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13/11/2018 07:25 CET | Actualizado 13/11/2018 07:25 CET

A propósito del incremento de violencia sexual contra las mujeres

Pixabay

Estamos inmersas en una manifestación de violencia opresora contra las mujeres, en una de sus máximas: la sexualidad. En este ya no tan último tiempo, nos estamos haciendo conscientes de cómo el caballo del machismo campa a sus anchas en lo que suponemos una sociedad de progreso, moderna y alejada de las normas patriarcales de posesión en la que repudiamos la conocida frase de: "la maté porque era mía".

Es tal el número de visualizaciones que se nos ofrecen que tendemos a la normalización de los hechos que representan la utilización del cuerpo de la mujer como algo a la orden del día. Tanto que la sociedad empieza a no discernir lo grotesco de lo impasiblemente grotesco. Y esto, sí es alarmante.

Imaginaos en un pleno de cualquier institución hablando del orden del día y que en ese orden estuvieran incluidas el número de violaciones, individuales o en grupo, el número de asesinatos de honor o el de desgarramiento de mujeres de edades cada vez más tempranas que hay que tratar. Como si de tuberías que reparar se tratara.

¿Increíble, verdad? Pues en eso parece que estamos.

Esta es la vida que ocurre mientras miramos a otra parte.

Todo tiene su origen, y éste convertir el cuerpo de la mujer en un objeto sexual de uso y disfrute masculino, no podía ser menos.

Desde la más temprana educación el machismo trasmite el mensaje a través de las normas sociales de comportamiento y la falsa moral, de cómo ha de ser la relación entre sexos; y como puede deducirse, el uso del cuerpo de la mujer forma parte de esta pautas.

Mujer educada en el romanticismo amoroso como la máxima en la que la belleza es fundamental y la complacencia al hombre lo transversal

Cuando vemos anuncios televisivos que hacen esta representación, o videoclips con su conveniente banda sonora o cuando visualizamos programas que son el más puro ejemplo de la utilización de la sexualidad como recompensa, nos estamos haciendo cómplices del desarrollo que acabará por tener un fin de lo más grotesco.

Es decir, socialmente hablando, hemos de desarrollar una psicología comunitaria en la que la defensa de los valores equitativos sea un proyecto común. Y solo así, podremos erradicar las formas de violencia de género y más especialmente el tema que nos ocupa hoy, contra la mujer.

Mujer como sujeto político cuya recuperación en este último tiempo ya vienen siendo reivindicado, a su vez engloba una mente más completa y analítica de los sucesos que la envuelven.

Para esto no hay edades, señoras y señores.

Desde el momento cero de crecimiento es cuando hay que intervenir porque no podemos seguir dejando que el colectivo infantil, y menos aún adolescente, se críe desde la insapiencia de su representación individual y como parte del colectivo social. Y eso es lo que está ocurriendo, que se desarrollan desde el no-ser en aras de lo que se les exige ser; y esto trae como consecuencia que se instaure en su persona un autoconcepto negativo que busca a toda costa el reconocimiento, el refuerzo positivo del grupo. ¿Y qué prima en la actualidad machista? La sexualización de la mujer.

Los mensajes que más influencia tienen son aquellos que producen bienestar o complacencia con carácter emocional inmediato

El momento adolescente es un momento de conformación, de confrontación de persona como tal. Y como bien nos recuerda la ciencia, es un momento en el que el sistema emocional cuenta con más latencia que la parte racional, lo que quiere decir que los mensajes que más influencia tienen son aquellos que producen bienestar o complacencia con carácter emocional inmediato. ¿En qué influye ésto? En que se incrementen las tasas de comas etílicos en adolescentes de 12 años o en que se multipliquen los episodios de sexting entre jóvenes o como cada vez más salen a la luz, las violaciones y golpes a las mujeres.

Y he aquí donde entra de nuevo en jaque la palabra mujer. Una vez más son objeto del machismo, son la diana perfecta a la que atacar. Mujer educada en el romanticismo amoroso como la máxima en la que la belleza es fundamental y la complacencia al hombre lo transversal.

Si a ello le sumas la misoginia en la que el sexo masculino es educado, la misoginia que se trasmite en diferentes colectivos y culturas, tienes el cóctel perfecto.

Sí se pueden hacer cosas, sí se puede intervenir.

Basta de impasibilidad.

Educación en valores para ellas y para ellos.

Para todos los miembros de la sociedad en los que se incluyen lo transversal, o sea, medios de comunicación, justicia, escuelas, familias, sociedad y funcionariado político.

¿Funcionariado político?

Eso es.

Personas que representan la política que la sociedad escoge. Esto se ha olvidado.

Hay que retomar las ideas reales de lo que somos (parte de la política) y lo que nos envuelve (machismo misógino), para poder apostar por cambios reales

En la mente de las personas hay una tendencia a confundir la palabra política con la figura de una mujer. Y nada de eso, la política lo es todo en la vida. Ir a comprar, llegar a acuerdos con tu hija sobre a qué hora llega, decidir si compras coche o moto y mil ejemplos de tu vida más. La política es un modelo, una forma de vida.

Por tanto, hay que retomar las ideas reales de lo que somos (parte de la política) y lo que nos envuelve (machismo misógino), para poder apostar por cambios reales de los que seamos partícipes.

O sea, para nuestra nueva forma de vida.

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