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04/04/2018 07:36 CEST | Actualizado 04/04/2018 07:36 CEST

Que (no) tenga un buen día

Thomas R. Machnitzki

Cuando hace unos días le pregunté a uno de los compañeros de piso de una amiga "¿qué tal?", su respuesta fue un lacónico: "¿pa' qué me voy a quejar?". A pesar del dramatismo que la pregunta retórica adquiere por escrito, no fue un recurso con el que mi conocido pretendiera que le invitase a acomodarse en un chaise longue para bucear en sus traumas pasados; tampoco una llamada a la empatía. Simplemente se trata de una fórmula con la que en su pueblo de Badajoz se estila responder al consabido "¿qué tal?".

La frecuencia de aparición de estas coletillas es inversamente proporcional al tamaño de la localidad en que nos encontremos. En cambio, su uso asiduo es directamente proporcional a la edad del que las profiere. Dicho de otro modo, al mismo "¿qué tal?", un joven de Madrid o Barcelona responderá con certeza que se encuentra bien, independientemente de cómo se encuentre en realidad; sin embargo, un jubilado de una pequeña localidad de las Cuencas mineras asturianas optará casi invariablemente por un: "tirando". Tras estas aserciones subyace la obviedad de que los núcleos rurales y la tercera edad son repositorios culturales de una España en mutación.

En efecto, los saludos y fórmulas de cortesía son auténticos termómetros de la idiosincrasia de los pueblos. En Japón cualquier hablante —por superficial o informal que sea la interacción— embriagará a su oyente con una nube de deferencia. En Marruecos, la particularidad más llamativa es la frecuente incorporación a los saludos de un nutrido intercambio de besos y reiteraciones del "¿qué tal?" con diferentes formulaciones. En lo que respecta a España, podría decirse que hasta hace poco era característica una cierta actitud estoica à la Séneca, condensada en aquella petición de "paciencia para afrontar aquello que no puedo cambiar".

El español tradicional no decía "pa' 'fuera lo malo" (...) porque era consciente de que lo negativo es inherente a la vida y la condición humana.

El español tradicional no decía "pa' 'fuera lo malo"—consúltense la letra de la canción de moda—, porque era consciente de que lo negativo es inherente a la vida y la condición humana. Convenido que esta actitud es sana y digna de alabanza, cabe lamentar que esté en franco retroceso, y que en su lugar broten como setas los "que tenga un buen día", las "good vibes" y las frases motivacionales de inspiración misterwonderfulesca.

Ejemplo del tono entusiasta de las publicaciones de Mr. Wonderful

Para rastrear el origen de este nuevo estilo de comunicación, hay que desandar un camino que empezó al otro lado del Atlántico, donde por vez primera se estandarizó la atención cara al público en paralelo a la emergencia de la producción en masa. En la cultura de servicio estadounidense rige que el cliente siempre tiene la razón, ya que al fin y al cabo es su dinero el que paga el jornal del asalariado y las propinas.

Otra característica definitoria de la cultura anglosajona es la baja conflictividad, que favorece la primacía de la armonía social sobre la sinceridad. Si a estos rasgos se les suma la competitividad del sistema capitalista, la vigencia de la noción de sueño americano y el individualismo extremo, encontramos todos los ingredientes del cóctel contemporáneo. Haciendo uso de una metáfora, podría decirse que el resultado es un guiso fragante de aroma apetecible — se trata del estilo comunicacional optimista y entusiasta de EE. UU.— que bulle en una olla a presión que esconde "lo malo" —o sea, aquello cuya existencia intenta ignorarse a toda costa—. En cualquier momento la olla es susceptible de explotar y alcanzar todos los rincones de la cocina.

Llevada a su extremo, esta presión queda perfectamente retratada en el capítulo "Caída en picado" de la última temporada de Black Mirror. En él, cada humano dispone de una puntuación calculada a partir de las evaluaciones de los demás en una perversión de la práctica habitual las páginas y apps de alojamientos, restaurantes o coche compartido. Lacie —ambiciosa mujer a la caza del mejor puntaje— consagra su día a ser agradable y escenificar una actitud de falsa felicidad. Cuando aparece una contrariedad en su ascenso, la olla a presión estalla entre las manos de la protagonista, y asistimos a su defenestración en la pirámide social.

Netflix
Lacie al comienzo del capítulo

Netflix
Lacie al final del capítulo

Además de resultar hipócrita y poco auténtica, esta manera de actuar es perniciosa para el trabajador y, por extensión, al individuo que al acabar la jornada incorpora estos patrones de comportamiento a su mochila y los exporta al hogar y otras instituciones sociales. "La constante gestión de la emoción puede llevar a la extenuación emocional y que el trabajador termine quemado", apunta la profesora de sociología de la University of South Florida Melissa Sloan, especialista en el campo del trabajo emocional. Añade además que los trabajos cara al público que peor se pagan son los que más papeletas reúnen para que se exija al empleado ser amigable (ojo, no es lo de ser respetuoso y educado).

Los trabajos cara al público que peor se pagan son los que más papeletas reúnen para que exista la exigencia de ser amigable

En una economía de servicios como la española, donde una parte importante de la fuerza laboral trabaja de cara al público en restaurantes, hoteles, tiendas..., somos especialmente vulnerables al buenrollismo. El contagio se produce en dos pasos: desde una franquicia estadounidense de hostelería salta a cualquier gran cadena española y, cuando menos te lo esperas, te encuentras con un desagradablemente manufacturado "bienvenido a Casa Chiti" y "que tenga un buen día" en el bar de la esquina.

Cabe recordar eso sí que no estamos solos en esto. Sí, por un lado el mundo en general y Occidente en particular cada día se parecen más a Estados Unidos pero, por otro, va calando la noción de que un "copia y pega" de códigos no solo es malo para la cultura local, sino para el negocio. En 2006 la famosa cadena estadounidense de supermercados Walmart anunciaba que abandonaba Alemania. Entre los motivos que se citaban para explicar el fracaso figuraba la falta de sensibilidad cultural. La empresa había impuesto a bocajarro la cultura empresarial de su país de origen, y elementos como la política de sonreír obligatoriamente al cliente resultaban extraños a ambos lados del mostrador de caja.

Para terminar, una llama de esperanza. El estoicismo de nuestros abuelos quizá esté tocado, pero no hundido. En enero supimos, por un estudio del Pew Research Center, que España era uno de los países donde más decimos que estamos teniendo un día corriente: un 78% frente a un 15% que afirma que está teniendo "un buen día". En Estados Unidos estos valores son del 49% y del 44% respectivamente. ¿Son más felices en Salt Lake City que en Málaga, o simplemente en esta apartada orilla aún reivindicamos el derecho a tener un día normal en una vida imperfecta? Permíteme la licencia de dejar esta pregunta en retórica suspensión. Ah, y que (no) tengas un buen día.

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