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28/09/2018 06:56 CEST | Actualizado 28/09/2018 06:56 CEST

Los Principios de Yogyakarta

yogyakartaprinciples.org

Desgraciadamente, el odio por identidad de género u orientación sexual está muy extendido en el mundo. Existe una LGTBIfobia explícita, eminentemente violenta: la institucional. En países como Egipto, Libia o Gambia, la homosexualidad está penada con 3 años de prisión en el mejor de los casos; en el peor, cadena perpetua. En Mauritania o Nigeria conlleva la pena de muerte. En materia de identidad de género, las políticas son aún más agresivas.

Pero existe, también, otra LGTBIfobia: la "social", la de la barra del bar, la de las cenas de empresa, la de las reuniones familiares. Millones de personas en el mundo se ven obligadas a soportar chistes sobre "maricones, bolleras y travelos", con el silencio o las risas cómplices de otros y otras; millones de personas temen las reuniones familiares de Navidad, Acción de Gracias o cumpleaños por miedo; y millones de personas no saben si es mejor revelar o no el nombre de su pareja por miedo al rechazo. Por supuesto, y abundando en lo ya escrito, ni hablar del pánico sufrido en aquellos países en los que se persigue de un modo proactivo al colectivo LGTBI.

Estamos hartos de agachar la cabeza en reuniones y sobremesas ante comentarios despectivos

Con estos mimbres, tenemos que hacer el cesto. Es por ello que ni queremos ni podemos normalizar el embrutecimiento del lenguaje. Estamos hartos de agachar la cabeza en reuniones y sobremesas ante comentarios despectivos. Uno se expresa en función de cómo piensa; a mí, y seguro que a la mayoría de los que me leen, no se me ocurriría banalizar sobre la realidad de los refugiados, no diría una frase relativizando la realidad de las mujeres maltratadas. Y no lo diría porque no lo pienso. Pero parece que con el colectivo LGTBI todo vale. ¿Qué diríamos si escucháramos a un grupo de muchachotes en la barra de un bar comentar entre risas que esa mujer que entra por la puerta es una "golfa" por ir vestida de determinada manera?

De lo que no cabe ninguna duda es que usar la condición sexual de alguien como recurso discursivo empobrece la calidad intelectual de su narrador. Dice más de la persona que califica que del calificado.

Afortunadamente, las personas LGTBI disponemos de una herramienta poderosa en materia de derechos humanos: los Principios de Yogyakarta, que están a prueba de homófobos de barra de bar, de gobiernos y de odio. Difundir estos principios es una obligación, denunciar la LGTBIfobia, la privada y la pública, un deber. Estos principios, que hacen una lectura en clave de los derechos humanos de la realidad LGTBI, nacieron al amparo de Louise Arbour, alta comisionada para los derechos humanos de las Naciones Unidas en el período 2004/2008 y fueron presentados oficialmente el 26 de marzo de 2007 ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra. Originalmente eran 29 principios, aunque recientemente han sido revisados y ampliados. Los Principios de Yogyakarta son nuestra herramienta. La herramienta con la que reivindicamos que nuestros derechos humanos son intocables hoy y hace 10 años.

Todos hemos agachado la cabeza alguna vez ante un grupo que se reía o nos señalaba, hasta que un día decidimos ir siempre con la cabeza alta

Debería ser obligación conocer estos principios, difundirlos y divulgarlos. Son una herramienta realmente poderosa y, además, una herramienta viva, en continua evolución, en continua revisión. Son referencia en el campo de los derechos humanos y son usados por colectivos y ciudadanos en la defensa de la realidad del colectivo LGTBI, aunque deberían ser también de obligado conocimiento para la ciudadanía en general, tal como lo es la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Conocer los Principios de Yogyakarta es un paso fundamental para defender nuestros derechos de un modo global y sin ambages.

Los Principios de Yogyakarta abordan el derecho de las personas LGTBI a participar en la vida cultural, a formar una familia, al disfrute del más alto nivel de salud posible, etc. Y por supuesto, también condenan de un modo enérgico la discriminación por identidad de género u orientación sexual. Estos principios sirven, también y sobre todo, para que nos empoderemos, para que nos volvamos reactivos ante la burla, ante la banalización de nuestra realidad. Todos recordamos un insulto, una mirada de desprecio, una humillación. Todos hemos agachado la cabeza alguna vez ante un grupo que se reía o nos señalaba, hasta que un día decidimos ir siempre con la cabeza alta. Y cuando ese día llega nos rebelamos ante los comentarios jocosos sobre maricones y travelos que se producen en la sobremesa de un conocido, de un familiar. O de una ministra.

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