si fuera irresoluble e inmanejable, además de reforzar los prejuicios (en Occidente) sobre que los árabes son bárbaros y violentos por naturaleza.

2. Se trata de un conflicto religioso.

Esto también es incorrecto. Los palestinos no son religiosamente uniformes. Aunque hay una mayoría musulmana, la comunidad palestina siempre ha estado compuesta por musulmanes, cristianos y judíos. Además, antes del establecimiento del régimen sionista al terminar el Imperio otomano, la diversidad religiosa era una de las características de la Palestina histórica. Incluso después de que comenzara la inmigración judía, los sionistas eran principalmente laicos, así como los palestinos autóctonos.

Pero no es solo un problema de precisión histórica. Al clasificar el conflicto como un problema religioso, se nos alienta a verlo como una guerra interna entre dos partes igualmente legitimadas que cuentan con textos religiosos o interpretaciones enfrentadas. Pero, por decirlo de forma simple, no es cuestión de religiones. Es cuestión de un robo de tierras, de expulsiones y de una limpieza étnica que están llevando a cabo unos colonos en tierras indígenas.

3. Es un tema muy complicado.

En cierto modo, sí que es un tema complicado. Tras más de un siglo de conflicto, está claro que hay muchos matices en torno a las diversas reclamaciones, políticas y soluciones adoptadas. Demasiado a menudo, la afirmación de que "es complicado" sirve de excusa para no abordar una realidad muy simple: los 70 años de sufrimiento de un pueblo que ha sido expulsado, asesinado, saqueado, encarcelado y ocupado. Aunque, lógicamente, hay que comprender los detalles más sutiles del conflicto, no podemos perder de vista este punto, que es muy básico y simple.

Ibraheem Abu Mustafa / Reuters
Manifestantes palestinos se ponen a cubierto de los disparos y del gas lacrimógeno de los soldados israelíes durante una protesta contra la decisión de trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén.

4. Palestina no deja de rechazar ofertas justas.

Este argumento da por hecho de forma errónea que cualquier oferta que incluya la posibilidad de compartir con las víctimas las tierras que les han sido robadas puede ser justo. Sin embargo, incluso hablando en términos pragmáticos y relativos, no es cierto. Recordad la injustísima y desproporcionada partición de tierras palestinas que realizó la ONU en 1947, que le concedió el 55% de las tierras a la población judía pese a que solo suponían el 33% de la población y solo poseían el 7% del territorio. O recordad las negociaciones de 2008 entre el presidente de Palestina y el antiguo primer ministro israelí Ehud Olmert, en las que no lograron alcanzar un acuerdo para un territorio palestino contiguo ni para dar con una solución real al problema de Jerusalén. A los palestinos no se les ha ofrecido nunca un acuerdo que les garantice un Estado verdaderamente independiente, próspero, suficiente y seguro.

5. Los palestinos no quieren la paz.

Este argumento saca partido de la concepción occidental de que los árabes son violentos e irracionales por naturaleza, que son premodernos y que no quieren la democracia ni la diplomacia de Occidente. Es un argumento que también castiga a los palestinos por resistirse a la brutal ocupación y represión que han sufrido. Los pueblos ocupados tienen el derecho legal y moral de defenderse a sí mismos. Pedirles que no se resistan es pedirles que mueran en silencio. Los palestinos quieren la paz, pero la justicia es siempre un prerrequisito para la paz.

6. Israel tiene derecho a existir.

Esta afirmación surge de la hasbara (propaganda) estadounidense e israelí. Para empezar, es un argumento que solo se emplea en relación con Israel, en contraste con Palestina o prácticamente cualquier otra nación-estado. Al fin y al cabo, nadie reclama de forma habitual que Israel y sus defensores proclamen el "derecho a existir" de Palestina, ya sea una idea abstracta, un espacio físico o una nación independiente. Y lo que es aún más importante, esa afirmación eclipsa una verdad más fundamental: ningún país tiene derecho a existir, solo la gente lo tiene. Al asumir de manera natural que las naciones-estado tienen "derecho a existir", menoscabamos nuestra capacidad de emitir una crítica moral a la historia del origen de Israel (o de cualquier otro colonizador).

Si un país tiene derecho natural a existir, queda poco espacio para poner en entredicho los medios que emplea para ganar territorios, comportarse con las poblaciones indígenas o actuar según la legislación internacional y nacional. Porque, a fin de cuentas, tenía derecho a existir, ¿cierto? El argumento del "derecho a existir" también cosifica las naciones-estado, eliminando su relativamente nuevo surgimiento como constructo político imaginario. En otras palabras, la idea de las naciones y del nacionalismo es relativamente nueva. Por eso el argumento de que "jamás hubo un país llamado Palestina" es ahistórico y deshonesto. Ese argumento también limita nuestra capacidad de concebir el mundo en otros términos y con formaciones políticas diferentes, incluyendo la reconstitución de una Palestina histórica (o de un Israel contemporáneo) como una única democracia para todos sus ciudadanos, sin importar su raza, clase social, sexo o religión.

7. ¡Eres antisemita!

El antisemitismo es un fenómeno muy real por todo el mundo y debemos permanecer alerta para abordarlo y eliminarlo allá donde surja. No obstante, esta etiqueta se utiliza demasiadas veces contra todo aquel que critica o censura las prácticas que lleva a cabo la nación-estado de Israel.

En estas condiciones, las acusaciones de antisemitismo se reducen a una réplica instintiva para intentar acabar con el debate. Más importante aún, constituye una parte fundamental de la estrategia sionista: equiparar el judaísmo con el sionismo y con el propio estado de Israel. Siguiendo la lógica de este pensamiento, criticar Israel es criticar el judaísmo. Estos argumentos también ignoran el hecho de que la propia tradición judía ansía la justicia y la equidad, unos principios que colisionan frontalmente con las acciones del gobierno israelí.

Con suerte, iremos más allá de estos argumentos e iniciaremos un debate más profundo y matizado para lograr la paz, la justicia y la libertad en la región.

Marc Lamont Hill es profesor de Medios de difusión, ciudades y soluciones en la Universidad del Temple (Filadelfia, Estados Unidos) y comentarista político de la CNN.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.