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20/06/2018 08:20 CEST | Actualizado 20/06/2018 08:20 CEST

Devueltas al abismo: la crueldad de Europa no tiene fronteras

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Los estados europeos han aguzado el ingenio para expulsar o impedir que entren en su territorio quienes, huyendo del horror, buscan un lugar donde vivir. En la frontera, en el camino o, con pasmosa indiferencia, del que ya era su hogar en Europa: las devoluciones de personas refugiadas tienen múltiples caras. Son las caras de las mujeres, niños y hombres que arrojamos al abismo.

"Tenía 10 años cuando perdí a mis padres y mi tío me llevó a Portarcourt. Se acostaba conmigo todo el tiempo. Me quedé embarazada cuatro veces, y tuve cuatro abortos". Así explica los motivos de su huída Ada, mujer nigeriana que llegó a Libia en mayo de 2015, para luego trasladarse a Italia.

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Del mar directas al infierno

Para muchas personas que huyen de la guerra, la tortura, la persecución o la violencia, cruzar el Mediterráneo es la última y peligrosa etapa de un desesperado viaje. Un mar que en 2017 se cobró 3.116 vidas y en lo que va de 2018 lleva otras 792.

La insensible Europa ha dado la espalda a las operaciones de salvamento. En lugar de rescatar, el brillante plan consiste en encargar el trabajo sucio a los guardacostas libios. ¡Y vaya si lo hacen! Interceptan las embaracaciones y devuelven a la gente a Libia. Allí son víctimas de extorsión, esclavitud e incluso homicidios ilegítimos y las mujeres corren grave peligro de ser violadas. Tan grave es la situación que hasta el Consejo de Seguridad de la ONU ha tomado cartas en el asunto.

"Había un hombre sudanés, su tarea era pegar, pegar, pegar siempre. Te pegaba hasta que babeabas como un perro. Me pegaron. Me salía sangre de la nariz. Y el mango, eso duele. Había gente en el centro con tuberculosis", explicaba "Edward" (nombre ficticio) a Amnistía Internacional.

Libia es responsable. Pero Europa, que facilita la situación y hace la vista gorda, también lo es y por lo tanto todos los Estados deben poner fin a esta ignominia.

Con la puerta en las narices

Otro tipo de devoluciones de las que, desgraciadamente España es especialista, son las "devoluciones en caliente". En 2016, más de 2.000 personas intentaron entrar por Ceuta y Melilla en, al menos, diez saltos masivos. Centenares fueron inmediatamente expulsadas a Marruecos.

Kris, nigeriano de 29 años, devuelto dos veces por la Guardia Civil en Melilla, relataba así a AI cómo expulsaron con él a un chico gravemente herido: "Estaba semiinconsciente, tenía los ojos en blanco. Tuve que ayudarle, porque era un niño... Tenía 18 años como máximo".

Las expulsiones sumarias y colectivas han continuado a pesar de la sentencia, en octubre 2017, del Tribunal Europeo de Derechos Humanos contra esta práctica. Durante los seis meses después que siguieron a la sentencia hasta 130 personas podrían haber sido expulsadas.

También el Comité de Derechos Humanos y el Comité contra la Tortura de Naciones Unidas se han pronunciado al respecto. Por si quedan dudas: ninguna persona debe ser expulsada de una manera directa o indirecta y sin los debidos procedimientos individualizados a un lugar donde su vida, su integridad o su libertad puedan correr peligro. Por hablar solo un poco de ese riesgo en el país vecino baste recordar los 173 casos recogidos en el último informe de Amnistía Internacional sobre tortura en Marruecos y Sáhara Occidental.

Suficientes motivos para no cejar hasta que el Gobierno acabe de una vez por todas con las devoluciones made in Spain.

Arrancadas del hogar

El caso de Taibeh Abbasi, una estudiante afgana de 19 años cuyo asilo en Noruega ha expirado, es una vuelta de tuerca más de inhumanidad. A ella, su madre y su hermano les dieron hasta el pasado 11 de marzo para regresar a Afganistán. Su deportación podría ocurrir en cualquier momento. Sin embargo, otro hermano de 15 años puede quedarse hasta que cumpla los 18. Tienen que elegir entre separarse o volver toda la familia a Afganistán.

Pero es que Taibeh, que nació en Irán, nunca ha estado en Afganistán, un país donde más de 11.400 civiles murieron o resultaron heridos en 2016. La mayoría eran mujeres, niños y niñas. Ese mismo año Europa devolvió allí a casi 10.000 solicitantes de asilo, algo no solo cruel e irresponsable, sino también ilegal.

La movilización mundial iniciada por sus compañeras y amigos ha dado fuerzas a Taibeh para acabar el curso y graduarse este 21 de junio. Quiere estudiar medicina, algo que no podrá hacer en Afganistán. ¿Se iría la Primera Ministra noruega, Erna Solberg, a vivir a Afganistán? Mejor que haga lo correcto: parar la deportación de Taibeh.

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La última ocurrencia

Lo que espanta de la negativa de Italia y Malta a permitir desembarcar a 629 personas rescatadas es el después. ¿Cuál era su plan? ¿dejarlas morir? ¿devolverlas? ¿dónde? ¿al fondo del mar? Esta macabra ocurrencia ha coincidido con un recién estrenado gobierno en España que ha priorizado salvar vidas. Pero, ¿y si no hubiera sido así?

Cierto que el sur de Europa soporta mucha presión, pero no olvidemos que Alemania, con 864.700 personas refugiadas, está entre los 10 principales países de acogida del mundo. Por cierto, casi la misma cifra alberga Etiopía, y no necesitamos acudir al PIB para entender el diferente esfuerzo que supone.

La decisión de España de recibir al Aquarius es un gesto de humanidad y solidaridad que hay que aplaudir. Es el sentir de una sociedad que quiere acoger a quien más lo necesita. Solo falta que nuestros gobiernos estén a la altura. Que pasen de la volátil voluntad a un sistema obligatorio que reparta la responsabilidad entre todos.

"Conté mi historia y me tomaron las huellas dactilares. Ahora busco protección; me gusta cómo vivo, sin nadie que me moleste, pero pienso [mucho] en mis padres. Quiero quedarme en Italia, aprender italiano. Me gusta la gente de Italia", continúa relatando Ada. Tampoco pide tanto: solo protección.

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