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01/01/2019 13:09 CET | Actualizado 01/01/2019 13:09 CET

La sociedad 'Cuerda'

GTRES
José Luis Cuerda.

Un cura mata a un parado. Mientras agoniza la víctima y sus compañeros están en shock, el cura apunta y dispara de muerte a una monja ninfómana. No por ser monja, ni por ser ninfómana. Se carga a ambos porque los dos están en la clase social "parado". Uno, siéndolo; la otra, dando cobertura espiritual. Los matan por querer "desapalancarse".

Los parados quieren salir de su situación. Quieren emprender y por tanto, romper un "equilibrio" en la sociedad imaginada por el director de la mítica Amanece, que no es poco.

Para ello han de atravesar todos las puertas de cristal al grito del "¡kikiriki!" y entrar en un edificio vertebrado por quebradizas clases.

Tiempo después es una metáfora provocadoramente perfecta, en forma de comedia, de lo que en pleno siglo siglo XXI hemos aceptado: la lucha de clases, el abuso de poder, el sesgo en el rigor informativo y la precariedad laboral. Esta última, retratada por el "auto-genocidio" entre trabajadores por la supervivencia con un negocio de casi nulo valor añadido, sin suficiente demanda para una oferta triste y homogénea.

'Tiempo después' es una metáfora provocadoramente perfecta, en forma de comedia, de lo que en pleno siglo siglo XXI hemos aceptado: la lucha de clases, el abuso de poder, el sesgo en el rigor informativo y la precariedad laboral

La chifladura brillante detona con la entrada de los parados con ínfulas de gente trabajadora, en el edificio de clases. A priori, un triunfo de la clase trabajadora a base de sudor y sangre. En realidad, la asunción de pertenecer a un sistema de servidumbre.

Cuerda, además, retrata perfectamente la desafección de una juventud sobradamente preparada. Adolescentes de intuición acertada e impecable, pero sin ilusión de un cambio que les queda lejos en un conformismo culto, que de alguna forma eleva la responsabilidad de su pereza a los adultos. Una especie de: "¿te unes a la revolución?". "No, he quedado".

En la película también se maneja con acierto esa comunicación política de las fake news que tanto rédito está dando en nuestro mundo "real". No sólo en los mensajes de los cargos, sino también en los discursos de algunos medios, que retrata a modo de hilo musical que adoctrina de forma edulcoradamente molesta: "¿Dónde va a estar uno mejor que con los de su misma clase?".

A los mandos del edificio de clases: el rey. Y, cerca, una mujer culta, inquieta e inteligente, mano derecha del alcalde, cuyo destino parece ser el de procrear (a lo que ella opone una efectiva resistencia).

Un alcalde cuyas funciones no son más de las que tiene cualquier portero de finca. En el aparato de defensa, una pareja de la Guardia Civil, un almirante y dos policías locales multitask que no saben muy bien qué les distingue a cada cual en un mundo sin mar.

Cuerda dibuja una sociedad donde se llama libre competencia al oligopolio, donde cada uno ejerce la profesión libre que le ha tocado y donde, en su microcosmos, todo está organizado a imagen y semejanza de la falta libertad en la que esa peculiar comunidad vive anestesiada.

Lo curioso de todo es que quien entra en el edificio cree haber entrado en lo que anhelaba: el sistema. La pertenencia. El status.

"Una vez más, donde no llega la política del clickbait, llega la cultura y el cine"

Aquí lo llamamos capitalismo. Allí, Edificio Representativo.

Pasado el tiempo, "tiempo después", aquel Edificio desaparecerá para dejar vagar a la sociedad a sus anchas, con un sistema solidario que hará que el mundo viva en paz y que todo sea gratis.

Todo, menos la luz.

Una vez más, donde no llega la política del clickbait, llega la cultura y el cine. Todavía hay esperanza para despertar del letargo. En esta comedia, la esperanza es y está: la esperanza es "Cuerda".