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03/06/2018 11:06 CEST | Actualizado 03/06/2018 11:06 CEST

Lo que pasó cuando empecé a responder a los acosadores callejeros

lechatnoir via Getty Images

Hace unos días, al llegar a mi casa escuché que alguien me gritaba. Me di la vuelta y había un hombre de pie con los pantalones bajados y agarrándose el pene. Pensé que tal vez estaba orinando en la calle, que no es que esté bien, pero tampoco es superimpactante.

Luego, mirándome a los ojos, me dijo: "Oye, ven a ver cómo la tengo de grande".

Obviamente no lo hice. Pero, por si no lo había escuchado, lo repitió.

Exploté. Empecé a gritarle groserías y a decirle que me estaba acosando. Yo creo que entendió que, en efecto, no le quería ver el pene.

Normalmente no habría reaccionado de una manera tan agresiva, pero ya llevo unos meses respondiendo a acosadores y a los que me gritan cosas en la calle, y estoy enfadada. Cuanto más trato de entablar algún tipo de diálogo con ellos, más concienciada estoy con este tipo de acoso. Y todavía nunca me han pedido disculpas, solo lo niegan o me insultan.

"¿Quieres que te bese?", preguntó, y se me acercó tanto que alcancé a percibir su aliento a cerveza.

Decidí iniciar mi pequeño experimento el verano pasado, después de que un grupo de unos ocho hombres que iban a un partido de fútbol me detuviera mientras yo iba en bici. Uno silbó para que me diera la vuelta y, al hacerlo, me gritó: "¿Puedes tocarme la bocina?" y se agarró el pene.

Como ese día me sentía especialmente extrovertida, me detuve y le preguntó amablemente por qué dijo eso.

"¿Quieres que te bese?", preguntó, y se me acercó tanto que alcancé a percibir su aliento a cerveza. Algunos de los hombres del grupo se fueron, pero otros se quedaron, aunque guardando la distancia, y me empezaron a gritar insultos: "Enséñanos el chocho", "chúpame la polla", sacando los pectorales como pavos reales en un despliegue de masculinidad. Estaba indefensa y me sentía intimidada. Fue muy humillante.

Desde entonces, he intentado retomar el control de estas injustificables interacciones. Me detengo y les pido a los que me dicen cosas que repitan lo que dijeron y que expliquen por qué dijeron eso o hicieron ese gesto. Les explico por qué está mal hacerlo. Quiero saber por qué reducen a la mujer a un mero cuerpo o qué satisfacción logran al hacerme propuestas indecentes en la distancia.

Más bien lo hago para intentar cambiar la dinámica de poder de esa situación y, con suerte, modificar su comportamiento.

A los 13 años me dijeron cosas en la calle. Me sentí confundida y un poco asustada, pero no hice caso. Con el tiempo, me hice a la idea de que era parte de ser mujer.

Pero, la mayoría de esas interacciones terminan como la primera. El otro día un hombre me silbó al pasar delante de él en una transitada calle comercial a plena luz del día, di la vuelta y le dije que parara. Me ignoró. Cuando un tipo me hizo señales agresivas de carácter sexual al caminar a casa, le pregunté cuáles eran sus intenciones. Parecía confundido, tal vez hasta avergonzado, luego negó que hubiera dicho algo. Cuando a unas amigas y a mí un tío nos llamó "chicas sexis" mientras salíamos de un bar, yo me detuve y le dije que no podía hablarnos de esa manera. Me dijo que era una zorra.

Recuerdo que a los 13 años me dijeron cosas en la calle. Me sentí confundida y un poco asustada, pero no hice caso. Con el tiempo, me hice a la idea de que era parte de ser mujer. Hasta que no crecí no me di cuenta de que era una semilla inherente de la misoginia de nuestra sociedad.

Ya no pienso en los comentarios de estos acosadores como hechos aislados ni como "bromas" tontas: lo que hacen es perpetuar la desigualdad. Acosar de esta manera es parte del ciclo que daña a las mujeres. La cosificación sexual tiene un impacto sobre la salud mental de las mujeres y puede provocar agresión hacia ellas. Es un problema sistémico y los hombres deben considerar si sus acciones, como el acoso, son parte de este sistema.

Por eso quería tener algún tipo de contacto con mis acosadores, para decirles cómo su comportamiento nos daña a mí y a todas las mujeres. Pero cuanto más lo hago, más me doy cuenta de lo dañino que es el acoso sexual y cómo los acosadores parecen estar desconectados de las palabras que les salen de la boca.

A veces tengo la impresión de que es un experimento inútil, pero se ha convertido en una adicción. No puedo dejarlo.

Desde luego, este método tiene sus peligros. El acoso sexual evoca nuestra vulnerabilidad como mujeres. Nos recuerda la agresión y violencia que podría suceder, y que muchas veces sí ocurre, a manos de hombres abusivos.

Las mujeres seguimos cargando el peso de tener que protegernos o decidir ignorar comentarios indeseados, en lugar de que los hombres cambien su comportamiento.

Solo hago esto cuando estoy en lugares y momentos en los que me siento hasta cierto punto segura. Además, sé que estoy en una situación privilegiada. Soy una mujer blanca heterosexual en un mundo en que la gente LGBTQ y las minorías corren mayores riesgos de agresión. Tampoco tengo ningún tipo de discapacidad, y es más probable que las mujeres con enfermedades o discapacidades crónicas sufran agresiones sexuales.

Sin embargo, sí soy parte de la estadística de más de tres millones de mujeres que han sido víctimas de algún delito sexual en el Reino Unido. Mi experiencia no ha ido más allá de que alguien se masturbe delante de mí en un lugar público. Pero eso no ha evitado que camine por las noches sujetando las llaves entre los dedos como si fueran garras por el temor que siento. Muchas veces me han dado "silbatos antiviolación" para usar como defensa y me han dicho que no camine sola por la noche por si acaso el abuso pasa de verbal a físico.

Las mujeres seguimos cargando la responsabilidad de tener que protegernos o decidir ignorar comentarios indeseados, mientras que a los hombres no se les obliga a cambiar su comportamiento. Eso es lo que me motiva a seguir respondiéndoles. Quiero que los hombres cambien.

El acoso sexual de cualquier tipo, desde que te digan cosas en la calle hasta una agresión física, siempre ha sido una parte peligrosa de nuestra sociedad. Las revelaciones sobre Harvey Weinstein, #MeToo y otras campañas sugieren que cada vez hay mayor intolerancia para este tipo de abuso. Pero, hasta que logremos superarlo, yo seguiré con mi batalla personal contra el acoso callejero.

Sigo esperando una disculpa.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés.

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