Por qué he dejado de hacer fotos de mis vacaciones (y por qué deberíais hacer lo mismo)

Por qué he dejado de hacer fotos de mis vacaciones (y por qué deberíais hacer lo mismo)

Nunca he hecho tan pocas fotos en un viaje como en este. ¡Y no sabéis qué bien me ha sentado!

martin-dm via Getty Images

Acabo de volver de una semanita de viaje por España muy muy guay (imagínate lo cargadas que tengo las pilas ahora que me reinstalo en mi ordenador para volver a conectarme con vosotros...).

Nunca he hecho tan pocas fotos en un viaje como en este. ¡Y no sabéis qué bien me ha sentado!

Para empezar, porque ahora no tengo que hacer una selección loca para pasar las fotos al ordenador ni clasificarlas en archivos.

(La verdad es que no suelo hacer esto, lo cual explica el hecho de que mi smartphone esté casi sin memoria ahora mismo. Además, cuando lo hago siempre me queda el temor de perderlas en el ordenador y también las dejo guardadas en el móvil #stupid. Y, teniéndolas en el móvil, son más accesibles cuando estoy contando mis vacaciones...)

¿Ves hasta qué punto me como la cabeza y lo puñetera que es la logística que conlleva?

En cualquier caso, este no es el principal motivo por el que decidí, conscientemente y durante mi estancia, no hacer tantas fotos (ni vídeos) como de costumbre.

Antes desenfundaba mi móvil con urgencia, sin pensar, pero un día me di cuenta de cuáles eran las razones que me empujaban a inmortalizar el instante:

  • Las ganas desesperadas de tener un recuerdo a toda costa del magnífico espectáculo que se desarrollaba ante mis ojos, como si mi cerebro fuese incapaz de memorizar ese cuadro.
  • Las ganas de enseñar a los demás que estaba viviendo algo genial.

En los dos casos, eran fotos que, sin duda, no volvería a ver y que se acumularían junto a las demás en mi smartphone o en mi ordenador (reconoce que este también es tu caso).

En ambos casos, no me sentía muy conectada al instante presente. Ni al sentimiento positivo de mi cuerpo y mi espíritu.

Saca rápido el teléfono, abre la aplicación, configúralo para el vídeo, espera el momento adecuado, trata de enfocar bien en la oscuridad, envíaselo enseguida a tus amigos...

De repente, me vi como todas esas personas que miran sin cesar su móvil mientras están en el cine, o sentados en la mesa de un restaurante con sus amigos, en detrimento de la escena que está ocurriendo IRL (In Real Life = en la vida real) ante sus ojos.

(Soy una mega geek desde que nací, pero SIEMPRE doy prioridad a lo que estoy viviendo en el instante).

O peor, también están los que desenfundan sus móviles cuando están en un concierto y empieza su canción preferida. Yo lo he hecho alguna vez. Y siempre me he arrepentido. Me estropeaba completamente el momento. Mis emociones se veían interrumpidas por consideraciones técnicas: saca rápido el teléfono del bolso, abre la aplicación de fotos o Snapchat, configúralo para el vídeo, espera el momento adecuado, trata de enfocar bien en la oscuridad, envíaselo enseguida a tus amigos...

Al final, se había pasado la mitad de la canción que me encanta y que ese artista genial estaba interpretando delante de mí en directo (lo que probablemente sólo me sucedería una vez en la vida). El momento mágico se había esfumado.

Y la mitad se había echado a perder por mis ansias de guardar un recuerdo (¿para qué ese interés, si no había podido vivir el momento a tope, y, además, seguro que no volvería a ver el vídeo?) o de compartirlo con mis amigos (en cualquier caso, no se parecería ni de lejos a la escena que habrían vivido estando allí. O, directamente, ese vídeo les iba a dar igual).

Se mire por donde se mire, esto no tiene ningún sentido.

Me recordé a mí misma que mi búsqueda suprema del momento consiste en estar conectada conmigo misma y en disfrutar al máximo del presente (una pena no haber escrito todavía un post sobre el tema... ya llegará).

Durante mis vacaciones, casi no saqué el teléfono cuando fuimos a dar un paseo en barco para ver delfines. Disfruté plenamente del espectáculo que tenía delante de mis ojos y sentí las emociones de sorpresa y excitación como una niña pequeña.

Evité fotografiar todos los platos de tapas antes de comer (lo cual habría estropeado el comienzo natural de las comidas y las conversaciones que estaban en curso) y preferí saborearlas confiando directamente en mis papilas gustativas.

Sólo hice una foto DESPUÉS de haber disfrutado plenamente del espectáculo de flamenco que vimos en un teatro romano en ruinas de hace 2000 años con vistas al mar y al cielo estrellado. Ni fotos ni vídeos durante el espectáculo. Lo tengo grabado en la memoria, así como las increíbles emociones que sentí.

¿Te das cuenta de que puedes hacerte una idea de la vista sin siquiera mostrarte una foto?

Tengo que reconocer que con el título del post os he mentido. Voy a seguir haciendo algunas fotos de recuerdo. Ya sea de viaje o en la vida cotidiana, con la gente a la que quiero o en un evento especial.

Pero sólo haré las que estén guiadas por una inspiración particular. Ya sabes, esas fotos con las que has tenido una idea original y piensas: "Es el momento", sin que ello estropee al instante lo que estás viviendo.

Me vienen a la mente varias fotos increíbles y originales que hice de paisajes o con mis amigos. Todas estaban guiadas por una inspiración profunda y no por un "tengo que hacer una foto".

Lo vengo repitiendo desde hace tiempo: es importante crear recuerdos maravillosos (en la cabeza), como también lo es guardar una huella material.

Incluso aconsejo en mi programa 30 jours pour être plus heureux [30 días para ser más feliz] propagar las mejores fotos por tu entorno visual (en casa, en la oficina...). Estas fotos geniales te sacan una sonrisa, te devuelven inmediatamente a las sensaciones felices del momento que viviste, ya fuera solo o acompañado. Ese momento extraordinario en el que estabas tan contento.

Estas sí son las fotos buenas que tienen un sentido. Y no los 15.000 ejemplares de selfies con mueca de pato...

En fin, estas son mis reglas para hacer BUENAS fotos:

  1. Dar prioridad al instante que estás viviendo. Siempre.
  2. Hacer una foto sólo cuando esté inspirada por una idea ingeniosa (me acuerdo de sesiones de fotos épicas con amigos en la playa que de por sí se convierten en recuerdos mágicos) o guiada por las ganas de guardar PARA TI un recuerdo del momento que has vivido.
  3. Elegir las mejores que te hacen vivir esas emociones positivas y propagarlas en tu entorno cotidiano (en tus marcos, tus fondos de pantalla...).

Este es un ejemplo después de haber escalado una duna de arena a orillas de una preciosa playa. Ahí sí posé para grabar con mis ojos el paisaje maravilloso que se me ofrecía.

Duna de Bolonia - Cádiz, España

¿Y tú? ¿Estás preparado para centrarte en lo que vives en el presente más que en querer salvaguardar a toda costa lo que ves? Puedes contármelo en los comentarios.

Con cariño,

Maude, alias Maudus

Puedes seguir a la autora en maudus.fr y en facebook.com/maudusfiesta/

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Francia y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano

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