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01/07/2018 10:11 CEST | Actualizado 01/07/2018 10:11 CEST

Lo que aprendí sobre la maternidad al desnudarme frente a una cámara

No recuerdo cuándo aprendí a odiar mi cuerpo, y no recuerdo cuándo me comprometí a hacerme amiga de mi piel y mis huesos, pero sé que uno fue demasiado pronto y el otro mucho más tarde de lo que debería.

Mientras, vinieron un montón de malas decisiones, al igual que muchas cosas buenas: mi pareja y yo tuvimos dos maravillosos hijos y me esforcé mucho por ver mi cuerpo fuerte y bonito.

En los últimos dos o tres años, me he comprometido a tratar mi cuerpo con la misma compasión con la que trato a mis mejores amigos: veo los defectos y me gustan, sabiendo que los mantendré a largo plazo. Y de ahí es de donde vino la idea de una sesión boudoir.

No estaba buscando una sesión de fotos para una transformación personal, sino para marcar una etapa en mi vida en la que me siento mejor conmigo misma, mientras recupero mi confianza posparto y alcanzo un punto de inflexión en la madurez. ¿Y por qué no hacerlo con ropa de encaje y un fantástico pintalabios rojo?

"Necesito que veas lo que yo veo".

Mientras Nicole y Athena, las fotógrafas boudoir, exploraban mi casa, montaban su equipo fotográfico y me ponían en un lugar de mi habitación en el que había sol, yo estaba bebiendo tequila y superando la incomodidad de sentarme en ropa interior delante de dos mujeres increíblemente geniales. Después, una de ellas paró e hizo algo increíble: giró su cámara hacia mí y me enseñó la foto que había hecho.

"Necesito que veas lo que yo veo".

Una foto de mí, tumbada entre sombras y rayos de sol, estirada en el suelo de mi habitación, no muy diferente a cuando me estiro bajo las sábanas. No sé cómo, eso era arte, y esa era yo.

Athena Pelton and Nicole Feest of HELEN
Mi foto favorita de la sesión.

Yo, deslizándome hacia los 40. Yo, casada y madre de dos hijos. Yo, en esta piel que había dado vida a bebés y que tiene cicatrices por ello. Yo, en este cuerpo, montando en la montaña rusa de mi autoestima, aguantando abucheos y críticas por igual. Yo, que existo en una tensión casi constante entre la trascendencia y la lucha.

"Necesito que veas lo que yo veo".

En Our Mothers as We Never Saw Them, un artículo de opinión que escribió Edan Lepucki en 2017 para el New York Times, se hablaba sobre la emoción de ver fotos de mujeres antes de que fueran madres, geniales, sexis y modernas. Según ella, "las jóvenes de estas fotos son preciosas, fuertes, atrevidas, tontorronas, geniales, amables... A veces todo al mismo tiempo".

Quiero que mis hijos sepan cómo era mi vida antes de que ellos nacieran, y también cómo es mi vida actual aparte de la maternidad. Las mujeres y las madres pueden ser sensuales, provocativas y fuertes y, a la vez, cariñosas, dulces y afectuosas. Lo que quiero que mis hijos y el resto del mundo conozcan es a la mujer atrevida e inteligente que sale en las fotos. Ella no es pasado, es presente.

La década de los 30 ha sido en la que más he conectado con mi sexualidad y sensualidad.

No soy la única que dice que los 30 le han aportado más autoestima, autoconciencia y profundidad. He descubierto quién necesito ser como mujer, madre y pareja para sentirme equilibrada y con los pies en la tierra. Ya no me preocupo por fingir, sino por quererme tal y como soy, y muchas mujeres en mi vida han estado a mi lado en esta evolución y han sentido lo mismo. Es la década en la que nos reímos de nuestros defectos, llevamos nuestra propia carga e interiorizamos nuestro amor propio con todo lo que eso conlleva.

La década de los 30 ha sido en la que más he conectado con mi sexualidad y sensualidad.

La idea de que las mujeres no deberían ser sexuales después de tener hijos (por lo menos en público) existe en una extraña discordancia con la omnipresente presión social del "recupera la línea" después del parto.

Mientras las mujeres luchan por cumplir con los estándares de belleza y que no quede ni rastro de haber llevado un bebé en el vientre, la creencia de que deberíamos mantener nuestra sensualidad en secreto debilita la confianza, el empoderamiento y la profundidad de la sexualidad que viene con la edad.

Me parece una injusticia que cuando —por fin— nos deshacemos de nuestras inseguridades, aceptamos nuestras fortalezas y conectamos con nosotras mismas y con las demás, solo podamos existir plenamente en la intimidad.

Tres años antes de la metamorfosis de mis 30 fui madre. Bromeaba diciendo que mi hija no era la elección más intencionada de nuestras vidas, y sufría —mucho— por los cambios que sabía que experimentaría. Lloraba por cosas superficiales, como por que probablemente mis vaqueros sexis favoritos no me volverían a valer, o por tener que quitarme el piercing del ombligo que había llevado desde mi primer fin de semana en la universidad.

Lloraba al darme cuenta de que ninguna de mis amigas podría entender cómo me sentía, ya que yo era la primera en ser madre. Lloraba por miedos intensos y desagradables: si querría o no a mi hija o si todo había sido un error.

Los momentos mágicos y milagrosos del embarazo nunca resonaron en mí, y me sentía sola en mi tristeza y mi verdad.

Al final, llegué a una época de mi vida en la que veía algún atisbo de libertad y confianza. Me encantaba cuando me lo pasaba bien yendo a conciertos por la noche, y disfrutaba de que en mi carrera profesional reconocieran mis esfuerzos y me dieran oportunidades como líder. Los momentos mágicos y milagrosos del embarazo nunca resonaron en mí, y me sentía sola en mi tristeza y mi verdad.

La mayoría de las veces, cuando expresaba estos temores o frustraciones, me decían que dar a luz me convertiría en una nueva persona. Me decían, sobre todo mujeres y madres, que mi atención, preocupaciones e intereses cambiarían y se centrarían completamente en el amor por mi hija.

A pesar de la experiencia empoderadora del nacimiento y de las primeras semanas de maternidad relativamente tranquilas, esa tranquilidad se desvaneció, y mi nuevo yo exclusivamente materno no logró emerger y superar mi identidad.

El día antes de que mi hija cumpliera un mes, estábamos en la fiesta de cumpleaños de una niña pequeña. Estábamos rodeados de mujeres con pantalones bombacho y que llevaban a sus bebés colgados delante (me sentía rara en mi propia piel, por no mencionar los vaqueros que no me quedaban bien). Sentí un calor que inundaba mi nuca y mi hija cada vez me pesaba más. La falta de familiaridad con mi cuerpo y mis responsabilidades posparto, además de con la vida que tenía por delante, se manifestó como si me estuviera asfixiando desde dentro.

En momentos de crisis, nuestro cuerpo elige luchar, bloquearse o huir de forma natural. Yo quería eso último de forma desesperada, pero sabía que no era una opción; no había una máquina del tiempo, ni un escondite adecuado, y sabía que amaba a mi hija demasiado. Una conocida llamada Kristen, la única a la que conocía aparte de los padres de la niña del cumpleaños, vino a rescatarme. Vio el pánico en mi cara y me invitó a un lugar tranquilo de la casa.

"¿Es esto lo que se supone que soy ahora?". Le confesé que no podía verme a mí misma en las mujeres que había fuera de la oscura y pequeña habitación donde estábamos sentadas. Esa no era la vida que yo quería.

Todo el mundo me dijo que me convertiría en una persona nueva, pero no fue así. Lo único que veía era a las madres que me rodeaban y que parecían alegrarse al liberar todas las partes de sí mismas con sus bebés y que ahora encontraban sentido a hablar de bandejas de frutas, castillos hinchables y pasteles.

"Tampoco encajo aquí".

Mientras que en la fiesta me sentía como un pulpo en un garaje, Kristen parecía la inadaptada. Su ropa suelta, los complejos tatuajes que le cubrían un brazo y el símbolo Wicca de su nuca contrastaban con los pasteles y los pantalones caqui que llevaban las otras mamás.

"¿Es esto lo que se supone que soy ahora?". Esa no era la vida que yo quería.

En una frase, ella fue la primera persona que escuchó mi ansiedad, aceptó mi miedo y me dio esperanza para no rendirme en el proceso de criar a un hijo.

Sabía que mi salvavidas como madre primeriza vendría en la forma de una mujer que pensara como yo, alguien que estuviera dispuesta a escucharme, y yo escucharla a ella, compartir la cruda realidad y alguien que se viera y viera al resto como una persona independiente, fuerte e inteligente. Con alguien así, yo podría seguir creciendo y existir como individuo, no solo como madre. Me habían encontrado.

"Ser madre no te cambia tanto, pero sí te renueva, aunque sigas siendo la misma por dentro", escribió Heather Havrilesky en el New York Times en 2014. "Eso puede ser difícil de recordar cuando los profesores, entrenadores, pediatras y los desconocidos en general dejen de llamarte por tu nombre, o incluso 'señora' o 'señorita', y se dirijan a ti como 'mamá".

Tras el nacimiento de mi hija, estaba desesperada por mantener las partes de mí en su lugar, partes que amaba y disfrutaba. A menudo, cuando estaba en actividades "que no eran de mamás", me encontraba confusa, o sentía que la conversación se desviaría hacia mi hija como si yo no tuviera nada más de lo que hablar. Cuando estaba en público con mi hija, era de todo menos invisible.

Recuperé la esperanza gracias a ciertos momentos que comenzaron en aquella fiesta de cumpleaños. Si me rodeaba de madres que nunca serían felices dedicando su existencia a bandejas de frutas y cupcakes o dejando de ser sensuales, y que creían en lo mágico que es cuando nos mantenemos fuertes, unidas y nos animamos cuando necesitamos ayuda, todo iba bien.

Necesitamos espacios y comunidades que saquen de nosotras las piezas que nosotras mismas, como individuos, necesitamos proteger, recordar y celebrar.

Esos 60 minutos en los que dos madres me fotografiaron, esos 60 minutos en los que vieron todas las piezas de mí sin tener que disculparme por mi sexualidad, esos 60 minutos para celebrar la belleza sin la noble expectativa de que las madres no se preocupen por cosas tan tontas, fueron trascendentales y transformadores, una poderosa protesta contra los mensajes que he visto toda mi vida: que convertirse en madre significa mantener en la intimidad toda muestra de ti como ser sexual, que deberíamos ser castas modelos de modestia, que dar a luz significa la muerte de la vida antes del bebé.

Fue un momento que siempre me ayudará a honrar lo que mis fotógrafas veían, y me ayudará a saber que soy feroz y sexy, vulnerable y fuerte, expuesta y guapa día a día.

No todo el mundo le encontrará sentido a quitarse la camisa delante de desconocidos con equipos fotográficos, y esa no es la cuestión.

La cuestión es que nosotras, como mujeres y madres, necesitamos espacios y comunidades que saquen de nosotras las piezas que nosotras mismas, como individuos, necesitamos proteger, recordar y celebrar.

Al hacerlo, nos damos la opción radical de construir nuestros propios moldes para definir qué significa para nosotras la feminidad, qué significa ser sexy y qué partes de nosotras merecen ser vistas y respetadas, mientras aplaudimos a otras mujeres que encuentran sus propios medios para el empoderamiento y la autoestima.

Necesito que veas lo que yo veo.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' EEUU y ha sido traducido del inglés por Lucía Manchón Mora