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23/01/2019 07:13 CET | Actualizado 23/01/2019 07:14 CET

La infantilización de la política

EL HUFFPOST

Decía Diderot que del fanatismo a la barbarie sólo media un paso. No le faltaba razón. Y es que también hoy estamos insertos en una realidad política que nos anima a despreciar el bien común, el diálogo, y el pacto y, por el contrario, nos impele a jalear a los que dividen, a los que hacen de la confrontación social su hábitat natural. Son tiempos líquidos, donde la viscosidad es la materia predominante en los discursos políticos y en los parlamentos.

Nos hacen creer que lo normal e incluso lo deseable es agredir al diferente, al que no piensa como uno, al que no es como uno. Podemos ver así a señores y señoras que desde los púlpitos desprecian la política de diálogo, y que desde esos mismos púlpitos se retroalimentan para ofrecernos así a los ciudadanos una imagen fantasmagórica de la política, una caricatura, un esperpento.

La clase dirigente rehúye toda responsabilidad, orgullosa, y proclama a los cuatro vientos que todo es culpa de cualquiera, menos de ella

Un país tirado al monte del cortoplacismo y de la telegenia es un país sin futuro. Miembros del Gobierno de España que no sienten como propia la pérdida del Gobierno de Andalucía; los nacionalismos catalán y español, ufanos, retroalimentándose mutuamente con sus discursos excluyentes a expensas de la convivencia pacífica. ¿Hay alguien aquí que se haga responsable de algo? ¿Tendremos que seguir leyendo a socialistas por las redes sociales alegrarse de la victoria de Moreno Bonilla? ¿Tendremos que seguir habituándonos a las fake news de Vox y compañía? ¿Hasta cuándo tendremos que tolerar que el nacionalismo catalán riegue de dinero a los afines a la causa mientras cierra plantas de hospital?

Asistimos, en todo su esplendor, a la infantilización de la política. La clase dirigente rehúye toda responsabilidad, orgullosa, y proclama a los cuatro vientos que todo es culpa de cualquiera, menos de ella. Han convertido la política en un juego de niños, en el peor de los sentidos. El nacionalismo catalán dice que la culpa es de España. El nacionalismo español, que la culpa es de los inmigrantes, del colectivo LGTBI y de las mujeres. Miembros destacados del PSOE nacional afirman que la culpa de perder el Gobierno de Andalucía es sólo de Susana Díaz. Antes la culpa era de la casta, de Merkel, de quien fuera. Repito, ¿hay alguien en España que se haga responsable de algo? ¿Hasta cuándo tendremos que seguir soportando a unos líderes que se comportan como niños caprichosos?

Ciertamente, me apena el panorama político. Así es verdaderamente imposible defender de forma contundente los Derechos Humanos desde las instituciones competentes. Y así también nos dirigimos al abismo, una vez más. Ojalá los políticos españoles se hagan mayores de repente y descubran que hay vida más allá de sus ombligos. Ojalá sean conscientes de la importante tarea que tienen entre manos; de momento, no lo son. Una clase dirigente que no siente como propios los errores y los fallos que acomete no merece el respeto de los ciudadanos. Sueño con un país en el que dejemos de buscar culpables y nos pongamos manos a la obra en la construcción del progreso social, sin rehuir de la responsabilidad que nos es propia. Sueño con un país con una clase dirigente adulta que deje de jugar con nosotros.