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11/06/2018 07:27 CEST | Actualizado 11/06/2018 07:27 CEST

Cuando me dijeron que había abortado no comprendí que mi bebé había muerto

Elise

La tarde que nos enteramos de que estaba embarazada, era invierno. Había dejado la píldora dos meses antes y ya tenía cuidado con lo que comía.

Había dejado poco a poco de beber alcohol, café, de comer jamón, sushi y quesos de pasta cruda.

Había tomado la gran decisión de dejar de cruzar la calle con el semáforo en rojo.

Médicamente, era apta: "27 años es la mejor edad para tener un hijo", me dijo mi médico.

Esa noche, después de hacerme el test en el baño, de esperar cinco minutos y de ver las dos barritas azules, pasamos el rato frente al televisor. Un telefilm estúpido.

Yo estaba como loca; él, como un vegetal.

Los tres meses siguientes iban a ser de mierda: me dolería todo el cuerpo, tendría náuseas y algo crecería en mi cuerpo. Me desencanté a la primera de cambio. Maldije a todas las mujeres del mundo.

Esto ocurrió un viernes, el primer día de nuestras vacaciones.

Yo llevaba puestos los pendientes en forma de loro que me había regalado mi mejor amiga.

Estaba haciendo la lista de personas que iba a llamar después de la ecografía, siguiendo un orden estricto y consensuado.

El centro médico era nuevo, pero en un edificio antiguo. Seguía quedando la escalera de madera y algunas vigas a la vista. Reinaba un ambiente general familiar y acogedor. Estábamos solos. Las paredes eran amarillas. Recuerdo que me pregunté por qué las paredes suelen ser amarillas en los médicos.

El doctor vino a buscarnos y entramos en la pequeña sala de ecografías.

No era mi primera vez, pero sí era la primera ecografía a la que asistía E.M. Iba a poder escuchar el corazón del bebé, que yo ya había oído dos veces.

Me quité la ropa. E.M cogió una silla y se colocó a mi lado, sin esperar a que el médico se lo dijera.

En la camilla, acerqué la pelvis, separé las piernas para poner los pies en los estribos. El médico puso el preservativo en la sonda y me la introdujo.

E.M me cogió la mano.

En frente, había una pantalla gigante para poder seguir la ecografía. Nunca entiendo nada. No sé si lo negro es el líquido o es lo blanco. No veo las formas y las masas. Así que confío en el médico.

Sabía que teníamos que oír su corazón. Y, sin embargo, no oíamos nada. El médico pulsó un botón. NADA... Después, pronunció una frase que no olvidaré jamás.

Vimos al bebé, o más bien el feto. Sabía que teníamos que oír su corazón. Y, sin embargo, no oíamos nada. Creía que el médico no había pulsado el botón del sonido.

Le vi pulsar un botón de su teclado.

...NADA...

Después, pronunció esta frase que no olvidaré jamás:

"Esta ecografía no va a traernos una buena noticia. El corazón se ha parado y no habrá continuación del embarazo".

¿Había dicho "traernos"? ¿Había dicho "continuación del embarazo"? No sabía si quería decir que el bebé estaba muerto o que la ecografía no funcionaba.

Se paró el tiempo. No dije nada porque no entendía nada. Así que giré la cabeza hacia E.M. Había bajado los ojos, se había cogido la cabeza entre las manos. Sentí que se me subía una enorme oleada de calor. De los pies a la cabeza.

E.M. se puso a llorar. Le dije: "Lo siento mucho".

El médico me retiró la sonda. Se levantó y nos explicó los pasos que debíamos seguir: ir al hospital para la expulsión. Según el tamaño de la placenta, los médicos me darían un medicamento para expulsarla o me harían una intervención, si el tamaño no permitía una expulsión natural.

No sé en qué momento el médico nos explicó que el corazón se había parado hacía unas dos semanas. Que lo que me había pasado no se llamaba aborto —ya que no había habido expulsión— sino interrupción del embarazo. Que la placenta seguía creciendo, ya que mi cuerpo no se había dado cuenta de que el bebé ya no vivía.

Dos semanas. Era el momento en el que había hecho las paces con él. Lo había aceptado por fin.

Estaba desnuda en esa sala negra y pedía disculpas por no haber podido o sabido cuidar de ese bebé.

El médico dijo: "Le dejo un momento para que se vista. Espéreme en la sala de espera". Y después salió.

Cerré las piernas, cogí a E.M en mis brazos y le pedí perdón.

Estaba desnuda en esa sala negra y pedía disculpas por no haber podido o sabido cuidar de ese bebé.

Le pedí perdón por haber pensado todo lo que pensé, por no haber querido al bebé a veces y por haber fracasado.

Me vestí y salimos para esperar las fotos de la ecografía, sin saber el camino que nos esperaba. No era una ecografía como las demás, no es de las que se enseñan como primera foto de familia.

Era la prueba de un feto inacabado, de un bebé muerto, de una familia que no nacerá.

Ha habido otras dos como esa. Con dolor y con sangre. Con frases de consuelo que no curan. Cuando sientes brotar el dolor de una madre que no eres.

Los inacabados.

Los bebés suspendidos. Mis paréntesis...

A veces pienso en ellos, cuando miro a mi hija.

Este post se publicó originalmente en la web Retard Magazine.

Retard magazine

(El nombre de la autora ha sido modificado por petición suya)

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Francia y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano

LA NATURALEZA SÍ QUE SABE